Lo escuché por primera vez por la voz de mi querida Rosa Jiménez y no se me olvidó. Fue en sus clases de escritura creativa, allá en los lejanos y añorados tiempos de la Escuela TAI —donde me soñaba futuro-aprendiz de guionista—. Escribir una novela suponía una carrera de fondo y concebir un relato o un cuento era lo más parecido a un sprint. Ella, que se ha ejercitado en ambas pruebas, sabe de lo que habla. En mi caso, he de reconocer que escribir en largas distancias me resulta fatigoso, en su sentido literal —ya que hablamos de “ejercicio”, también literal, aunque sea mental, pues también consume calorías—. Ni siquiera bajo el truco de enlazar pequeños eslabones para conformar una cadena. Pienso siempre en la calidad antes que en la cantidad y me agoto. Siempre se me ha dado mejor la “brevería”, que también tiene su valor en sí. Para el escritor, resulta igualmente una prueba de resistencia el sintetizar, expresar con el menor número de palabras conceptos valiosos.
Que menos es más y que lo bueno si es breve, resulta dos veces bueno —con ciertas dudas Mies y con seguridad Gracián dixit—, lo sabe bien José Luis Morante, quien acaba de publicar, como buen estudioso del aforismo, su antología Paso ligero en La Isla de Siltolá. También como creador de textos propios y sucintos ha publicado en Lastura Fuera de guion (casi cien microrrelatos), que compendia su colección de textos de ficción breve aparecidos en su blog “Puentes de papel”. Como él mismo afirma en Umbral —prólogo del libro—-, con su preciosista uso del lenguaje, éstos fueron “apareciendo, con azarosa cronología” en dicho espacio, que “todavía mantiene inalterable un apetito omnívoro de poemas, reseñas, cuentos y aforismos”. Y ello se debe a que Morante, además de escritor en prosa, es crítico y poeta.
Si las carreras se acortan al reducir espacio en la concepción de los textos, ¿qué supondría un microrrelato? ¿Qué habría más allá del sprint? Desde el ya célebre e inquietante observador del dinosaurio ideado por Monterroso, los atletas de la escritura se han devanado el talento en exprimir el jugo de la creatividad y el ingenio literario. Volviendo a Morante, “la minificción ha sido compañía habitual” en su “mesa de trabajo durante décadas, aunque lejos de cualquier urgencia editorial. Eran textos sin estación de llegada, microhistorias fuera de guion”. Es precisamente esa libertad del escritor a la hora de crear sin urgencias de encargos ni buscando compensación económica lo que hace a los textos de Morante únicos y auténticos. En definitiva, vocacionales, nacidos del capricho y el placer y no de la artificiosidad. No quiere esto decir que el resto de textos no sean meritorios, pues si hay algo valioso en el escritor y aún más en el poeta, es su talento genuino y transparente, su sinceridad a raudales. Y Morante es ante todo un poeta, lo cual se manifiesta con meridiana claridad en estos fragmentos de narrativa, aún no siendo en su categoría exclusivamente poesía —aunque sí poéticos—. Por ello, propondría una nueva categoría —y eso que estamos ya saciados de neologismos ocurrentes—: la “micropoética”.
Seguimos leyendo al autor: “Los itinerarios expresivos impulsan una convivencia pacífica entre la poesía, como desempeño prioritario, y otras estrategias como el ensayo crítico, el artículo de actualidad, la nota autobiográfica y el aforismo. Me gusta esa concisa fisonomía del relato breve porque concentra argumentos asentados en la agudeza: la anécdota sólo precisa una modesta escenografía”. Y tiene toda la razón del mundo, pues el escritor vive pegado a una libreta —o a la aplicación de notas del móvil—, preparado ante cualquier fogonazo de creatividad, cualquier idea feliz que aparezca en su mente; se evita así, apuntándola, que ésta desaparezca y se olvide, pudiendo dar lugar al inicio de un aforismo, una novela o un microrrelato. Si se trata de una novela, más vale que la idea sea suficientemente fructífera o sólida para que no acabe resultando, en la extensión del formato, como una aguja dentro de un inmenso y vacuo pajar. Siendo así, el escritor debe hacer primar el sentido común y otorgar a esos pensamientos lúcidos la extensión lógica, lo que pueden dar de sí. Más vale una luminosa bengala que una antorcha innecesaria. El microrrelato permite hacer brillar los fuegos artificiales en el cielo, esos efímeros instantes de maravilla que de por sí estimulan a pensar, generando en la cabeza una historia con la duración que le queramos dar.
Los microrrelatos presentes en Fuera de guion, además de ser sumamente poéticos —con la dificultad que entraña escribir ficción o narrativa desde lo lírico, jugando con su abstracción y sugerencia— son esencialmente existencialistas. Como si Cortázar, Camus, Unamuno, Borges o Sartre hubiesen ideado breves piezas teatrales con un mínimo elenco —a veces basta un solo personaje con su discurrir interior, volviéndose doble o dando vida a su propia sombra—. Como vemos y a pesar del trasfondo reflexivo, tienen los microrrelatos de Morante un importante componente imaginativo, hasta llegar incluso al realismo mágico. Tal es el caso, por ejemplo, de En el callejón, donde el carácter de duplicación ficcional llega a que la propia sombra del narrador tome sus propias decisiones, como la de Peter Pan, volviéndose en este caso peligrosa e imposible de disuadir, así como inútil huir de ella: “El recelo me impulsa. Fundida en la silueta de su mano derecha, percibo una pistola. Lo urgente es escapar de un acto impune. La policía no sospecha que mi sombra dispara”. En Accidente son los sueños que tiene un niño llamado Q con animales, a raíz de un golpe, lo que provoca que se deba fundar un zoológico en el lugar: “Pronto la singularidad de los ejemplares originó un flujo turístico sin precedentes que desbordó el callejero urbano. Mientras, se multiplicaban accidentes y caídas en los niños del pueblo. Todos envidiaban la insondable fauna de los sueños de Q”. En El sombrero, un aspirante a prestidigitador adquiere un sombrero de copa del cual salen “estados de ánimo y sensaciones físicas”: “Todos los presentes se quedaban tristes, sentían en el pecho la punzada de la melancolía, tiritaban de frío o manchaban sus camisas de sudor a pesar del relente”.
También hay casas vacías donde se advierten presencias que inquietan al narrador; fantasmas de ausentes o presencias intuidas como las de Casa tomada de Cortázar. Éste está presente con sus cronopios y famas en Instrucciones para resentidos. Su maestro Borges figura igualmente en El biógrafo de Borges, un relato que sin duda recuerda a los del autor argentino —en personajes que van desde Pierre Menard a Funes el memorioso—. Hay relatos donde el escritor se referencia a sí mismo, como el que alude a la capacidad de ensimismamiento del autor en el simpático Viaje a la luna, o la Autobiografía que nos lleva a “los años en El Bohodón, Ávila”.
Sean realistas, dramáticos, inquietantes, nostálgicos y melancólicos o cómicos y caricaturescos —siempre poéticos—, los microrrelatos de Morante no nos dejan indiferentes, condición sine qua non de todo fabulador y, sobre todo, de todo escritor que se precie. ¡Que ustedes disfruten de tan suculentos aperitivos!