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TRIBUNA

Un futuro nublado por el barro y la desolación

martes 05 de noviembre de 2024, 19:21h

A diferencia de otros valores, que fundamentan directamente derechos, la solidaridad fundamenta indirectamente derechos, es decir, lo hace a través de los deberes, actuando desde dos vertientes complementarias: por un lado, como principio social construido desde el Estado y, por otro lado, como virtud moral, la cual nace y se origina directamente en el propio individuo. Se puede afirmar así que la solidaridad tiene mucho de virtud en la medida en que es una fuerza que puede crecer y per­feccionarse para hacer el bien a nuestros semejantes, colaborando con ellos en el apoyo a un propósito o a una causa común, que sobre todo emerge en circunstancias difíciles.

Ello se ha puesto de manifiesto con fuerza estos días a raíz de los efectos devastadores provocados por la DANA el pasado martes, aciago 29 de octubre. Desde que sucedió esta tragedia, miles de voluntarios se han desplazado a pie hacia las localidades cercanas a la ciudad de Valencia (Sedaví, Alfafar, Paiporta, Picanya, Albal y Catarroja, entre otras) para ayudar a retirar escombros y lodo. Muchos de ellos han acudido “armados” con cubos, palas, picos, escobas, botellas de agua y comida con la intención de colaborar en las tareas de limpieza y apoyar así a los miles de damnificados por el peor desastre natural de la historia reciente de nuestro país.

Es cierto que los daños materiales son ingentes, pero mucho peor que eso está resultando ser la pérdida de numerosas vidas humanas que han convertido el Mediterráneo en un océano desolado por la tristeza, la impotencia y la frustración. Según el balance oficial, hay de momento 214 fallecidos (210 en Valencia, tres en Castilla-La Mancha y una en Andalucía), pero por desgracia la cifra seguirá aumentando conforme se acceda a lugares de difícil acceso. Los daños materiales y personales son difícilmente cuantificables, por no hablar de los daños psicológicos en muchos de los damnificados que han sufrido esta terrible tragedia.

Los numerosos ejemplos de solidaridad y ayuda espontánea nos recuerdan que somos seres humanos con la capacidad de sentir el sufrimiento ajeno como propio. Son muchos los dramas sin resolver, muchas las incertidumbres ante un futuro completamente oscuro y nublado por el barro que no solo ha dejado las calles intransitables sino también ha calado profundamente en el ánimo de todos los afectados.

Es por ello imprescindible que esa solidaridad ciudadana se traduzca en la acción de los poderes públicos que tienen la obligación de activar el protocolo de emergencia para reconstruir las ciudades y pueblos afectados, tratando de recuperar algo de esperanza en un ambiente tenso y crispado por la rabia, el desasosiego y la frustración de muchos ciudadanos que han visto que la falta de previsión y la ausencia de una rápida reacción contribuyeron a agravar todavía más la situación, ya de por sí extrema.

Si la solidaridad es importante trasladarla al ámbito público es porque se puede llegar más lejos en la consecución de los objetivos comunes, a los que nunca se llegaría individualmente. Urge la coordinación, la solidaridad civil y militar, organizada con el apoyo material de los poderes públicos.

En los últimos días, se han incorporado a las labores de ayuda en la Comunidad Valenciana 7.000 efectivos, pero, aun así, faltan más drones para acceder a lugares complicados, más maquinaria pesada, más tractoristas, más personal sanitario… Se espera que el buque anfibio Galicia, gracias a su dotación de 185 soldados, pueda ayudar con quirófanos e incluso como hospital para alojar a quien lo necesite. Ahora bien, esto no es suficiente.

La desesperación del pueblo se ha visto reflejada en las recientes acusaciones al Rey Felipe VI que supo mantener la calma, a pesar de la indignación de los vecinos de Paiporta, reconociendo que la rabia era un sentimiento más que justificado ante el drama acaecido. Muy distinta, en cambio, ha sido la reacción de Pedro Sánchez que prefirió retirarse ante las reacciones adversas de los vecinos hacia su persona. Verdaderamente, esta catástrofe natural ha puesto a prueba a nuestros gobernantes y deja en evidencia la manifiesta incapacidad de previsión y de gestión de este drama humano. No estamos en el momento de fotos y poses en visitas oficiales a las zonas afectadas, sino de arrimar el hombro para ayudar a los numerosos damnificados por la DANA. Están llegando tarde las ayudas prometidas, la ayuda ciudadana se ha limitado, el pillaje crece y la desesperación también.

Hace falta la formación en valores en nuestros políticos, pero sobre todo en su vertiente práctica. Ha quedado claro que ignoran completamente que, a través de la solidaridad, no solo se consigue que los sujetos desti­natarios de ella mejoren su situación o circunstancias particulares, sino que por ser una virtud moral también se logra cambiar la vida de las personas que practican el comportamiento solidario. Convendría también que nuestros políticos aprendieran que la solidaridad constituye un proceso bidireccional, al representar la coincidencia permanente entre los fines individuales y los fines sociales.

Ojalá que, gracias al generoso tsunami de solidaridad humana, ese futuro nublado por el barro y la desolación deje paso pronto a un mañana lleno de esperanza. Me vienen a la mente esas palabras de C. S. Lewis cuando indicaba que “hay cosas mucho mejores delante de nosotros que aquellas que hemos dejado atrás” y es que -no lo olvidemos- de las dificultades siempre nacen milagros. Mi deseo es que estos lleguen cuanto antes a la Comunidad Valenciana.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

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