Es famosa la polémica entre Einstein y Rabindranat Tagore sobre la libertad. Éste pensaba que el principio de indeterminación de Heisenberg a nivel microscópico permitía la libertad como azar, Einstein contestaba que el orden microscópico no lo vemos, pero existe, igual que es bueno que a veces no veamos la causa de nuestras acciones. Pero me parece que abre una puerta a la libertad si concede, como lo hace, que cree posible que las leyes de la vida sean distintas de las de la física.
Para N. Hartman, la libertad es autodeterminación, o sea lo determinante no puede estar fuera del sujeto, en el valor o el deber. Por eso, contra Kant, la libertad no sólo debe haberla frente a la causalidad de la naturaleza, sino también frente a los principios morales. Está bien, porque no es el hecho moral, ni tampoco social el que puede demostrar que existe la libertad, pero en todo caso una cosa es definir la libertad y otra demostrar que existe. Según Jaspers, la pregunta sobre si la libertad existe deriva de mí mismo que quiero que la haya. Depende, porque a veces me convendrá decir que no soy libre para evitar la responsabilidad de mis actos. La de Jaspers es una idea que no resuelve el problema de la libertad, aunque es cierto que el hombre se hace siendo libre. Con matices en este punto no hay diferencia entre Jaspers, Heidegger y Sartre, quien hace de la libertad el mismo hacerse del hombre, rechazando la libertad meramente interior.
Frente a la consideración tradicional de la idea como algo pasivo Alfred Fouillée habla de la importancia de la idea-fuerza y combate antes que Bergson el mecanicismo evolucionista. “La idea-fuerza es una unidad primitiva del querer, sentir, pensar y actuar” (L´Evolutionnisme des idées forces, 1890). Y ese concepto me parece interesante para el asunto de la libertad. Pero este concepto se puede comparar y quizá asimilar a otros conceptos que desde Darwin irrumpieron en la filosofía, la psicología y la biología y que tienen un carácter más general que el conatus de Spinoza. Spencer y Malthus hablan de lucha por la vida. Bergson habla de energía espiritual o élan vital, sólo que al contraponerlo a la materia y extenderlo a todo ser vivo esos conceptos no resultan tan aptos para aplicarlos a la libertad, pero no dejan de tener su importancia en el hombre. Las energías psíquicas de que habla el psicoanálisis son ideas-fuerza de las que hablaba
Alfred Fouillée. Esa energía psíquica puede superar al instinto y ser también inconsciente. En este caso no serviría para probar la libertad de nuestros actos como no mandamos sobre las imágenes del sueño. La libido de Freud de afectivo-sexual de convierte por la sublimación en otros fines, pero la energía parece ser la misma. Creo que es más fácil para explicar los conflictos psíquicos el pluralismo o dualismo energético que un monismo como el de Spinoza. En todo caso no es lo mismo un monismo que se bifurca como casi todos que uno que no lo hace. El psiquiatra J.M. Schwartz ha descrito empírica y experimentalmente el carácter de esta fuerza mental que es “una fuerza física genuina generada por un esfuerzo mental real”. Real porque se ha visto que cuando se lucha, por ejemplo, contra una obsesión compulsiva se generan nuevos circuitos cerebrales P. (citado por R. Bartra: Antropología del cerebro , p. 246; 2014).
El argumento moral no sirve para demostrar que existe la libertad. Por eso todo determinista convencido dirá que la libertad es una ilusión útil para implantar la conciencia moral de modo social y personal. Por otra parte, no creo necesario un supuesto exocerebro para probar la libertad( R.Bartra ,citado), sino que no es necesario salir de la conciencia y la conducta individuales para ello.
La voluntad sustantivada no explica nada, sino entendida como lucha de ideas-fuerza, de las cuales una se muestra superior por determinadas razones o creencias. Pero igual que dijimos contra el conductismo que el estímulo no es direccional, tampoco lo es la razón, contra Spinoza, en el sentido de que las razones de una decisión son muy variadas, y lo que para uno resulta racional como guía de su conducta para otro no lo es. Bergson parece introducir la libertad en la propia evolución de la vida como opuesta a la materia, pero ese no puede ser el sentido al hablar de la libertad humana. Tampoco se puede entender que el ser vivo como máquina que se reproduce a sí misma, según Monod, con un proyecto o programa teleonómico, que es a la vez casual y necesario, indique que el ser vivo como tal es libre. Ni lo que se ha señalado a este respecto, que la selección natural no se puede interpretar como simple adaptación al medio sino como organización del propio organismo de su medio, tampoco se puede interpretar como libertad. Ni la libertad se podría interpretar en términos fisiológicos de homeóstasis y heteróstasis, como podría pensar algún conductista no determinista. Ahora bien, no sería demasiado extraño ver la libertad humana en algún sentido relacionada con el azar y el principio físico de indeterminación. Y el azar no es sólo externo sino interno, por ejemplo, me ha venido una idea a la cabeza que quizá no vuelva.
Para Hayek la palabra “libre” se refiere a una experiencia subjetiva, por lo que no puede probar nada y hace que el problema de la libertad carezca de sentido y no se pueda afirmar ni negar nada. Pero entonces ¿por qué, según él, los voluntaristas dicen lo correcto y los deterministas están confundidos? (The constitution of liberty, cap. 5, 1960). ¿Eso depende sólo de “un dualismo práctico”? Por otra parte, el que una mente se pueda explicar a sí misma sea “una contradicción lógica” parece absurdo. Y que “la conciencia no está diseñada para examinarse a sí misma”, como dice Edward O. Wilson, cuando aún sabemos demasiado poco de la conciencia, es una afirmación atrevida. La distinción de Isaiah Berlin entre libertad positiva ausencia de dependencia- y negativa- ausencia de restricciones- no me parece de interés porque creo que tiene un cariz sólo político.
Pienso que la paradoja de la evolución de la vida respecto al ser humano consiste en que a medida que el homínido va adaptándose al medio y lo controla para convertirse en un animal superior se convierte en un inadaptado que se hace extrañas preguntas sin respuesta en contra de lo que quisiera la naturaleza, o sea en un ser antinatural que muestra su libertad en esas preguntas. Más allá de las opiniones y contiendas de las que hemos hablado vamos a centrarnos en este punto que me parece capital.
Edward O. Wilson en su brillante libro La conquista social de la tierra (2012) tiene confusiones importantes en la cuestión de la libertad. En el último capítulo titulado Una nueva ilustración participa de las confusiones que atribuimos a Bergson. Para Wilson el libre albedrío es una ilusión, pero biológica. O sea no somos libres. Pero pienso que para ser libre el hombre tendría que ser el producto de una inadaptación extrabiológica y todos los problemas de aquel que detalla Wilson serían propios de la inteligencia antinatural de la que habla Bergson. Pese a ello, Wilson se contradice porque, tras declarar el carácter ilusorio de la libertad, hace al hombre libre y responsable de sus acciones y cree que la inteligencia científica y no la religión estática o mística de Bergson nos liberarán de los problemas acuciantes de los que somos autores.
Se puede admitir con Bergson una cierta inteligencia en el instinto y un instinto en la inteligencia, pero interesa destacar su referencia al “poder disolvente de la inteligencia” en sentido estricto, es decir con lenguaje.
Poder disolvente como inadaptación puramente biológica, quizá anterior al propio lenguaje, el cual, según algunos biólogos, pudo deberse a una doble mutación del gen FOXP2 (Ruth Berger: ¿Por qué hablamos los humanos; Edic. español 2017, p. 111). Se deba a lo que se deba, lo cierto es que el hombre a la vez que tiene una capacidad de adaptación al medio y control de sí mismo como ningún otro animal sufre más que cualquier otro y hace recomendaciones y preguntas extrañas que no hace ningún animal. Recomendación de Kant, “atrévete a pensar”. Si añadimos “la verdad”, parece que Nietzsche le contestara: pero “¿cuánta verdad es capaz de soportar el hombre?”. Y E. Fromm con El miedo a la libertad. Preguntas extrañas: “¿por qué algo y no nada”. A.J. Ayer entre otros contesta: “parece una pregunta profunda, pero el asunto es que no tiene contestación”. Especialmente los positivistas y filósofos optimistas odian esa clase de preguntas que según ellos son absurdas, como la de preguntarse si la vida tiene sentido o no. Creo que hay sentidos parciales que inventa el instinto y sentido total carente de respuesta que hace la razón. Pero esta es la clase de preguntas propias del hombre y no del animal y es la razón más poderosa de su libertad. Por eso dice J. Wisdom, en contra de la precaución de Wittgenstein ante las paradojas, que “los filósofos deberían seguir empeñados en decir lo que no se puede decir”.
Por su parte, dice Monod que “la evolución del cerebro innato debió facilitar no sólo la aceptación de la ley tribal sino la necesidad de explicación mítica que la cimenta. De ahí hemos heredado la exigencia de una explicación, la angustia que nos constriñe a buscar el sentido de la existencia. Angustia creadora de los mitos, de las religiones, la filosofía y la ciencia misma. Que esta necesidad sea innata, inscrita en el código genético no lo dudo” (El azar y la necesidad, p.181; edic. español 1971) A J.Monod y a otros biólogos les pasa lo mismo que a Wilson, del que hablamos, que extienden tanto lo biológico, lo natural, en la evolución humana que hace imposible admitir la libertad que acompaña a la cultura, no obstante lo cual presumen al final de que el hombre es libre para corregir todo lo malo a que le ha llevado su propia evolución biológica, de la que teóricamente no podría escapar.