Triste carta encontrada
Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 22 de noviembre de 2008, 00:23h
Madrid, a 14 de febrero de 1946
Querido Luis:
Me vuelves loca. Tu amor colabora en el aumento de mi locura. O estoy loca por ti o estoy loca porque tenga una propensión innata a la locura. Te escribo desde un sanatorio; un manicomio u oratorio, vamos. Llevo en este nosocomio mental cuatro días, o cinco, porque no tengo reloj y no soy consciente del paso del tiempo en este infernal paisaje constante, y creo que me voy a morir. En mi habitación luce una bombilla de 500 watios día y noche. Parece ser que es parte de la terapia, pero como siga durando esta luz inmisericorde me voy a acabar muriendo de agotamiento mental. Es que me siento morir. Me trajeron aquí por un ataque de ansiedad; porque la culpa por quererte, instalada en mi alma, me bloquea la mente, y no me deja hacer nada. De nada me sirve la penitencia, perseverar en la oración. Sólo sé llorar y agitarme. Mi amor culpable me ha vuelto loca. Y necesito ver a mis hijos, a mis niños adorados, a mis dos princesas y príncipes. Sólo mis hijitos alivian la pena de mi falta, de mi amor, de mi pecado mortal. Y ése ahora, Luis, es mi mayor tormento; no poder ver a mis hijos. ¡Que alguien me los traiga, por favor! ¡Quiero ver a mis cuatro niñitos! Además, estoy encerrada y no puedo oir misa, y yo necesito confesarme y comer el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo todos los días. La media hora de misa era la única isla de tiempo feliz que poseía en medio de la la angustia moral. ¿Cómo me voy a curar si esta martilleante y terrible luz no me deja dormir? Es una claridad tan intensa que me ciega. La oscuridad sería para mí ahora un remanso paradisíaco. El infierno puede estar fabricado con esta claridad. A veces, agotada, me duermo apenas seis minutos para luego despertarme sobresaltada y dolorida en todo mi ser, hundida en esta claridad cegadora artificial. Mi cuerpo se mancha con esta claridad esponjosa y tengo que ducharme – ¡aunque el agua está fría, verdaderamente helada, como corresponde a febrero! - para echar de mí esta lepra de claridad eléctrica. Me acuerdo ahora de los baños fríos del martirizado D´Harcourt. No entiendo cómo el bueno de R. ha aceptado y consentido esta sádica terapia para mí, mucho peor que cualquier tortura de nuestra Santa Inquisición torquemadesca. ¿Será él la mano de Dios que me castiga implacable por haberte amado? Pero Dios no es rencoroso, no es vengativo, ni siquiera justiciero. Sólo misericordioso. ¡Dios mío! El horror de todo el mundo, del mundo entero, se condensa frío entre estas cuatro paredes iluminadas. Aquí no hay tiempo. Sólo horror blanco y silencio. Si esta carta te llegara, habla con mi hermano V., y que me saquen de esta cárcel y cruel más morra. Hazlo si aún me quieres, queridísimo Luis.
Tu pobre Josefina
P. D. No quiero más que mi libertad, y está en juego la integridad de mi persona: no olvides que buscan apoderarse de mi vida, de mi alma, de mi libertad, de todo. Tienes que defenderme. La poca cordura que me queda y me han dejado no me consiente aceptar esta situación.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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