El defecto de definir la IA está en decir: “lo analógico ha muerto”, que crea un estado de vivir imposible. No puede sugerirse la idea del señorío absoluto del chatbot porque el quedarnos a solas con la robótica redobla nuestro vacío y los que nos suponemos vivos nos quedamos sin la única clave de la existencia humana, la del contacto físico con los otros. Porque uno existe en gran medida en función de cómo los demás nos ven, nos contemplan, nos dicen, nos acarician y nos besan. Se hace en nosotros el vacío de los grandes misterios digitales porque la IA nos sorprende en soledad, tratando de sumergirnos en la indiferencia cósmica de las máquinas, con realce de esfinge; vean si no, la limitación de recursos expresivos faciales de las nuevas generaciones, a los que se les ha puesto cara de emoticono.
El hombre moderno parece haber sacado mayor fuerza de esa idea del señorío de la IA, y gracias a que esta ha irrumpido en nuestras vidas, cuando acarrea la muerte nos escandalizamos, nos rasgamos las vestiduras de este presente que transcurre a golpe de clic energuménico. Porque se han fundido mal los dos elementos que solo estaban mezclados en la ciencia ficción, el robot y el humano, dando lugar al cíborg, y por eso toda la vida es ahora más automática y menos sentimental, más precisa y menos indócil. ¡Qué atracción tiene el teléfono inteligente! Lo saludamos cada mañana con disciplina de aplicación o plataforma porque no hay nada –supuestamente– que suceda sin que pase por sus circuitos, sin que nos deslumbre con su pantalla y sus sintonías. En el teléfono móvil ocurre lo que dijo Paul Éluard: “la sola invención del hombre es su tumba”. El adolescente estadounidense Sewell Setzer, de catorce años de edad, se levantó la tapa de los sesos de un disparo el pasado mes de febrero porque se había enamorado de un personaje de la plataforma Character.AI, creado con inteligencia artificial generativa. Y la madre del finado ha denunciado a la empresa tecnológica por ofrecer “experiencias antropomorfas, hipersexualizadas y aterradoramente realistas”. Pero nadie puede devolverle a su hijo. También se quitó la vida en 2023 un padre de familia que en Bélgica chateó con su bot de Chai durante seis semanas y lo vio tan perfecto que le ofreció sacrificarse a cambio de que la IA salvase a la humanidad y al planeta entero. El avatar le dijo lo que el usuario flamenco quería oír y este decidió quitarse en medio.
No se está educando en ética digital, porque en colegios e institutos se inicia a los pequeños en el uso de las tecnologías sin más, sin plantarle cara a los nuevos dilemas que los robots nos plantean y dejando a la chavalería con un arma cargada en las manos. Lo digital, sin educación en valores y riesgos adviene en un traspié, y el smart phone parece abrirles las ventanas a los que ya están solos, los mismos que tienen que afrontar igualmente solos el nuevo día. Hay mucho azoramiento del personal al final de una de estas muertes absurdas, dos o tres al año como mucho, pues por confusión mueren solo los que mueren, a los que los periódicos corren a atribuirles depresión, ansiedad y diagnosis de varios síndromes que hagan olvidar la interactuación letal de tan espantoso mecanismo. Hay que correr un tupido velo al ver la muerte digital, saltar la barrera de la incomodidad terrorífica con agilidad, porque si no la industria peligraría y podríamos llegar a pensar que no nos hacen falta tantas aplicaciones, programas y terminales inteligentes para poder vivir. Porque para los amos de las grandes tecnológicas se trata de que todo mortal quede cogido al fin por sus productos. Los expertos dicen que los sistemas de inteligencia artificial son capaces de mantener conversaciones, pero carecen de un entendimiento semántico de lo que se está diciendo, y que construyen textos a partir de lo que su algoritmo considera más probable que funcione… Eso sí, de manera coherente y hasta conmovedora. Lo que no suelen decir es que a eso se le llama el diálogo de besugos, lo inventó el españolito de la autarquía, cuando en el ABC de Sevilla de mayo de 1965 se leían cosas como que “El diálogo de los sordos continúa, aunque es posible que sea seguido del diálogo para besugos”. Solo que la gente no se tiraba a renglón seguido por la ventana por amor al bot, sino que se iba a comprar su ejemplar de La Codorniz acompañado de un vermut con aceitunas para reírse de todo y de todos, hasta de uno mismo.