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El manuscrito Voynich

José María Herrera
sábado 22 de noviembre de 2008, 18:12h
Entre los siglos XV y XVII proliferaron los libros cifrados. Los autores juzgaban la impopularidad un mérito. Junto al miedo a la repercusión de las ideas comprometidas y el gusto por lo selecto y exclusivo, estaba la creencia, justificada por pensadores como Roger Bacon, de que es mejor hurtar la ciencia a los ojos del público. Más preocupados por el analfabeto que sabe leer que por el que no sabe hacerlo, algunos sabios barajaron incluso la posibilidad de inventar una lengua para sus transacciones conceptuales. La sugerencia nunca llegó a cuajar, pero muchos decidieron cifrar sus escritos. Ejemplo: Leonardo y Samuel Pepys.

Los Diarios de Pepys, depositados por él mismo antes de morir en el College de Cambridge, son, además de una bella obra literaria, una valiosa fuente de información sobre la época de la restauración inglesa, aunque esto no se supo hasta principios del XIX, fecha en que fueron descifrados. Igual ocurrió con el texto de Leonardo da Vinci sobre náutica y con el resto de códices secretos elaborados anteriormente. Sólo uno se resistió a los expertos, y aún sigue haciéndolo: el manuscrito Voynich.

El manuscrito Voynich, llamado así en honor a su descubridor moderno, Wylfrid Wojnicz, fue elaborado probablemente en el siglo XV, aunque durante cierto tiempo se creyó obra de Roger Bacon, que vivió doscientos años antes. Compuesto de ciento dos folios, varios de ellos ilustrados, se encuentra actualmente en la Biblioteca Beinecke de libros raros y manuscritos de la Universidad de Yale. Esto, y la atención que se le presta en internet, garantiza que no suceda lo que ya le ha sucedido otras veces a lo largo de la historia: que desaparezca. Téngase en cuenta que si su contenido constituye un misterio -hay que evocar los problemas matemáticos más atroces para dar con algo semejante- no menos lo es su historia y la de sus propietarios, un largo catálogo que comienza con el alquimista John Dee, pasa por el emperador Rodolfo II, y lleva hasta Athanasius Kircher, arquetipo del sabio jesuita.

Igual de larga y no menos llamativa es la lista de personajes que han intentado descifrarlo desde que reapareció en 1914. William Newbold, decano de la universidad de Pensilvania y experto en mensajes secretos, perdió la razón por su causa. William D. Friedman tuvo que reconocer, para no caer también en la locura, que lo único que podía asegurar acerca del texto, tras veinte años de trabajo al mando de un equipo militar de especialistas en criptografía, es que estaba escrito en una lengua desconocida concebida de acuerdo con estrictas normas lógicas. Tentativas como la de Leonell Strong, quien proclamó que el método del manuscrito era un doble método inverso de progresiones aritméticas basadas en un alfabeto múltiple, o la de John Stojku, que encontró vínculos entre su lengua y el ucraniano, sólo han servido a la postre para arruinar la reputación de sus autores.

Naturalmente, las dificultades no han hecho sino acrecentar el interés. Fruto de ello han sido ciertos descubrimientos importantes. Por ejemplo, la constatación de que el texto fue elaborado por dos escribas que utilizaron dialectos diferentes del idioma del manuscrito. A fin de entender este idioma intraducible, se han creado diversos lenguajes artificiales, el más conocido de los cuales es el frogguy. El frogguy asigna a cada letra del voiniqués otra del alfabeto romano. Esto ha servido para saber que, pese a que las voces del libro parecen escogidas de acuerdo con pautas estadísticas razonables –tanto como para que durante siglos nadie creyese que fuera un fraude-, su grado de repetición no coincide con el de ninguna lengua humana.

¿Se tratará de un engaño? Esta es la tesis de Gordon Rugg, para quien el método de composición del texto no responde a ningún fin significativo, sino que está inspirado en combinaciones azarosas realizadas de acuerdo con un procedimiento inventado por un matemático del siglo XVI, Cardano. Sin embargo, el manuscrito parece más antiguo. Además, y aún admitiendo que el autor obrara con intenciones fraudulentas igualmente misteriosas: ¿quién nos asegura que tras esta jerigonza incomprensible no subyazca un mensaje oculto, algo decisivo para la historia humana?

Yo, modestamente, creo haber encontrado la solución al enigma: el sabio autor del manuscrito Voynich creó simplemente una lengua capaz de traducir el mundo tal y como es, o sea, intraducible.
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