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GASTRONOMÍA

Via Veneto: la alta cocina tradicional de Barcelona

Via Veneto: la alta cocina tradicional de Barcelona
viernes 22 de noviembre de 2024, 17:41h
Actualizado el: 22/11/2024 17:54h

A pocos pasos de la emblemática Avenida Diagonal, Via Veneto se erige como un templo de la alta cocina tradicional en Barcelona. Sus llamativos toldos color granate y el aire de misterio que emana de sus ventanales, cuidadosamente cubiertos por cortinas plisadas, invitan a detenerse y explorar. Un valet impecablemente vestido recibe a los comensales en una puerta robusta con un pequeño timbre, marcando el inicio de una experiencia que promete ser inolvidable.

Al cruzar el umbral, se entra en un espacio donde el tiempo parece haberse detenido. La recepción-bar, íntima y de luz tenue, combina elegancia clásica con detalles contemporáneos. El cuero negro estilo Chesterfield en los bordes de la barra y los sofás capitoné crean un entorno acogedor pero refinado, donde cada elemento parece pensado para evocar sofisticación. Dos elipses gemelas —un espejo y una ventana— se destacan en el diseño: mientras el espejo refleja con precisión, la ventana ofrece un vistazo al comedor principal.

El ambiente de Via Veneto está cuidadosamente diseñado para transportar a los comensales a un espacio de elegancia atemporal. Las mesas redondas con manteles de color salmón, las sillas y los sofás de cuero Chesterfield, como en la barra, crean una atmósfera refinada que prepara el escenario perfecto para disfrutar de la alta cocina que ofrece este restaurante.

Al comenzar la experiencia, nos sirvieron un poco de fuet junto con una copa al gusto, y luego nos sorprendieron con la selección de aperitivos de esta temporada: una nube de mojito que se deshacía en la boca, una crujiente patata soufflée brava, una gilda con el inesperado sabor de una gelatina de marisco y un tartar de fuet con un toque sorprendente.

Antes de hacer nuestro pedido, nos ofrecieron una variedad de panes: de aceitunas, integral, nueces o normal, acompañados de mantequilla. Dejándonos llevar por la recomendación del restaurante, nos comentaron que los dos primeros platos serían creaciones novedosas y que el tercero, un clásico popular, regresaba al menú tras su éxito en ediciones anteriores. De esta manera, el viaje gastronómico se preparaba para ofrecernos tanto innovación como tradición.

Empezamos por probar el "Aspic” de Carabineros con Crema de Erizos de Mar. El aspic, transparente, permite ver los carabineros, aunque su color marrón, debido al jugo, no resulta el más apetitoso a la vista; sin embargo, su sabor fresco y delicioso destaca, complementado por el toque cítrico sutil que aporta frescura. La crema de erizos de mar, suave y umami, añade una capa de complejidad al plato, equilibrando perfectamente la textura firme del aspic y la suavidad de la crema. Un plato sofisticado que cautiva tanto al paladar como a la vista.

De segundo, disfrutamos de una panacotta de alcachofas del Prat, calçots, anguila del Delta y salsa romesco acompañada de vino blanco Belondrade y Lurton 2022. La panacotta, suave y esponjosa, se deshacía delicadamente en el paladar, mientras que la salsa de calçots le añadía un toque dulzón que equilibraba perfectamente los sabores. La tierna alcachofa que acompañaba el plato aportaba un cuerpo robusto a la panacotta, mientras que la salsa romesco completaba la experiencia con su característico sabor ahumado y profundo. Fue mi plato favorito en el restaurante.

De tercero, un salmonete de roca con su piel crujiente, acompañado de una salsa beurre blanc al amontillado de Jerez, zanahoria y azafrán. El salmonete, un pescado conocido por sus espinas, fue meticulosamente limpiado y peinado, con aceite caliente y una delicada salsa beurre blanc vertidos entre cada una de sus escamas. Esta técnica no solo resalta su sabor, sino que crea una combinación curiosa con la textura crujiente del pescado. Las bolitas de zanahoria y azafrán aportan un contraste dulce y aromático, completando perfectamente el plato.

El salmonete fue acompañado por una garnacha blanc, exclusiva para el restaurante : Vino Blanco L’Avi Arrufí 2016 Terra Alta en botella Magnum. De cuarto, nos sirvieron un solomillo de ciervo Wellington, acompañado de girgoles a la crema y una reducción de ceps. Este plato, de gran tradición en la cocina británica, se reinventa al incorporar el ciervo en lugar de la carne más habitual, como el filete de res. La carne de ciervo, magra y rica en sabor, se cocinó a la perfección, manteniendo su jugosidad y ternura. La capa de hojaldre, crujiente y dorada, se funde con la salsa cremosa de girgoles, mientras que la reducción de ceps aporta una profundidad de sabor terroso que realza el perfil de la carne, logrando una combinación de sabores robustos.

Este plato otoñal se acompañó con un vino tinto de la finca Dofí Gratallops 2021, que complementó perfectamente la intensidad de la carne y la riqueza de la salsa. A continuación, siguiendo la tradición francesa, se sirvió una selección de siete quesos artesanos, entre los cuales destacaban el Roig del Montsec (de cabra, Lérida), la Torta Cañajeral (de oveja, Valladolid) y el Fourme d’Ambert (de vaca, Francia). Estos quesos se servían con membrillo y nueces, y para acompañarlos, como en toda la cena, me volvieron a ofrecer pan. Yo elegí un pan de aceituna y otro de nueces, que ya por sí solos estaban riquísimos.

De postre, se presentó una compota de limón cítrico con merengue suizo, equilibrada y suave, sin llegar a ser ácida, que se fusionaba perfectamente con el yuzhu. Este postre fue una verdadera revelación, despertándome después de una gran comida y preparándome para el paseo que tendría que dar para bajar todo lo que había disfrutado.

Al marcharnos a dar nuestro paseo digestivo, nos dieron unos bombones que, al probarlos un par de días más tarde, reavivaron en mí las ganas de regresar a Via Veneto.

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