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TRIBUNA

Humo, talento y películas (En la muerte de Marisa Paredes)

martes 17 de diciembre de 2024, 19:48h

Sorprendía en la gélida mañana de diciembre la noticia de la muerte de Marisa Paredes. No porque le hubiera llegado —injustamente, no merece otro calificativo— el momento de partir, eso nunca se conoce y todo lo que se pueda decir da lo mismo una vez ha sucedido. Sorprendía por la perplejidad de saber que hasta hace nada estaba ahí, en programas televisivos y radiofónicos, en revistas, concediendo entrevistas a unos y otros, combativa, mucho, por exigencia ciudadana con su compromiso político y por notarse que corría por sus venas ese fragor reivindicativo, tan potente como lo era su presencia en una página junto a su foto, en un reel de Instagram, sobre el escenario, en la gran pantalla.

De forma privada, puede entristecer lo indecible que uno de nuestros rostros favoritos no tenga más oportunidades de lucirse y demostrar lo merecido de su valor y de su nombre. Ocurre con Marisa Paredes. Es imposible resistirse a ninguna de sus apariciones, las protagonistas, las secundarias o las anecdóticas. En su mirada se veían el temblor y la sequedad de lo que tuviera que decirse, que expresarse. En una sala apagada, sus diálogos eran recibidos en absoluto silencio. Los buenos intérpretes hacen que acudamos a ellos. Era su caso, sin duda.

Con Pedro Almodóvar consiguió sus mejores papeles. Desde la monja de Entre tinieblas, Sor Estiércol, que machacaba botellas para caminar sobre los cristales y hundía placenteramente una aguja en la carne de su mejilla, hasta la memorable Huma Rojo de Todo sobre mi madre y su sobrecogedora despedida antes de los créditos finales. Nos deja frases imborrables que en su voz, desde abajo, como debían hablar las buenas actrices, según decía María Asquerino, alcanzaban esa gravedad o esa vis cómica que su actuación calibraba. Así, podía sujetar la copa y decir previamente al trago, ay, Betty, excepto beber qué difícil me resulta todo, como interrumpir una conversación entre amigas para confesar el tiempo que hace que no se come una polla, o dejar en suspenso otra charla nocturna en un coche al afirmar que humo es lo único que ha habido en su vida. Aparte, su papel de Leo Macías en La flor de mi secreto fascina con su abanico de sentimientos, desde la arrogancia hasta la ternura, desde la seguridad al decaimiento, empeñada en subrayar sus lecturas ante la indefensión de su naufragio amoroso, ante la insistencia de lo exigido rosa cuando en realidad era cada vez más negro. Hablando de negruras, a destacar siempre su personaje en Tras el cristal, de Agustí Villaronga, en cuyo rostro el terror podía extenderse acorde a lo turbio de la historia, en sus ojos azules más evidentes las sombras.

Fue un talento como de otro tiempo. Llevó su oficio dentro de sí desde niña, desde su huelga de hambre con quince años para actuar en el vecino Teatro Español. Ese arrojo no se le fue nunca. Su figura del recuerdo de tantos de nosotros, espectadores y admiradores, seguramente tampoco.

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