Los españoles gastamos cada vez más en televisión de pago porque la tele, como las pequeñas grandes cosas, varían poco en el mundo y siguen teniendo su prestigio (desprestigiado en este caso), y puede seguirse disfrutando con distintas liturgias que ya no son las del salón de la casa –o sí, pero menos– con todos reunidos allí como antaño. Ahora cada loco con su tema y cada uno con su tele. Este dato navideño lo ha aportado la última estadística oficial de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), que asegura que el gasto medio mensual por hogar –80,3 euros– ha supuesto el precio más alto registrado desde el segundo semestre de 2022, y que el personal no escatima en gastos televisuales ante el tirón de la televisión de pago a través de plataformas de series y películas o con contenidos deportivos.
No transcribimos las nostalgias de cada momento como un tema precipitado o melancólico; tiene que ver cada asunto con una aparición súbita en la memoria que se haya repetido cada año, a través de estos días navideños. Y la programación infantil de aquella televisión se nos aparece muchas veces como sitio al que va a parar el pensamiento cuando sale a relucir la idea de la Navidad, que no debería ser sino un remanso de paz en que detenerse con la familia, ese lugar del hogar en que se vuelve uno mágico de sí mismo y se olvida de la prosa del resto del año. En nuestros días de Navidad e infancia del pasado buscábamos la ventana de la pequeña pantalla a ese mundo maravilloso, y allí encontrábamos ese ángulo del salón donde era posible hallar en 1984, por ejemplo, al mismísimo Peter Pan, al mítico Torrebruno presentando “Mazapán”, la pantera rosa haciendo las últimas compras de los regalos o a los Teleñecos celebrando la Navidad. Y como esa era una respuesta programada por gente con sensibilidad que trabajaba en la pequeña pantalla, nos daba una energía navideña distinta y esperada y nos íbamos satisfechísimos a nuestro cuarto. ¡Así que era un milagro tener nada menos que una televisión con espacios infantiles al atardecer de unas navidades! La televisión era un ojo mágico que se abría y nos enseñaba, y que siendo un invento de los mayores consentía en jugar con los más pequeños, y nos consideraba en nuestra modestia e insignificancia, en nuestro rebelde papel de ajenos a la política y las finanzas, pero protagonistas de aquellos dibujos animados.
La televisión de hoy selecciona contenidos audiovisuales y alimenta la continua caída de ingresos por los servicios de telecomunicaciones, porque si uno quiere contratar con una compañía telefónica, es necesario hacerlo con un paquete de banda ancha y el 61% del hoy llamado “panel de hogares” por la CNMC con acceso a Internet consume o ve estas plataformas de streaming. Si la tele era un gigante de la televisión pública jugando con un niño en Navidad, ahora son las multinacionales: antes todo en las tardes navideñas era sublimar las historias y las cosas y seres, como si fuese la lupa que ampliaba los cuentos que leíamos en papel; hoy la programación navideña es un canal más de las decenas de ofertas incluidas en un paquete de “servicios” de determinado proveedor de Internet. Hemos estado en lo más antiguo y transicional de las emisiones televisivas al sentarnos en el sofá con la plena confianza de que eran programas para niños, y desde allí era fácil desparramarse a lo más fantasioso, obteniendo por contraste con la realidad unas imágenes y relatos que eran un deslumbramiento, una epifanía permanente, que es lo que caracteriza a los chiquillos. Aquel era un bonito juego, y lo jugábamos como un principio suelto de los sueños de la infancia, y por eso buscábamos la caja tonta, que por entonces era un poco más lista, al volver del colegio o durante las vacaciones, por la mañana, a ver dónde estaba la mosca de la tele que se dejaba observar por los infantes. Los niños de ahora miran en bucle dibujos horrendos en una tableta y nunca verán aquellos dibujos animados. Porque hoy no hay más de aquella bendita televisión infantil.