Miseria y violencia terrorista: una correlación falaz
martes 25 de noviembre de 2008, 21:49h
En la política exterior norteamericana, no se producirá ese giro copernicano que los “sondeócratas” de Moncloa vienen intentando vendernos. Verosímilmente, veremos un enfoque multilateral positivo, junto con una amenaza proteccionista negativa, quizá atenuada in extremis por la crisis económica –ambos juicios de valor medidos con la vara de los intereses españoles, europeos y latinoamericanos. Pero las prioridades americanas serán básicamente similares. El Presidente Obama parece persona con cierta formación intelectual que llega con sus lecturas, sabe sus cosas, cree en determinados valores liberales, tiene principios -más allá del mundo virtual de los sondeos y del marketing político- y, a diferencia de algunos líderes europeos, está dispuesto a defenderlos. Además, en países serios, no hay lugar para adanistas: los intereses de Estado permanecen.
Quizá por eso, el gobierno español quiera ponerse la venda antes de la herida que pueda causarle en su política demoscópica una probable petición americana de incrementar el contingente español en Afganistán. Desaparecido el pretexto Bush y tras años de pedagogía invertida, que ha convertido al Ministerio de Exteriores en una ONG y al Ejército en la salvation army, es razonable que estén preocupados. Por eso, se ha apresurado a puntualizar don José Blanco –político astuto y con mando en tropa- que España ya ha cumplido. El señor Moratinos, aunque mandar manda muy poco, tiene la ventaja del desliz freudiano de todo pensamiento lineal. De modo tal, que ha coreado la consigna impartida contra la previsible petición de tropas pero verbalizando, pari passu, la gran interpretación que, sobre el terrorismo internacional, han alumbrado los bismarcks de nuestro tiempo y lugar; a saber, que el antídoto se encuentra en “la ayuda a la cooperación, al desarrollo de hospitales y carreteras”: en suma –y en palabras de Zapatero- “estrategia global”, en lugar de militar. La ayuda al desarrollo es cuestión de interés general y decencia personal, siempre que no se retuerza como relación de causalidad para forzar explicaciones de fenómenos desagradables –como el terrorismo islamista- evitando que soluciones, realistas pero incómodas, emborronen los sondeos.
Con generalizaciones de tal envergadura, bien podemos incrementar la ceremonia de confusión y, con la inestimable ayuda de Günter Grass, concluir que la causa del terrorismo es el hambre en el mundo, sin que la ausencia de la primera de las plagas mencionadas en Burkina-Faso y su financiación y participación en la misma de millonarios saudíes les haga a muchos pestañear en el argumento. En todo caso, no deja de ser curioso que correlaciones tan poco ponderadas provengan de un funcionario procedente de un país que viene padeciendo la agresión terrorista en Vascongadas, una de las regiones más prósperas de Europa. El señor Moratinos cae en el error frecuente, pero intelectualmente vulgar, de establecer una falsa relación de causalidad entre violencia política y pobreza: una vieja teoría, popularizada por un viajero inglés del setecientos, Arthur Young, como explicación de la revolución francesa y bautizada desde Michelet como révolte de la misère -porque los marxistas serios pensaban que las revoluciones, a diferencia de las revueltas campesinas, se gestaban en la riqueza. En todo caso, se trata de un razonamiento recurrente, tan popular como errado, desmontado por Tocqueville, hace más de siglo y medio, y por James C. Davis, hará cosa de cincuenta años.
La búsqueda de una coartada explicativa simple que nos tranquilice y libere de retos incómodos –por más que inevitables, a la postre- debería dejar paso a la constatación empírica de lo que el reiterado y macabro comportamiento nos muestra. A saber, que el terrorismo es una forma de “guerra barata”: una economía de la violencia que enmascara una inferioridad militar evidente con estrategias del pánico. La psicología del terror consiste en remplazar una fuerza convencional de la que se carece por el pánico y la indecisión (Hitler). Nuestro natural anhelo de paz, nuestra saludable repugnancia por –y renuncia a- la violencia es la llave de yudo con la que los terroristas intentan pavimentar un sendero de confusión mental, empedrado de renuncias y claudicaciones. Pero lo cierto es que estas políticas de la violencia no son productos reactivos sino pro-activos. No son reacciones de resistencia o carencia. Son acciones de revolución: técnicas de guerra política (Walter Laqueur), al servicio de estrategias de poder. De poder totalitario, se entiende, que se alimenta, pero no se sacia, de concesiones o sumisiones. El fenómeno que nos golpea y amenaza no es consecuencia de intransigencia ni resultante de carencias.
Por eso, resulta inútil que intentemos asirnos a lo ilusorio, como exorcismo de una realidad desagradable que terminará imponiéndose. Porque no estamos ante un síndrome de “privación relativa”, tan del gusto de los psicólogos americanos del siglo pasado, que se resuelva con paliativos de ayuda humanitaria. Desgraciadamente, el objetivo estratégico del fundamentalismo islámico es un poder teocrático que modele sociedades al estilo del Irán de Jomeini o el Afganistán de los talibanes. Ese es el texto: lo demás son pretextos, como mucho, etapas. El hecho de que esos pretextos sean nuestro texto (el de la ayuda al desarrollo), no nos debe llevar a forzar falsas explicaciones con las que ocultar renuncias y claudicaciones para maquillar encuestas –aunque sólo fuera porque, cuando llegue la hora de la frustración y el desengaño, corolario psicológico de la venganza de la realidad contra formulaciones piadosas pero falaces, hasta los sondeos darán mal.
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Editor de EL IMPARCIAL
José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador
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