Te pasas los días ahí metido. Vas a acabar confundido entre el mobiliario. La marquesa de S. ha seguido trasteando con las videollamadas. Estoy haciendo que las amigas también cojan la costumbre, me dijo al moverme a una de las últimas mesas del bar, entre la esquina de las estanterías y el ventanal. Qué se ve por ahí, enséñame, que siempre vuelves, y giré el móvil para que echase el vistazo al parque y a los árboles pelados, las farolas titilantes sobre el paisaje cada minuto más nubloso.
Era lo de siempre intentando lucirse como si fuera nuevo. En ese aspecto entre dos aguas suele residir la querencia por descubrir, por que los ojos viajen por el espacio recorrido hasta el hartazgo por si se les hubiese escapado ese detalle crucial que nos hablará más nítidamente de lo recóndito, como el piano cerrado al otro lado de las estanterías en el que, a la manera de Debussy, podrían seguir ensayándose partituras con la tapa cerrada. Igual que la marquesa con su novedosa afición, nada hay más placentero que saberse consciente de la actitud adecuada con la que sorprenderse, ya sea explorando lo improbable o lo muy trasegado. Así, uno puede ir mudo pasando de un asombro a otro, tomando todas las historias, las confidencias, las vagas ideologías que pueden desencadenar peleas innecesarias, todos esos caprichos que caben dentro de la conversación que se establece con los demás y con los objetos.
Regresé a la barra. Mateo atendía nuevas comandas de clientes que dudaban si pedir ya, si lanzarse a los huecos libres, si retroceder y buscar otro sitio. Esa tarde, su ánimo era más flojo, se prestaba mejor a cualquier otro entretenimiento, fuera el cambiar las listas musicales que sonasen de fondo o encestar los tiros a la papelera desde el otro lado de la barra. Nada, tío, hoy no estoy para trabajar, no. Al segundo de su confesión, entró una pareja que venía de finiquitar sus actividades deportivas. Uf, no, no, barruntó Mateo, esos son los peores, con raquetas encima, estoy por no dejarles quedarse. Yo no podía parar de reír ante la tirria que las raquetas despertaban en él. Se fueron para el fondo. Ella era francesa y él latinoamericano, pero ninguno parecía querer ser de ninguna parte porque sus acentos eran un programa rápido de lavadora que impedía certitud alguna al oído más cualificado en la prosodia. Ricardo también estaba en sus tareas, más ociosas en comparación: atendía la visita de su amiga Majo, que acababa de volver recientemente de un viaje con su compañera de piso por la Polinesia, y sobre la mesa dejaba algunos suvenires para él. No quise molestar. De su charla llegaban sobrantes con perfumes cargados del exotismo de ultramar que iban depositándose en el par de conchas y la botella en miniatura que contenía la maqueta de un barco, un regalo que resumía a la perfección el ambiente del Pandora.
La mesa en la que realicé la videollamada con la marquesa volvió a liberarse. Dejé a Mateo con su divertida fatiga laboral y me puse a hojear un libro que había recibido, del cual ya le había comentado someramente a la marquesa. Eran haikus y tankas, y a pesar de la ligera sordina que me rodeaba, apartado como mejor pude, aprecié la suma de iluminaciones que recoge Entre las brasas del instante, no siendo, desde luego, mi estilo ni prácticas líricas favoritas, demasiado constreñidas siempre por su brevedad y limitadas su capacidad de emoción por la concurrencia de ejemplos dentro de un solo libro. Los del valenciano Daniel Mocher eran respetables; se iba pasando por ellos conmovido por los bocetos de una pátina azul en los olivos, el borrado de las rejas de un muro por las jacarandás, todos los muertos que puede guardar un pétalo. En las sucesivas delicadezas, por el blanco de los márgenes generosos de cada página, se iban añadiendo los instantes de uno en idilio con los suyos para no dejar de agradecer eso inesperado que comentaba unas líneas más arriba.
No se veía apenas si levantaba la vista hacia el ventanal. ‘Rumor del viento/ entre las malas hierbas:/ cuentas mi vida.’