Sentado a la derecha del último tercio del camino, los espejos se vuelven cóncavos y el andar se hace menos justiciero. Ningún reproche, pues todo es vida alrededor del empeño que cada cual sea capaz de poner en juego. La entrada al bosque es un pacto de silencio, lugar donde habitan los almendros tempraneros y las oropéndolas ajustan sus nuevas romanzas. El campo se espiga entre brotes verdes que mascullan sus ganas de vivir. Es la parte pastoril, que no cursi, de un día tomado al azar de la contemplación y el sosiego.
Aun pulula el sobrante de algunas hojas sueltas varadas del otoño; a buen seguro son letras extraviadas de algún poeta que otrora pisara idéntico lugar que el mío. En el fondo somos buscadores de lo vacilante, porque las emociones no se venden en tiendas de barrio, tampoco en las grandes superficies. Hay que fabricarlas al igual que el respeto y el cariño. De ambas esencias nace la confianza y el amor, definiciones estas que a día de hoy pueden oscurecer tratados de entusiasmo, más por la estupidez humana reinante que por sensatez.
Una ligera brisa es preludio de desencanto. Viene de no sé dónde. Siempre he confundido los puntos cardinales, al igual que el recitar los nombres de los reyes visigodos. Los vientos son libres de entrar y de salir por el lugar que les plazca; es la mano del hombre la que, con su vicio de controlarlo todo, trata de eliminar la sinceridad de la suprema virtud del propio hombre. Y de ahí ha tomado lugar la mentira como poderosa embajadora de nuestras vidas, mas uno de esos vientos ha de traer la fuerza necesaria y hará barrer la malicia de quienes nos deshonran y humillan, pues no consiste tanto en buscar la verdad en la vida, sino en encontrar la vida en la verdad.
Y así, de esta manera, tomo acomodo en un banco del parque y escribo por complicidad con mis lectores. Siento que algo turba lo idílico, pues los pájaros enmudecen cuando se acogen a su derecho de no piar. Páginas sueltas de un periódico revolotean por el suelo de acá para allá, haciendo bueno aquello de que las noticias vuelan. Donald Trump es visionado por toda la prensa mundial y en unos renglones algo arrugados de una editorial consigo leer que este amago de tormenta no es otro que la figura del presidente de los EE.UU., que no solo pretende comprar Groenlandia, sino también las tierras raras de Ucrania o construir un resort en Gaza e incluso rehabilitar a Putin para que opte al Premio Nobel de la Paz.
Por encima de vivos y muertos pasa la caballería al mando de un jinete oscuro; según dicen, es el amo del mundo. El mismísimo presidente americano. La tierra tiembla y el planeta pierde su eje de rotación. Dicen que si le miras a los ojos, tu cuerpo se llena de aranceles, que según los expertos en política monetaria es una enfermedad tan dolorosa que ni doña Úrsula von der Leyen es capaz de crear el antídoto para salvar a Europa. El peligro de algo se cierne en Occidente cuando demasiadas cosas se alinean en el campo de la geostrategia mundial. Donald Trump tiene un plan y ese plan lo piensa llevar hasta sus últimas consecuencias. Frente a eso, la Europa oxidada está más ocupada en ponerle un tapón que no se suelte de las botellas de plástico. Algo para hacérselo mirar.
Mientras tanto, retomo mi particular manera de interiorizar la cortesía que la vida me concede. Escribo rodeado de una exégesis que me invita al silencio, tan solo interrumpido por el ruido de mis letras sobre las hojas en blanco. La naturaleza tiene el don de retomar donde lo dejamos, de suerte que el entorno regresa a la sencilla manera de gozar con lo que en verdad nos debe importar. Un gorrión me mira desafiante. El olor de la madreselva con sus dulces toques herbáceos, de azahar y miel, se expande en medio del sosiego. Quizás sea solo eso lo que el hombre necesite para que nuestros instintos indomables desaparezcan de una vez por todas.
A veces conviene interpelar a los necios que hacen y deshacen en nombre propio los deseos del resto de la humanidad. Hoy nos envían a morir por causa de intereses mancomunados y morimos en un frente cuyas fronteras son tan invisibles como lo son las patrias; incluso las valerosas voces se van extinguiendo. Nos fortifican, nos mueven, regalándonos la muerte como único mérito a nuestra servil conducta. Son tiempos de hombres raros, de tierras raras y de políticos raros. Por eso, la naturaleza poética se guarda del ruido refugiándose en el bosque de los espejos cóncavos, cuya imagen distorsionada hace inútil el reconocernos como especie humana.