Tras la publicación de Putitos, nada fue ya igual en el ámbito poético —español y más allá—. Ahora su autor, Ángel Borreguero, nos trae una segunda entrega en la misma editorial que ofició su bautizo como poeta. El sastre de Apolinaire da a su imprenta Puer delicatus, segunda parte del primero y que hará las delicias de un lector irónico, culto y desprovisto de seriedades fatuas.
¿Puede llamarse poesía lo que hace Ángel? Sí y no, es todo o nada, rompe absolutamente con cualquier prejuicio literario y personal. Lo escrito en las etiquetas se borra, no existe archivador que aguante este estilo libre, heterogéneo y, por ello, tan único. Puede decirse que su escritura es fragmentada, de apunte en libreta de notas, donde apenas podemos apreciar la esencia de lo que describe. Apuntes tímidos y a la vez sorprendentes, que buscan una precisión abierta, plena de adjetivos sorprendentes. La mayor parte de veces, esas descripciones van dedicadas a jóvenes. Son “gordinos” entrañables y, a la vez, indeseables los que componen la geografía borregueriana. Una “ensalada de muchachos” que viene a romper con el título de la obra, si hacemos caso a los orígenes latinos: niños-esclavos “exquisitos” o “delicados” elegidos por sus amos —señores romanos— por su belleza como “juguete”. Idealización poética que, como la observamos, se va rápidamente al traste ante definiciones físicas extrañas e incluso escatológicas. En el prólogo, José Antonio Llera se refiere a “monstruosidades de la carne”, pero incluso podemos ir más allá pues, en ocasiones, la definición humana se funde con la arquitectónica: “Una casa con manchas y puntiaguda, en el balcón una cara en óleo y granos, hecha como por un flamenco primitivo”.
También abundan las citas de autores inesperados pero intercaladas apropiadamente. Incluso el propio autor amplía la cita desde su propio universo: “‘Tenía la piel entre marrón pálido y amarillo oscuro’ (BUKOWSKI): una bebida de hierbas, el alicatado rosa de la fachada de una casuca mugrienta”. Si, como decíamos, en los libros de Borreguero podemos encontrar “ensaladas de muchachos”, el universo de su autor es una ensaladilla de menciones, caras, paisajes, reflexiones y apuntes mínimos pero eficientes.
Conversamos con el autor, a la busca de ampliar este minimalismo grotesco, divertido e inimitable:
Pregunta: Tu bautizo literario fue el sorprendente Putitos, libro diverso pero coherente en su temática. Un estilo con el que has vuelto a la carga en esta segunda entrega poética. ¿Cuál fue la génesis de este mundo literario?
Respuesta: En las primeras páginas de Nadja, André Breton dice de Flaubert que “con Salambó no quisó más que dar la impresión del color amarillo”, y que lo demás le resultaba indiferente. Casi todos los fragmentos de Putitos y de Puer delicatus son algo así como una variación sobre el amarillo, asedios a una idea vagamente erótica que ni yo mismo sé bien de dónde viene, pero que tiene que ver con bultos como bayas, amarilleces esféricas, “interioridades con densidad de crema de menta o licor de manzana azul”.
Pregunta: ¿Qué similitudes y diferencias podemos encontrar entre tu primer libro y Puer delicatus?
Respuesta: Hay en Puer delicatus más verdura (guisantes, herbazales, “habas, cosas, demasiada materia vegetal”), aunque el amarillo sigue siendo el color predominante. Los fragmentos que componen Puer delicatus son más cortos, la mayoría de ellos son solo una frase, o ni siquiera eso, solo una cita. Son una suerte de aforismos sin pensamiento, aforismos sensoriales. “Y que era solo una forma que olía a amoníaco allí”: no sé muy bien cómo podría definirse esto: a lo mejor como “epigrama descompuesto”, que es una fórmula de Mario Martín Gijón. Más allá de eso, quizá sea este último un libro más gastronómico que el primero, menos sexual. Está lleno de guisos, raros aceites, zumos y otras cosas nutricias. Huysmans hablaba de la época de la vida en que la comida sustituye al deseo. Yo creo que estoy ahí ya a mis veintiocho años.
Pregunta: Tanto en Putitos como en Puer delicatus has contado con dos prologuistas muy especiales. En el primer volumen, fue Luis Antonio de Villena, mientras que en este último ha sido José Antonio Llera. ¿Cómo decidiste contar con ellos y cuál fue su primera impresión al conocer tu universo literario?
Respuesta: A Villena lo descubrí en mis quince, en la lectura paralela que hice de Corsarios de guante amarillo y La prosa del mundo: de Corsarios recuerdo las evocaciones de Wilde y de William Beckford, y de La prosa del mundo la cita de Ibn Arabi que aparecía en el primer poema: “Brilló el relámpago cuando aparecieron sus dientes, / y no supe cuál de los dos acabó con la noche”. La obra y la figura de Luis Antonio de Villena fueron una especie de salvavidas en mi adolescencia, cuando estudiaba yo el bachillerato en Don Benito, la ciudad de Badajoz en la que crecí, y donde todo me parecía feo y mediano a mi alrededor. Por eso me hizo ilusión que le gustaran los Putitos, que vio como la extensión de un “mundo perdido” noctámbulo y promiscuo. El prologuista de Puer delicatus, José Antonio Llera, es un crítico raro, agudísimo, y un poeta de filiación expresionista no todo lo valorado que debería. El hombre al que le zumban los oídos (RIL, 2021) es un libro extraordinario. Lo conocí en un congreso de literatura y me fijé en sus zapatillas, de suela fluorescente. Fue uno de los primeros lectores de mi obra. Me llamó “agrimensor del putito ibérico” y “perfumista de la carne”, y aquello me hizo mucha gracia. Me escribió por correo electrónico: “Yo creo que la tuya es una escritura glandular. La veo, también, como un poco cubista, manufacturada a base de fragmentos, cenefas del estilo, gestos ardientes, patitas de mosca sobre el edulcorante, cubitera de color fosforito”. Él me sugirió el título de Putitos, que al principio iba a llamarse Interior de Plaza Marrón, en homenaje a un título malogrado de Álvaro Pombo. A Pombo, por cierto, le pareció que mi primer libro era repugnante y moralmente censurable. No se lo pareció, como alguien ha sugerido, porque Pombo, después de escribir su ensayo sobre la idea de Dios, esté en una etapa especialmente retrógrada o recesiva: a él lo que le molestó del libro es que había una mirada cosificadora sobre los cuerpos, una mirada de coleccionista. El error de Pombo estaba en pensar que esos cuerpos eran reales: mis putitos son construcciones imaginarias, y cosificar cuerpos imaginarios no creo que sea un pecado tan grande. Me estoy acordando de un verso de Panero: “Cómo duele en la sombra desear cuerpos muertos”.
Pregunta: Puede decirse que has alcanzado un estilo propio, “borregueriano”, caracterizado por descripciones inefables de chicos y paisajes, acompañados por citas de autores literarios. ¿Estamos por su apariencia ante una especie de cuaderno de notas del mundo actual? ¿Cuánto hay de sociología o estudio del paisaje y del paisanaje?
Respuesta: Sí, me gusta lo del “cuaderno de notas”. Supongo que el entorno se acaba transparentando en lo que uno escribe, aunque me gustaría aclarar que ninguno de mis libros debe tomarse como una transposición literaria de mi biografía. Sí podríamos hablar de autobiografía espiritual, aunque eso del espíritu suene a otros tiempos.
Pregunta: La lectura siempre genera cierta curiosidad hacia el proceso creativo. ¿El desarrollo de esta obra te ha resultado sencillo respecto del anterior o, por contra, surgieron dudas de enfoque al encontrarte ante el mismo escenario?
Respuesta: Tengo la idea de que la escritura es la prolongación natural de la lectura. Así van naciendo mis libros, que son fruto de la lectura, la pereza y también de una experiencia transfigurada, cubicada o descuartizada y vuelta a ensamblar de manera insólita, como unas notas al margen coloristas y matéricas. En ese sentido, la escritura de este libro ha sido muy parecida a la del anterior. No me importa repetirme, mi literatura es de origen repetitivo y obsesivo. Supongo que el narrador necesita hacer un trabajo sobre las estructuras, los personajes, el punto de vista. No hay nada de trabajo en Putitos o en Puer delicatus: escribir estos libros ha sido más bien una aventura, una búsqueda (una fiesta también quizá).
Pregunta: ¿Con qué intención incluyes citas de obras literarias e incluso descripciones físicas de autores? ¿Puede ser una forma de mostrar referencias previas que expliquen tu personalidad como escritor?
Respuesta: Las citas actúan como pincelada colorida, hablan de texturas, de olores. A veces las amplío: “’La hostería de amor es rosicler’ (Pere Gimferrer), y hay caviar, cosas”. Otras veces me parece que son perfectas y que no necesitan ningún comentario. “Su América era un refresco”, escribe Iris Murdoch. No creo que se pueda decir más: esa imagen está completa. Eso sí, esto de las citas es también una forma de homenajear a los escritores que me han hecho como soy: sin Agatha Christie, sin Dennis Cooper o sin los prosistas de la Falange (Juan Aparicio, Rafael García Serrano), yo no sería escritor, o sería un escritor muy distinto del que soy. Hay influencias tan obvias que ni siquiera aparecen citadas expresamente en el libro: pienso en Calvert Casey, en Leopoldo María Panero o en Francisco Umbral.
Pregunta: Tus dos volúmenes publicados hasta la fecha auguran un futuro literario bien interesante. ¿En tus planes incluyes un cambio de rumbo o continuarás puliendo este mundo propio de cara a nuevos títulos?
Respuesta: Tengo algo de escritor impotente. Podría decirse que Puer delicatus es una reescritura de Putitos, y el libro que escribo ahora es más de lo mismo. Supongo que no representan ningún tipo de avance formal los unos sobre los otros. Espero que este Ciclo de los Putitos se quede en trilogía