No hay que alarmarse. Ni se trata de un titular alertando de una nueva crisis vírica ni de un —casi siempre—tedioso acercamiento a un escritor de aventuras olvidado. Más bien, es la síntesis a la que uno se obliga después de haber leído dos libros que, en principio, poco o nada tienen que ver entre sí pero resultan emparejados sin desentono; una de esas parejas raras que van ganando afectos lentamente, cada uno desde sus peculiaridades; sin duda, uno destacando sobre el otro, pero entre sí manteniendo esa armonía que, por las vías inexplicables de los gustos literarios, los ayuda a convencernos.
Del segundo libro de Ángel Borreguero, dice el texto de contracubierta —un extracto del prólogo de José Antonio Llera— que supone una especie de secuela de su anterior libro, cuyo título es mejor animar a buscar para omitir la mención en este texto y que no ocupe atractivos de más, y evitar con ello también una explicación, posiblemente innecesaria, porque lo que de verdad importa es la rareza del susodicho. Puer delicatus, y el prejuicio de esperar una poesía embarrada de desprendimientos filológicos se cambia por la sorpresa de una que seguramente ni quiera serlo. Aforismos. Sentencias breves. Estiramientos de citas o las mismas recicladas en una renovada, más sarcástica y apegada a la sensibilidad del autor. En cada página vamos encontrando diferentes cuerpos, algo que hace de su escritura algo telúrico, porque el gusto de Borreguero está en señalar cómo son esas superficies, la gran mayoría rugosas, castigadas, supurantes, por propia faena física o por simple aplicación de la visión literaria sobre ellas. ‘Carboniento y vergón, los labios desmadrados. El olor: un guiso estupendo. Chicle de melón, axila adolescente, aceites y grasas, nylon, gomas y plásticos baratos’. En este puchero de sexo y paladeos rebosantes, la mención de las tonalidades y las texturas es la que convida a saborear sin prisa estas febriles variaciones del amarillo. No se puede salir incólume de su lectura. Borreguero se ocupa con esmero de que alguna de esas manchas, tan cosmopolitas como provincianas, ambas en su apogeo íntimo y sensorial —especialmente, si son miradas desde la cama deshecha y con el regusto salado todavía en la boca—, se nos quede pegada.
Un cambio de rumbo, de edad y preocupaciones acompañando a la misma, conlleva el descubrir la poesía de Eduardo Crespo. Aparecido tras su muerte, Un año en Laniakea es, en comparación con lo anterior, un asentamiento en los lugares comunes de la práctica poética. Pero Crespo, dando la razón a las palabras de Juan Marqués, a quien debemos la publicación del libro, se nos revela como ‘un poeta metafísico, panteísta y profundo’ en sus creaciones más anecdóticas y autobiográficas que se detuvieron por el final de su vida, aunque en ese prólogo se nos confía que existe material inédito por aparecer. No está todo perdido, pero sí el mundo que Crespo intentó conservar en su escritura apegada a ese ámbito natural al que dedicó sus largos años laborales. ‘En lo etéreo que vive al otro lado,/ igual que en lo terroso de esta Tierra,/ está la realidad incomprendida,/ o acaso tu mitad inseparable/ de tu hermana mitad que no comprendes./ La jara, el sol, el agua… son preguntas/ del mundo para el mundo recorrido,/ que rara vez responde/ a quienes indagamos la Existencia’, dice en el poema Siempre lo otro. La segunda parte del libro es demasiado accesoria y simple, pero las otras tres recuperan ese privilegio del que sabe acercarse a nombrar lo inconcebible; una tarea ligada a las desazones personales que encuentran traducción en la emoción del paisaje.