Solo la esperanza calma el dolor, de Simone Veil. es uno de los documentos más estremecedores, humanos y encarnizadamente verdaderos de los últimos tiempos. Es la historia de una mujer judía en un campo de concentración durante uno de los periodos más vergonzosos e infames de la historia reciente. Pero este relato sería uno de tantos que, afortunadamente, aún perduran para tocar las conciencias dormidas, si no fuera porque tiene como protagonista a unas de las mujeres más relevantes de los últimos cincuenta años.
En 2006, la Foundation pour la Mémoire de la Shoah (Fundación por la Memoria de la Shoah) y el Instituto Nacional del Audiovisual (INA) idearon un proyecto llamado “Memorias de la Shoah”, donde se recogieron más de cien testimonios en forma de entrevistas filmadas de supervivientes de los 76.000 judíos que fueron deportados de Francia y de los que, menos de 2500, regresaron de los campos de exterminio. Uno de esos testimonios, que ahora ve la luz, es el de la abogada y política francesa Simone Veil.
El motivo de esta obra era «su obsesión: afirmar la singularidad de la Shoah. Combatir las amalgamas. Luchar contra la confusión de los asesinatos en masa. Han tenido que pasar años para que el Holocausto forme parte de la realidad de la historia de Francia (…)» (pág. 17).
El relato que aparece a lo largo de sus páginas es un recorrido por la vida de Simone Veil, desde su infancia y los recuerdos de su madre, sus hermanos, su vida sencilla en Niza hasta el momento de su arresto y el comienzo del horror: Drancy, Auschwitz-Birkenau, Bobrek y Bergen-Belsen. Veil habla, sin tapujos, de muchos de los aspectos menos abordados del horror nazi. Desde la lucha más encarnizada por la supervivencia, pasando por las relaciones a cambio de dinero o de comida hasta el canibalismo.
De manera estremecedora pone de manifiesto como, uno de los sentimientos que con más dolor recordaba, no era el frío, el hambre, la sed o el sueño sino la falta de dignidad con la que eran tratados. La voluntad de eliminar de ellos cualquier resquicio de dignidad y respeto humano y el deseo de humillarlos hasta reducirlos a la nada más absoluta (pág. 81-82).
Cuando pensaba en Auschwitz y Birkenau una idea seguía manteniéndose inmutable: «Lo verdaderamente espantoso [era] la muerte de los niños. Es insoportable. Es insoportable pensar en esos niños que fueron separados de sus madres, que llegaron allí así, siendo tan pequeños, o en brazos de una educadora, para acabar en la cámara de gas. Es insoportable. Insoportable» (pág. 100-101).
Esta obra manifiesta lo que Veil muchas veces apuntó. Su falta de miedo al revisionismo y su absoluto convencimiento de que había suficientes historiadores y bastantes pruebas como para que la verdad se supiera. Sí le preocupaba profundamente y luchó incansablemente, durante toda su vida, contra la banalización, ese intento por comparar el Holocausto con otros momentos históricos con el objetivo final de que, por comparación, acabara por no existir.
Como dice Simone Veil, «no es una cuestión de perdón (…) pero debemos recordar el hecho (…). Nunca le deseo el mal a nadie pero no tenemos derecho a olvidar. Se lo debemos a ellos, a los que murieron. Al menos yo no puedo, y ya está» (pág. 133). Estas palabras recuerdan a las de Elie Wiesel cuando decía que «el deber del superviviente es dar testimonio de lo que ocurrió, hay que advertir a la gente de que estas cosas pueden suceder, que el mal puede desencadenarse. El odio racial, la violencia y las idolatrías todavía proliferan». Este libro es un justo homenaje a las víctimas, un agradecimiento a los supervivientes por su ejemplo y una incitación siempre necesaria al recuerdo. Never again.