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TRIBUNA

Te amo por tres meses

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
lunes 07 de abril de 2025, 20:00h

Si alguien dijera “te amo por tres meses”, estaría indicando que un día antes del plazo previsto amaría a alguien con todo el corazón y toda el alma, pero al dia siguiente aquel amor estaría reducido a la nada, y lo más que quedaría de él sería el recuerdo.

Obviamente este lenguaje es apropiado para una letra de cambio, pero no para el más noble de todos los sentimientos humanos, que llamamos amor. Va en la esencia del verdadero amor incluir la más sincera y ardiente aspiración a durar, el deseo de que el amor permanezca para siempre. Por eso dice la Escritura en el Cantar de los Cantares fortis ut mors dilectio (8, 6). El amor es tan fuerte como la muerte.

En efecto, sólo la muerte es capaz de destruir un verdadero amor. Si, por la causa que sea, el amor cesa antes de la muerte de uno de los dos amantes, eso es visto siempre como un fracaso, como una infausta desgracia, que hubiera sido mejor no hubiese ocurrido nunca.

Por tanto, en la frase te amo por res meses no se habla del verdadero amor, sino a lo sumo de la momentánea coincidencia de dos egoísmos. Si se pone un plazo al amor, se está falsificando de raíz el sentido genuino de la palabra amor.

Si se afirma más cautamente te amo mientras duren nuestros mutuos sentimientos, se está admitiendo que el amor vaya apagándose lentamente, y no de la manera brusca antes aludida. Pero sólo eso. Sin duda este matiz responde más a la realidad de lo que ocurre de hecho en la vida humana. Sin embargo no queda excluido lo esencial. Se está dando por supuesto que el amor no es para siempre, hasta la muerte. No se trata de un compromiso de fidelidad perpetua, que sólo se extingue con la muerte. Y ahí está la grandeza y la excelencia del verdadero amor.

La fidelidad hasta la muerte se da también en la naturaleza y curiosamente no se basa en el sexo, como nota Konrad Lorenz. No son son las relaciones sexuales lo que mantiene unidos durante toda su vida a una pareja de gansos, sino la ceremonia llamada “grito de triunfo”. Como el vínculo no es sexual, precisamente por eso se extiende a toda la vida. Si fuera meramente sexual duraría sólo lo exigido por la copulación y la crianza.

Estas palabras ponen bien de relieve el grosero materialismo de nuestra época, degenerada hasta el punto de no buscar más que el fugaz placer sexual. El ser humano de nuestros días, que presuntamente es persona, se coloca a sí mismo, no ya por debajo de los gansos fieles hasta la muerte, sino incluso por debajo de otros animales que son fieles al menos mientras dura la crianza.

De modo patente se refleja esta cruda realidad en la expresión tan de moda pareja de hecho. El compromiso de una pareja de hecho ni siquiera tiene por qué durar lo que exige la crianza. Propiamente sólo se extiende a lo pedido por la copulación. Que vaya más allá es casi un milagro, o una afortunada casualidad.

En el Cristianismo, la fidelidad hasta la muerte ha sido elevada al máximo nivel moral pensable, lo sagrado. El matrimonio cristiano ha sido convertido en un sacramento. Serán una sola carne, en las expresivas palabras del mismo Jesucristo (Mc 10,8)

Pero el Cristianismo como tal también necesita ser fiel a sí mismo hasta la muerte. Ahora se oyen voces en la Iglesia, y hasta voces autorizadas, que parecen desconocer la radical diferencia entre el matrimonio cristiano y las parejas de hecho. O al menos tratan de minimizar la abismal distancia que separa ambos conceptos.

Volvemos al libelo de repudio de la Antigua Ley. Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto (Mc 10,5). De nuevo aparece en escena la misma idea perversa. El amor no implica de suyo fidelidad hasta muerte. Hay que dejar la puerta abierta para una posible separación.

Si lo pensamos un momento, no veremos una diferencia esencial entre el viejo repudio mosaico y la sutil y falaz equiparación entre las parejas de hecho y el matrimonio cristiano, que ahora algunos propugnan.

Que en la práctica tantas veces la fidelidad en el amor no llegue tan lejos entre los humanos como entre los gansos, es explicable. El hombre es capaz de lo mejor y de lo peor, del más sublime heroísmo y de la más sórdida abyección. Nunca faltarán ejemplos de lo uno y de lo otro.

Lo que no es explicable es el error en la teoría. El verdadero amor, y no digamos el sacramento del matrimonio cristiano, es un juramento de fidelidad hasta la muerte. Por el contrario, las parejas de hecho no van más allá de la promesa del que dice te amo por tres meses.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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