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TRIBUNA

Marisú de Triana

Juan José Vijuesca
miércoles 09 de abril de 2025, 19:45h

La más grande, ¡oh qué arte! Tan pronto te baila una sevillana que te cruje a impuestos. Un dechado de alegría, ¡qué arte, la Marisú! Mira tú. La alegría de Triana paseando cascabeles por donde quiera que pasa. Aplaude con desdén; poco importa el atelier, lo mismo en Ferraz que en el Congreso, ella es como es, una estrella de la cabeza a los pies.

Frenesí en su estilo, lo mismo una arenga que un desatino. La fuerza de la artista es como el Manzanares con brío. Un escalofrío para el contribuyente, un vértigo, una raza trianera que levanta pasiones con sus recaudaciones. ¡Ay, Marisú, Marisú! Eres más cansina que una sardana zulu. Si no existieras, habría que inventarte. Mira tú. Castigo divino, maldito destino soportar la carga fiscal. Somos costaleros de la Santa Penitencia Impositiva, que, a modo de la imaginería religiosa, portamos por nuestros callados pecados. Ni con ruegos, ni con plegarias, inútil empeño, Hacienda siempre viene de nalgas.

Pagamos por todo, por ti y por todos tus compañeros. Sin epidural y a cuerpo gentil, hacemos hilo frente a la Casa del Terror, que, sin ser un parador, los muñidores de Hacienda nos toman afiliación. Un año más, retratados, doloridos nuestros bolsillos, nos van pasando el cepillo para después enviarnos a madurar pepinos. ¡Ay, Marisú, Marisú! Con cuánto arte celebras el vernos cautivos entre tantas cláusulas de enredo, ingresos, gastos, pocas alegrías, por cierto, pues lo que no hayas pagado antes lo has de pagar al momento. Trampas para cazar vidas en mercado público, bazares del regateo, emplastos de sanguijuelas que mal llamadas deducciones de la cuota, mientras tú, Marisú, juegas a hundir la flota.

Náufragos a la deriva somos al rendir cuentas con Hacienda. No por trampas y feas argucias, que legales somos, tal vez en demasía, viendo lo que practican ciertas señorías de su partido e ideología. Algunos hasta en putas, dicho en versión original, o doncellas de ronda, si menester es bajar la tonalidad de mis argumentos. He aquí que son tiempos de difícil entendimiento, pues unos y unas tiran del erario público para medrar consigo mismo, rara tarea, por cierto, y lo digo porque ha de ser difícil el salir del desengaño que la buena vida proporciona a los mohatreros del dinero ajeno.

Fue salir de Hacienda con el deber cumplido y sentirme otro, más incorpóreo, no diferente en el sentido terrenal, sino en lo material; me explico en brevedad: con menos dinero en mi bolsillo que cuando entré en casa tributaria de Marisú. Pagué lo que vienen llamando “cuota líquida” o algo parecido, que viene a ser como una de esas marcas de agua a modo de logotipo.

¡Qué arte, Marisú! Mientras tú, a lo tuyo, que en asuntos de mítines te enervas de tal manera que hasta arremetes contra la propiedad privada. Ahora está de moda atacarla como lo está la presunción de inocencia, por no hablar de la letanía contra las universidades privadas, diciendo que los médicos y profesores formados en ellas no ofrecen garantías. ¡Ojo, Marisú! Que tú, que eres médico, según tengo entendido, sabrás que todo licenciado en medicina, si quiere plaza, debe pasar el MIR para garantizar su preparación, ya procedan de la privada como de la pública.

Muchas veces pensará que dicen con mal intento lo que no es verdad; razones no le han de faltar a usted, más cuando la cosa va de buen gobierno, no basta con parecerlo, sino también saber ejercerlo; y malo es tener que rectificar tan a menudo, pues una cosa es utilizar el comodín del «digo y el Diego» y otra exponer, casi a diario, la pobreza del cargo público que se tiene y exhibe.

Comprendo que el arte tiene sus diferentes expresiones, entre ellas la confección de cortinas de humo. Se requieren manos hábiles y mucho frenesí, como precisa la virtud textil, sobre todo en temporada alta de corrupción, ya sabe, lo de trincar de la administración.

¡Ay, Marisú, Marisú! Cuando más falta nos hace que te marques una copla andaluza que alegre al personal, sales tú dando la razón al mal de esta sociedad que se encuentra patas arriba, utilizando ese juego conceptista que te caracteriza para demostrarnos cuán difícil es alcanzar un orden superior con estos mimbres, que cada día están peor.

¡Oh my god! Que sea una hora corta.

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