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ENTREVISTA

Ana Asensio: "Debemos proteger a la infancia y no lo estamos haciendo"

La cineasta Ana Asensio.
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La cineasta Ana Asensio. (Foto: D.F.A.)
David Felipe Arranz
viernes 11 de abril de 2025, 16:20h
Actualizado el: 04/11/2025 18:14h

Salimos de ver La niña de la cabra de Ana Asensio en su preestreno madrileño con lágrimas en los ojos y tragando saliva. Esa es una cualidad que solo desarrollan los grandes, la capacidad de remover por dentro al espectador y de conmoverlo hasta el tuétano, especialmente al público de una edad, aquel que fue niño cuando España era de una plenitud tangible y no virtual, la España del Fari y Los Chunguitos, los niños con chanclas cangrejeras, las calcomanías de los pastelitos, los cromos de los dibujos animados, las chapas de la Vuelta ciclista a España, los casetes de Torrebruno y el Un, dos, tres. Tras su formación neoyorquina en 2001, Ana se estrenó en los Estados Unidos en la dirección y la escritura con la notabilísima Most Beautiful Island (2017) que también interpretó y que fue nominada al Premio John Cassavetes de los Independent Spirit nada menos, entre otros galardones.

Posee la madrileña Ana Asensio un talento singularmente predestinado al arte, amén de su abrumadora belleza y dotes naturales, combinadas con su formación académica y que ya ha demostrado sobradamente como actriz. Hay una considerable dosis de poesía en su última película como directora y guionista, un eco de cine de otro tiempo que recuerda a las cintas con niño de François Truffaut o Albert Lamorisse, una resonancia que es una suma de plenitudes: las vivencias infantiles que se graban en el alma, el cuarto del piso humilde de aquellas barriadas de aluvión, la influencia de los abuelos y los padres, los primeros pensamientos dedicados a la muerte y a la amistad, con ecos de ensueño y hasta poemas de León Felipe: “Que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos…”. Junto a unas jovencísimas Alessandra González y Juncal Fernández, protagonistas absolutas de este milagro sobre la infancia en el Madrid de 1988, figuran en el reparto intérpretes de la talla de Enrique Villén en un divertido rol de sacerdote parroquial, Gloria Muñoz en un papel impresionante de abuela de la protagonista, y Lorena López y Javier Pereira como los atribulados padres que no ganan para disgustos porque la niña se ha escapado de casa y lo ha hecho subiéndose a la “fregoneta” de los gitanos, nada menos.

¿Por qué ha elegido la mirada infantil para su segunda película?

Me interesa mucho la visión infantil de las cosas. Por ejemplo, una situación o una percepción que para un adulto le puede parecer ruinosa o penosa, como un vertedero o un espejo roto en el suelo de un camino, a un niño le puede parecer un baúl o un yacimiento arqueológico de tesoros, porque tienen esa mirada limpia sobre las cosas, más cerca de ellas. La vida nómada de una familia gitana no tiene que resultar necesariamente un escenario de desventaja a ojos de un niño, sino una oportunidad maravillosa para cantar, bailar y viajar, de pasar la vida junto a gente especial. Quería mostrar cómo percibe la vida de los adultos un niño, porque el mundo lo hemos hecho para los adultos, no para ellos.

¿Por qué los gitanos ambulantes tienen esta presencia tan importante en la película?

Cuando era pequeña yo veía a los gitanos que se ponían a cantar y a bailar con la cabra en la plaza del barrio. Pero es cierto que no tenía más información, de manera que en el proceso de escritura inicial me imaginé cómo era su vida. Después hablé con gitanos madrileños para ser lo más exacta posible en ese proceso de escritura, tratando siempre de ser verídica, y lo que ellos me contaron fue al guion. Me interesaba especialmente la vida de aquellos niños gitanos y reescribí las escenas con el relato de sus recuerdos de la década de los años ochenta.

¿Por qué tiene tanta luz la fotografía de la película?

La película es muy sensitiva, yo la quería con mucha luz porque, al vivir en Nueva York, me resiento de un clima verdaderamente horroroso, que solo ofrece dos meses buenos al año, junio y septiembre. Cada vez que pienso en Madrid, en su sol resplandeciente todos los días del año, en su luz, me salió esa iluminación para que la película fuese preciosa, y me daba igual ambientarla en un barrio obrero a las afueras, con sus descampados para chatarra, porque yo quería que en cada fotograma se imprimiese un dibujo precioso, precisamente con esa luz, tal y como yo la recuerdo, y que echo tantísimo de menos. Eso es lo que le pedí a David Tudela, que ha hecho un trabajo extraordinario.

Su película La niña de la cabra respira nostalgia por la España de los años ochenta. ¿Tanto hemos cambiado?

Yo en esa década, siendo niña, tenía la sensación de una cierta unidad, de pertenecer a una clase media, como la mayoría de españoles, ya fuera de clase media alta o clase media baja, porque entonces no había la disparidad salarial que hay ahora, con estas diferencias abismales en cuanto al poder adquisitivo de las familias. La España socialista de Felipe González abrazaba la clase obrera y de ahí nacía esa unidad. Por otro lado, se creó también una comunidad muy consolidada gracias a compartir lo que pensábamos, lo que veíamos por la tele, cuando solo había dos canales de televisión o cuando ibas a una tienda del barrio y solo había unos pocos artículos para poder elegir. Y éramos tan felices. Hoy en día, la oferta infinita de todo nos abruma y empleamos muchísimo tiempo en elegir algo; diría que esta manera de vivir es una esclavitud, un engaño, porque entonces, por ejemplo, mis juguetes o mis vestidos los heredaba a veces de mis primas, y es como si la infancia estuviese más protegida y menos expuesta, con toda la irrupción actual en la vida de los niños de lo que conlleva un teléfono móvil de acceso abierto. La infancia es algo que debemos proteger y no lo estamos haciendo: una vez que sales de la infancia, de esa región de la inocencia, ya no hay vuelta atrás.

Cuando hablamos de la mirada infantil, usted centra la planificación especialmente en los ojos de Elena (Alessandra González): ¿cómo ha conseguido que exprese tanto en la película una niña con una sola mirada?

Alessandra posee una precisión que es increíble, apenas le daba indicaciones y ella lo hacía exactamente de la manera en que le había dicho. Jamás tuvimos que repetir una toma por ella y la fiché en un casting cuando tenía siete años, y ya entonces me di cuenta de que era la única niña que no contestaba a mis preguntas inmediatamente, sino que se tomaba su tiempo, que digería las preguntas y meditaba unos segundos sus respuestas antes de hablar. Juncal Fernández, que interpreta a Sherezade, la niña gitana, también posee unas cualidades increíbles de espontaneidad y de levedad que empastan muy bien con las cualidades de Alessandra. Ha sido una suerte enorme contar con ellas.

La voz de las dos niñas son como música para los oídos del espectador, dos vocecitas que se entrelazan y que van haciendo evolucionar la aventura de la escapada, los conceptos de la amistad y de la muerte… ¿Cómo concibió la parte de los diálogos?

Me alegro de que percibas eso. He trabajado muchísimo el sonido de esta película para que se resaltara la voz de las niñas, porque es una cinta sensorial y quería que incluso gracias a la fotografía y al sonido el público llegase a percibir olores y sabores…

¿Como las escenas de los vestidos del armario de la abuela o las chucherías que toman las niñas en la cabina telefónica en el descampado?

Exacto. Mi idea es que la sintaxis de los sonidos y de las imágenes lograran crear una huella, porque para mí el diseño sonoro es muy importante, ya que entonces la vida ocurría en la calle, las ventanas estaban siempre abiertas, se escuchaban las voces de los vecinos, que siempre predominaban en la vida cotidiana de aquellas familias. Para mí ese universo sensitivo es un pilar fundamental y quiero que también el espectador lo sienta así.

¿Por qué ha escogido el tema de “No controles” de Nacho Cano en la mítica interpretación de Vicky Larraz y Olé Olé para definir esta historia?

Porque para mí esa canción simboliza el espíritu de la película y hasta la letra parece que la ha escrito una niña, se repite todo el tiempo, “No controles mi forma de vestir / Porque es total a todo el mundo gusto / No controles mi forma de pensar / porque es total y a todos les encanta”. Esa manera de hablar y de pensar, con ese matiz infantil, es la de las protagonistas: déjame ser yo, descubrir mi mundo, que era el mundo de la década de los años ochenta, un mundo muy divertido en el que los artistas de la época no se tomaban en serio y querían ser ellos mismos y vivir en libertad sin someterse a las reglas ni los dictados de nadie…

Hablemos de las secuencias oníricas en blanco y negro y del homenaje al expresionismo alemán. ¿Qué película está viendo Elena en la televisión?

En aquella época, en la Segunda cadena o UHF de Televisión Española emitían películas singulares, auténticas rarezas, y los niños a veces las veíamos. He escogido una que me llamaba mucho la atención, El hombre de las figuras de cera (1924) de Paul Leni y Leo Birinsky, que es la que deja atónita a la protagonista cuando pasa por delante de la sala de estar y ve cierta escena al azar. Tengo que agradecerle al montador, Nacho Ruiz Capillas, que me aconsejase buscar películas no muy conocidas para introducirlas en el guion, que buscase una rareza, y esta me gustó. Además, yo ya estaba condicionada porque quería jugar con las escaleras, era la estética que había en aquellas viviendas, niños y niñas que subían y bajaban las escaleras sin ascensor, y la película de Leni tenía justo unas escaleras expresionistas llenas de seres oníricos, surrealistas y extravagantes.

Buscaba entonces una conexión entre el expresionismo alemán y los sueños de la niña; es decir, buscaba mostrar la influencia del cine “de mayores” en la infancia…

Completamente. Creo que no somos conscientes de todo lo que nos ha influido el cine clásico cuando éramos niños y la televisión emitía aquellas películas maravillosas en la década de los años ochenta, sobre todo. Elena integra aquellas imágenes que la sorprenden en el subconsciente de su propia película, que se alimenta de sus vivencias y de la cultura que absorbe de esa forma tan indirecta y tan casual, pero a la vez tan profunda. Nos pasaba a todos.

Ahora, por desgracia, esa influencia proviene de un solo estímulo: el del teléfono móvil.

Estoy totalmente de acuerdo en ese matiz acerca del escenario tecnológico tan desafortunado que estamos viviendo con respecto a los niños y las tecnologías. Creo que hay que proteger a la infancia cada vez más, porque darle un teléfono móvil a un niño para que se calle o simplemente se entretenga es muy peligroso. Hay ciertas imágenes que circulan por ahí y que pueden impresionarles y matar la infancia de un niño cuando las ve, y ya no hay vuelta atrás, porque los destroza. Una vez que un niño descubre esas imágenes sin control, la herida ya no se cura. Hay que protegerlos también de los videojuegos agresivos, de los productos audiovisuales que le restan importancia a la violencia para hacer caja a costa de la salud mental de los más pequeños. A mí, personalmente, me preocupa mucho el futuro de la infancia, porque es el futuro de nuestro planeta.

Pero ahora los padres actuales, volcados en trabajos cada vez más exigentes, dicen que ya no tienen tiempo para atender a sus hijos, para estar con ellos, para hablarles, y que por eso la tableta o el teléfono móvil son muy socorridos. Es muy cómodo traer un hijo al mundo en estas condiciones, ¿no?

Yo cuando era pequeña quería pasar tiempo con mi padre, así que el fin de semana se iba a jugar al frontón, y él me decía siempre “vente conmigo, Palomita”, y estábamos juntos. Ese es un tiempo de calidad irreemplazable y los patitos íbamos detrás de mamá y papá pato, atentos a su ritmo de vida, al que nos adaptábamos. Ahora el niño parece que tiene que estar ocupado todo el tiempo cuando sale del colegio, y son los padres los que van detrás del niño todo el tiempo, adaptándose a su agenda de actividades extraescolares. Porque hoy el niño parece que es el que le dice a los padres lo que tienen que hacer, cuando debería ser al revés, como yo lo viví. ¿Tiene algún sentido que un niño esté estresado por un exceso de clases particulares? No pasa nada por que tenga momentos de aburrimiento, eso también es sano.

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