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Novela

Joyce Carol Oates: Carnicero

domingo 13 de abril de 2025, 22:12h
Joyce Carol Oates: Carnicero

Traducción de Núria Molines Galarza. Alfaguara. Barcelona, 2024. 424 páginas. 22,90 €. Libro electrónico: 10,99 €. La gran escritora norteamericana nos ofrece una tan dura como fascinante novela que aborda cómo a veces la Medicina más que curación es tortura. En este caso, ejercida sobre las mujeres

Por Adrián Sanmartín

Sin duda, Joyce Carl Oates (Lockport, Nueva York, 1938) merece ese Premio Nobel al que es eterna candidata, y unirlo a los numerosos reconocimientos que ya posee, concedidos dentro y fuera de su país, como el National Book Award, el Bram Stoker Award, el PEN/Malamud Award, el Prix Femina étranger, y, en España, el BBK Ja! Bilbao y el Pepe Carvalho. La autora norteamericana es una de las firmas más brillantes de la literatura actual, con una amplísima obra, apoyada en una cosmovisión y un estilo personales, que despliega en tramas poderosas. Joyce Carol Oates nos sumerge en mundos oscuros, violentos, muy inquietantes, donde se revela que no es la bondad lo que prevalece en el ser humano, sino que muchas veces le guían turbios impulsos, más allá de la capa de civilización. Y esa oscuridad la descubre y denuncia Joyce Carol Oates también en la sociedad norteamericana, y no es la única. Por ejemplo, la lacra del racismo que aborda especialmente en Noche. Sueño. Muerte. Las estrellas, aparecida en nuestro idioma recientemente.

No es la suya una literatura complaciente, cultivando lo que podríamos denominar el gótico psicológico. Con gran acierto, la propia escritora neoyorquina resumió la clave: “La literatura debe exponer el mal, debe basarse en la vida; escribo sobre gente muy real, que tiene aspiraciones y dudas, se enamora, tiene hijos… Separar la violencia de todo este tejido de la vida no es realista”.

Carnicero, como aclara la propia Joyce Carol Oates, es una novela, una obra de ficción, si bien incorpora episodios de la vida de diversos personajes históricos: los doctores J. Marion Sims (1813-1883), y Silas Weir Mitchell (1829-1914), pioneros de la ginecología y la neurología modernas, respectivamente, y de Henry Cotton (1876-1933), director del Hospital psiquiátrico de Nueva Jersey entre 1907 y 1930. Controvertidas figuras, que basculan entre el reconocimiento y el rechazo por la práctica de muy cuestionables métodos de “curación”. Métodos que tenían como pacientes a las mujeres, y, en especial, a las más vulnerables y desfavorecidas. Joyce Carol Oates se apoya en numerosa documentación, incluyendo la autobiografía de J. Marion Sims, donde cuenta no solo sin rubor sino con orgullo cirugías experimentales que resultan espeluznantes.

Entremezclando a los tres personajes, la novela se centra en Silas Aloysius Weir, y se presenta como una suerte de collage de voces, recogidas y editadas por su hijo, Jonathan Franklin Weir, quien señala: “Ha de decirse, en todo caso, que Silas Weir fue un investigador de lo más inusual, un pionero no solo en el campo de psiquiatría, sino en el de la ginopsiquiatría, una especialidad controvertida incluso ahora”. La posición de Jonathan respecto a su padre y a su trabajo es ambigua, pues, por un lado, no deja de admirarlo, pero, por otro, reconoce la lacra que en buena medida supuso. Y confiesa: “Esas memorias constituyen un documento de valor inestimable en la turbulenta historia de la ginopsiquiatría, en la que, muy rara vez, a los objetos de la ciencia, véase, a las mujeres, se les permitió tener voz”.

Por eso, Jonathan Weir, no solo recupera y ofrece el testimonio directo de su padre, a través de una “Crónica de la vida de un médico”. También el de Brigit Agnes Kinealy, sirvienta en el hospital y que se convierte en una paciente con la que Weir se obsesiona. De Brigit Agne Kinealy, leemos sus memorias: “Perdida y encontrada: la verdadera historia de una huérfana, contada por ella misma”. Ya Jonathan Weir nos advierte que este relato “diverge del de padre en términos harto sorprendentes”. En efecto, aunque Brigit Agne Kinealy no obvia el agradecimiento que le profesa al doctor Weir, pone ante nuestros asombrados ojos sus métodos, calificándole como ‘un carnicero de niñas y mujeres”.

Un “carnicero” en cuyo interior Joyce Carol Oates logra introducirnos, escuchar su rechazo de las acusaciones y comprobar sus “justificaciones” para su misoginia, clasismo, narcisismo y siniestra práctica médica: “Los estrechos de mente, que nada saben de nuestras circunstancias, dirán que Brigit Kinealy, una sierva del Manicomio Estatal de Lunáticas de Trenton, sufrió abusos por mi parte, director de la institución; que esta muchacha, menor de edad, no solo huérfana, sino albina y de salud incierta, sordomuda, sin familia que la protegiera, fue explotada de manera vergonzosa como sujeto experimental, que la forcé a someterse a una docena de operaciones a lo largo de los años cincuenta para progresar en mi carrera como pinero de la ginopsiquiatría, al tiempo que ignoraba su sufrimiento […] Los científicos no somos depredadores de lo prescindible, sino que aprovechamos lo que la Providencia nos ha dado mediante individuos de valor cuestionable, como lunáticas, convictos y otros internos de instituciones diversas que viven a expensas del erario público”. Y proclama: “¡Si hubiera justicia en el mundo, nada de eso debería ser objeto de calumnia, más bien, de elogio!”.

En Carnicero, hay necesaria denuncia, pero va más allá como es habitual en Joyce Carol Oates. Una novela tan dura, con estremecedoras descripciones de los experimentos, como fascinante.

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