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TRIBUNA

Noches de primavera

domingo 20 de abril de 2025, 18:22h

Es abril y la supuesta crueldad atribuida por el famoso poema de T.S. Eliot no tiene más radio de acción que las páginas e informativos de política y sucesos nacionales e internacionales. Así durante cualquier mes del año, ya se sabe, pero afortunadamente la semana o varias de vacaciones con las que se cuenten permiten el escape de tanta marrullería. Hasta los anodinos cubrimientos del desarrollo de los pasos de las cofradías ofrecen algún entretenimiento, intrigando, como si se tratasen de quinielas mentales, si conseguirán el objetivo por el que llevan trabajando desde el año pasado. Nos une a todos que permanecemos atentos, con el cuello doblado hacia atrás, mirando al cielo por si este se rompiera y corrieran con las lluvias todos los preparativos. El tiempo suele respetarnos, pero no debemos tentarlo. Su carácter veleidoso es capaz de las mayores atrocidades.

A mitad de la semana pasada y durante esa misma porción de días, fui testigo de lo cambiante que puede llegar a ser. A los escritores les viene bien el frío, pasarlo y sentirlo para que su trabajo no decaiga o se pierda en fatuidades, decía recientemente en unas declaraciones de prensa Juan Manuel de Prada, al hilo de la segunda entrega de su mastodóntica nueva novela, y no le faltaba razón. Pero aunque es igual de fatua, y más cinematográfica si traemos a la memoria las imágenes de la película Doctor Zhivago, con sus manos enguantadas escribiendo poemas a la salida del sol que aliviana la severidad de la helada nocturna cernida sobre su jardín y alrededores, esa imagen, decía, tan idílica del escritor pasando penalidades mientras saca adelante su lo que sea, uno piensa que en realidad el frío, la inclemencia del tiempo de turno, merece no hacer nada y parar y observar su estado mudable. Es primavera, y toda su hermosura viene dada por el zarpazo y la sutileza, por la violencia de una pisada deshaciéndose en la nieve.

Las lecturas, si se tiene la suerte de estar fuera de una ciudad y el campo es el lugar elegido para un cada vez más difícil retiro pasajero del mundanal ruido —no puede evitarse aquí tampoco el aire fatuo, ya lo siento—, tienen que adaptarse a su perfil, uno que facilite desatar los exabruptos y recuperar lentamente después la compostura. El monólogo de Fedra de Yannis Ritsos, en traducción de Selma Ancira, se presta a silencios delante del fuego o una postura recogida junto a una ventana que permita escuchar principios de ventoleras. Sus palabras se esfuerzan por ocultar el roer de su enamoramiento. Sus distracciones conducen la alteración a los muebles, a las ropas, como una salpicadura que repercute en lo inanimado para que deje de serlo. No puede esconderse más. ‘Por suerte la sangre es invisible; eso me tranquiliza; nadie la ve’, se argumenta ante la caída que tiñe todo con el mismo rojo de un rito pagano.

‘No soporto estas noches de primavera. La tierra exhala vahos que suben, se condensan, te aprietan suavemente, carne con carne. Un escalofrío cruza el aire, pasa de una alcoba a otra, penetra en la tercera habitación, la color rosa, donde tú duermes’, y uno se deja llevar por la lírica teatral de Ritsos que enlaza sabiamente los cordeles de la tragedia desde tiempos indeterminados, concretando en el ahora, con nuestra lectura, la inmanencia de las consecuencias en las relaciones humanas; por ellas, por su delicadeza y brutalidad, tan densas como invisibles.

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