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TRIBUNA

Madrid era una fiesta

Juan José Vijuesca
miércoles 23 de abril de 2025, 18:31h

La vigilia sabe a pasado para algunos, mientras la fe mueve montañas para otros sin traicionar sus tradiciones. Es el Triduum Paschale, el momento central de todo el año litúrgico. Son días del Madrid conglomerado a resultas del totum revolutum en orden al gentío cuando se callejea por donde los Austrias dejaron su impronta. No sabría decir a cuánto el metro cuadrado por persona, pero bien podría ser un exceso de cabida cuando hay tantas decenas de miles de individuos que superan a los millones de bocadillos de calamares, que ya es decir. Y no descarto que hubiera hasta reventa de esta clásica vianda.

Se aglomeran ociosos, llenos de paladares salivando junto a los aduladores de gula capaces de engullir hasta el hambre de siete días. Es el olimpo del comer en barbecho; por el afán de hacerlo, se asaltan mostradores de tabernas y mesones llenos de orgía culinaria, pues el ambiente de fritanga ensaliva las papilas en salmuera de tal manera que la bebida se multiplica hasta que el derecho de pernada invita a pagar la cuenta. Mas no por ello se rebajan las expectativas, porque igual que para lo salado también se buscan placeres dulces, y para eso el peaje de la espera es meritorio en cantidad de cientos. Y es que el individuo no solo se distingue por sus elecciones estéticas, sino también por las costumbres banales de comer y beber.

Madrid es lo que es sin mirar a quién. Un lugar en donde pasan las cosas porque es una ciudad que las fabrica. No se sabe bien cómo y dónde, pero es que aquí la perfección de esto o aquello resulta ser un simulacro; ya saben, por lo del más vale prevenir, pero a esta ciudad conviene venir curado porque al vértigo no le da la vida. Mezcla de los tiempos, algunos hueros de por sí, pero pocos por suerte, pues, habiendo regidores de grandes apuestas, la ciudad se ha ido haciendo transversal. Ahora es una metrópoli capacitada para desarrollar distintas funciones y habilidades para adaptarse a cualquier ámbito. Ocio y cultura transitan sobre el escenario de la incansable oferta diaria, haciendo de ello el mejor expositor para todo el mundo.

En su apartado de inéditas consecuencias, en este Madrid, igual te bendice un Dalai Lama que el Santísimo Cristo de la Fe y la Salud. Todo transcurre por sí mismo. Nos interesa lo pequeño más que lo grande y no es por dejar de alabar lo majestuoso, que también, pero se agradece el sentido del humor como lengua vehicular del entendimiento. Es la simple burla sin daño ni destrucción; es, como dicen los castizos, una ironía benévola dentro de lo legítimo.

Hay de todo y para todos e incluso algunos anacoretas vienen del lujo al Rastro dominguero, porque en Madrid nada es lo que parece. Aquí se puede comprar una llave hueca, roñosa, grotesca en apariencia e inservible a simple vista. La gracia está en pagar por ella con la suerte de regatear su precio. Eso sí, saldrás de allí convencido de que has adquirido la llave maestra que abre la caja fuerte del Banco de España.

Ni madrugando se consigue ser el primero en llegar. Es la ciudad que nunca duerme y aun en temporada baja se cuentan por centenares los que guardan cola, igual para un roto que para un descosido. No hay pupila que resista el mismo decorado durante las horas de la esperanza. Un día de larga espera equivale a un sestercio romano de Filipo I, que al cambio puede estar hoy en 110,50 euros. Es decir, un menú del día para siete personas, incluyendo postre, pan y vino o café. Es como entrar en boxes, una de esas paradas técnicas para repostar y seguir.

A cualquier hora del día o de la noche, todo es posible. Lo mismo te sale don Francisco de Quevedo en plena calle del Codo, batiéndose el cobre con un salteador de mujeres, que te cruzas con don Lope de Vega paseando con el perro del hortelano por el Barrio de Las Letras. Es el Madrid de lo cósmico y de lo cómico. Pasen y vean, las puertas de esta ciudad nunca se cierran.

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