No es que una chapuza tape a otra, es que son tantas las chapuzas y tan rápidamente se conectan entre sí, que la vista no puede abarcar cada una por separado y se acumulan de tal modo que dificultan que podamos darnos cuenta de la magnitud de la chapucería. generalizada.
Superado el trance del apagón entramos en la normalidad. Hay gente que pasea por las calles a pesar de que el apagón ha enlazado con el largo y lluvioso puente. El uno de mayo, también celebrado como San José Obrero para algunos avisados, transcurre con el normal vocifero de la manifestación sindicalista. Asisten ministros y hasta una vicepresidenta que promete menos horas de trabajo tras haber hablado con el Papa Francisco. El sindicalismo pasa por alto que se hallan en luna menguante lo cual también forma parte de la vuelta a la normalidad tras un apagón general de la península ibérica. Los comentarios de la televisión y prensa adicta no dejan lugar para no celebrar una jornada laboriosa. Gracias a la eficacia y celeridad en la reacción gubernamental apenas ha pasado de un susto de media tarde acompañado de una transitoria acumulación de tráfico en ciudades reconfortadas por los mensajes tranquilizadores del presidente. Poco más. ¿Para qué insistir en el incidente? Las heridas cicatrizan solas.
No hace alta sintonizar con TVE para saborear ese estado de animosa estabilidad institucional. ¿Errores de cálculo energético en el apagón que deban preocupar al ciudadano? Lo más importante para La Vanguardia ahora es llevar a toda página “el error mayúsculo” de la OPA del BBVA al Sabadell. El País más circunspecto entiende que algo se puede aprender de la experiencia. “Cinco segundos que sumieron a España en el colapso” merecen ser tema de reflexión de una columnista que repara en que el progresismo cae en la ingenuidad de que rehuir las discusiones sobre si la energía renovable puede acarrear algunos inconvenientes es una torpeza porque “no ayudan a frenar a la ultraderecha”. Como lo del apagón resulta que no fue un “bulo facha” conviene también razonar que algo pasajero puede pasar aunque sea un facha cínico quien lo pronostique. El editorial del periódico comparte esta misma actitud precavida cuando avisa al Partido Popular Europeo de que no se deje arrastrar por las contradicciones de Feijóo de cogobernar con la extrema derecha. Eso es lo preocupante, no el apagón.
Según lo muestra la prensa afín, el sobresalto incidental transcurre dentro de lo apacible. Lo normal en Europa es no asustarse por gobiernos que pactan con los comunistas, como todos recodarán que hizo tras la segunda vuelta electoral Macron. No hay nada anormal en que un gobierno siga avanzando por la senda del deterioro institucional a merced de partidos comunistas que en Europa son excluidos como socios gubernamentales. Desde la Segunda Guerra Mundial solo ha entrado un partido comunista en un gobierno en la normalidad española. Además, nada intranquiliza que la agenda verde se imponga como agenda política cualquiera que sea el precio que pagar por la transición que los competidores internacionales se ahorran a nuestra cuenta. Nada de que preocuparse en España cuándo la Unión Europea alienta la energía nuclear, vuelve al carbón, busca el gas donde puede y reexamina los costos de la solar y la eólica. La señora Rivera se desdice ahora de lo dicho y hecho, pero tampoco es digno de reflexión.
El cuento de la normalidad coincide con una semana de complicaciones que se suman una a otra con tanta celeridad que no es posible detenerse en alguna parada, como ocurre cuando se mira por la ventanilla del AVE. Se ha pasado de la pugna entre la Vicepresidenta del Gobierno y el ministro del Interior por la rescisión del contrato de armamentos con Israel a la presentación de un falso presupuesto para gastos de Defensa aprovechando el fallecimiento del Papa Francisco. Sánchez encontró la ocasión para rehuir viajar al Vaticano en representación del gobierno de España. Es difícil aparentar normalidad en un funeral de estado si no se va acompañado de la propia esposa. Pero ¿dónde sentar a Begoña entre tanto acompañante normal sin que llame más la atención su situación jurídica que la peineta de una mantilla? Todo tan normal como normalizar siete horas de silencio gubernamental ante el apagón, mientras en Portugal se aseguraba que la fuente del caos se encontraba en España. Ahora se ofrece como única solución de futuro completar el apagón eléctrico con el apagón nuclear. El apagón se produjo eléctrico porque hace dos años Sánchez dijo que eso era un bulo que no se podía producir. Un cambio de opinión.
Vamos normalizando el tancredismo informativo de aparentar que no pasa nada mientras crece el deterioro institucional del propio gobierno. No han transcurrido dos años de indagación y un año de la carta engañosa de Sánchez para que se cumplimente el enjuiciamiento de su hermano. Las informaciones sobre el fiscal del Estado confirman los motivos de su vaciado telefónico. Las maniobras de la fiscalía para crear un ambiente de seguridad en torno al gobierno siguen su escalada. Las noticias sobre Ábalos se acumulan día a día. Las referentes a Begoña Gómez no solo no aportan tranquilidad a su situación sino que cada novedad la acerca más al banquillo. El Tribunal Constitucional se las apaña para ver si puede amnistiar a Puigdemont. La apariencia de normalidad procede de la dificultad de digerir tanto plato fuerte sin, a la vez, indigestarse. La imaginación no da más que para vivir de la ficción de que, cuanto ocurre, está dentro de la normalidad. Aunque la acumulación de tanto dislate cuente con el abono de los socios en trance de normalización, en la ficción de la normalidad también puede producirse un apagón del conjunto cuando menos se la espere.