De la leyenda popular, tantas veces errada, saqué una frase antológica que más o menos decía así: “Ese Corte Inglés que nos resguarda del frío y la lluvia en invierno y nos regala su inmenso aire acondicionado en verano por no citar sus baños que de tantos apretones nos ha salvado”.
Yo siempre he sido muy de El Corte Inglés. De hecho ayer les compré un microondas. Pero lo que les quiero contar tiene que ver con sus baños, los cuales utilizo de tanto en cuando, al ser mucho más proclives los del propio hogar, donde solemos encontrarnos muchos más seguros. Pero aquella tarde de vinos y embutidos varios mi cuerpo me exigió introducirme en el que gastan en la sexta planta, que es donde reside su zona gourmet. Baños impolutos, modernos y con escasa afluencia.
Uno siempre tiene la sensación de estar haciendo mal las cosas cuando se encuentra sentado en un inodoro ajeno. Salvando las distancias, debe ser como el bebé al que hay que cambiar los pañales en casa de los amigos a los que habíamos ido solamente a vacilar de herederos. Por lo que yo estaba allí, sentado, meditabundo y entregado a la causa, cuando escuché tras la pared unos sonidos familiares; como del pasado.
Uno no presta atención a nada más de lo que le interesa hasta que lo exterior le oprime. Y sí, en el aseo de al lado se escuchaban gemidos varios en voz baja. Sin duda alguna, alguien se estaba aliviando. Pero, ¿es idóneo utilizar los baños del Corte Inglés para semejante menester? Y sobre todo, ¿se es capaz de concentrarse en grado sumo hasta llegar a un clímax acompañado por otros señores desconocidos a sólo metro y medio de distancia los cuales miccionan y defecan?
Como salí antes que mi compañero de al lado, hice todo lo posible por esperar a que terminara para verle la cara: por mera curiosidad. Claro que, al pasar los minutos, dudé entre si en realidad se había montado una orgía con el móvil o directamente se había muerto infartado tras conseguir enhebrar, en un David Carradine de manual.
Ya bajando por las escaleras mecánicas observé a un señor de seguridad que se me quedó mirando, como si en realidad hubiera sido yo el pajillero. Luego recordé una película de Woody Allen donde la que hacía de su mujer sólo podía excitarse en lugares públicos y pensé que sólo debía ser eso. Sin más.