He escrito, varias veces, sobre la vocación, esa llamada, que provoca, en el que la escucha, un sentimiento irrefrenable, que le impulsa a dedicar su vida a la actividad a la que es convocado, olvidándose hasta de sus cuidados mas elementales.
Vemos como, el que siembra el talento lo hace, muchas veces, caprichosamente y señala, con el dedo del destino, sin ninguna lógica, a un individuo cualquiera, situado, a veces, en el lugar mas inapropiado, para dotarle de cualidades excepcionales, en cualquier disciplina. Acompañadas, al mismo tiempo, de la fuerza necesaria para conseguir el objetivo designado.
Son casos muy excepcionales, pues la inmensa mayoría de nosotros tiene, en la vida, por el contrario, la tarea de buscar una dedicación. Y, al no sentir ningún reclamo, procede eliminando lo que no le gusta o buscando lo que le va a procurar bienestar y esté al alcance de su capacidad.
No me refiero, aquí, a la vocación religiosa, cuya obediencia estaría justificada, porque el que la escucha cree oír la llamada del mismo Dios. Me refiero a la entrega, para otra actividad, militar, política, artística, profesional, etc... Del señalado, caprichosamente, por no se sabe quien y al que obedece sus órdenes que, a veces, son tan perentorias como las del mismo Dios.
Hay muchos ejemplos pero, de los que yo conozco, ninguno mas punzante que el del amigo Van Gogh. En los últimos siete años de su vida en que, esa ramera caprichosa, lo atenazó, con asesinato (suicidio) incluido, le hizo pintar mil cuadros y mil seiscientos dibujos. Y a pesar de que ya fue respetado por pintores contemporáneos, solo vendió tres, aunque su hermano, su ángel de la guarda, que evitó que muriera en la miseria, era marchante de Arte en París.
Y hasta se cachondeó, de él, convirtiéndole, a su muerte, en el pintor mas cotizado en subastas, por coleccionistas y ricos caprichosos.
Me vienen a la mente otros ejemplos. En el terreno del Arte tenemos a Brancusi, al que la antojadiza vocación, señaló, con su dedo caprichoso, entre los estratos campesinos mas humildes de Rumanía, para conducirlo, por un camino en el que tuvo que aprender a leer solo, a ser el pionero de la escultura moderna. El prescindió, por primera vez, del pedestal y nos señaló las lineas maestras de la realidad.
Se me ocurre otro ejemplo que abunda en lo antojadizo, de esta llamada. Fue a buscar, en lo mas empingorotado de la sociedad polaca, a Tamara de Lempicka que vivió en Polonia, Francia y Estados Unidos la vida superficial de esta sociedad; pero la imperante vocación la dotó de la energía, voluntad y disciplina suficientes para dedicar, en su estudio, jornadas extenuantes que le permitieron llevar intacta la disciplina y estética del Renacimiento, a través del cubismo, al Art Decó. Y sin una sola concesión al mercantilismo que la demandaba, pues llegó a estar muy de moda.
Y otro que tal baila, el insuperable El Greco. A este lo despeñó desde el triunfo en la palafítica Venecia, la ciudad mas rica, libre y placentera de Europa, al peñasco de Toledo, en el secarral de Castilla, poblada de austeros hombres enlutados que mostraban en su semblante la pétrea seriedad del que está convencido de llevar, en sus hombros, el peso de un imperio y de contemplar las visiones místicas que San Juan y Santa Teresa les enseñaron a ver.
Y allí pasó su vida entre deudas y privaciones, peleando con los ignorantes párrocos de pueblo, para que le dejaran un espacio donde dejarnos la, quizá, mas trascendente cima de la pintura española.
En fin, amigos, la vocación es como una llamada atávica, que no se puede ignorar, como una secta en la que, uno mismo, es líder y sectario, que hace mas desgraciado al que con mas devoción se le entrega.