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TRIBUNA

Lo que vio el viento del oeste

domingo 11 de mayo de 2025, 19:36h
Actualizado el: 05/12/2025 09:40h

La primavera avanza. Puede decirse de su carácter imprevisible lo que a uno se le ocurra. Nada cambiará los antojos de sus días. Tenemos que aceptar que nos lleve en su caravana desesperante, alternando los soleados intermedios que lanzan a la gente a la calle con sus ropas veraniegas, con los quiebros que a las horas escasas les hace quedarse varados y empapados por el chaparrón ignorado, por la naturaleza verdadera ignorada. Es nuestra costumbre la de hacernos los sorprendidos igualmente, prolongando nuestra imprudencia y ansiando hacer definitivos los lugares comunes. Cruzamos de ese modo la línea que nos separa del abatimiento, ese que se nos cierne como las nubes que parecen amenazantes pero pronto se alejan, o como en el poema de Gil de Biedma —aunque él se refiriese a la misma sensación pero en un mes diferente— se habla de esas sombras que oscurecen las páginas del libro que estamos leyendo y nos arropa entonces un frío repentino. Reconocemos esa inquietud.

En el cambio se puede apreciar su grandiosidad. Durante unos días recientes en el pueblo, muy temprano, una luz ocre y una visión opacada por la tormenta que llegó mientras dormíamos y dejó en poca cosa al amanecer, tiñendo el campo del color de la sal. A media tarde, espantando a todo el mundo mientras se buscaba refugio... Si hay una música que merece acompañar a esas escenas es una pieza de piano, uno de los preludios de Claude Debussy que he puesto en bucle estos últimos días. Inspirado en un relato de Hans Christian Andersen, El jardín del paraíso, Debussy escribió la composición Lo que vio el viento del oeste entre 1909 y principios de 1910, si bien el cuento de Andersen había sido publicado en Francia en 1907. No he querido poner mucho empeño en averiguar pormenores de la pieza, más allá de estos datos que burlan el hambre del saber común, pero sí he agradecido dar con el pasaje que el piano vuelve a reescribir a su manera, con la fuerza virtuosa de los acordes y la disonancia extremada.

‘Hay bosques desiertos donde las enredaderas espinosas forman setos entre los árboles, donde la serpiente marina se revuelca en la hierba fresca y donde el hombre es superfluo […] Observé cómo el río que brota de la roca se volvía polvo y ascendía hacia las nubes formando un arcoíris. Vi al búfalo salvaje arrastrado por el torrente: una bandada de patos lo siguió por el agua, pero llegado a las cataratas, intentó su huida mientras era arrastrado hacia el fondo. ¡Qué hermoso espectáculo! Lleno de gozo, desaté una tormenta con tal fuerza que los viejos árboles fueron arrancados de cuajo y entregados al viento como hojas […]’ Quien nos habla es Céfiro, dios del viento del oeste, dulce y raudo, pero malhadado si, como todos los dioses o criaturas mitológicas, sentía sobre sí los celos o la rabia de no saberse correspondido en los amores. Qué escenarios son estos, también, llenos de alternancias entre soleados ofrecimientos y tempestuosos desengaños. Nos esparcen su belleza, pero una ráfaga imprevista puede golpearnos mortalmente y dudo mucho que alguien venga después a socorrer nuestra tragedia, manando flores de la herida, de algún lugar profundo.

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