Desde las primeras manifestaciones creativas del ser humano, se puede comprobar de qué modo éste ha buscado su reflejo en la Naturaleza. Tanto para encontrar una respuesta en ella a través de su misterio —los bisontes pintados o los idolillos de barro, propiciadores de la caza y de la fertilidad según el pensamiento mágico prehistórico— como con el fin de confirmar su esencia —el afán de armonía en el mundo griego a través de la geometría asociada al cuerpo humano y al entorno natural—. Existía y existe por tanto un sentido de pertenencia y un sentimiento de refugio en el medio ambiente, su identificación en él. La Naturaleza ha representado, a lo largo de la historia cultural, un modo de volver a la esencia de uno mismo por parte de sus hacedores. Esta idea envuelve el nuevo poemario de Nicolás Corraliza Tejeda, El mar que nos salva, publicado en El sastre de Apollinaire.
Su título remite a esas aguas salinas que ya en la mitología suponían fuente de vida —de allí surge la diosa Venus, por ejemplo—, pero también de muerte —los temporales enfurecidos que se cobran vidas—. En cualquier caso, es en este poemario el mar un elemento que no solo protege sino que reconcilia. A lo largo de sus páginas podremos encontrar similitudes entre el paisaje —como naturaleza viva— y la persona —que se funde en él porque a él pertenece, con su perfección luminosa pero también con sus sombras—.
El mar que nos salva se encuentra conformado por cinco grandes bloques. El primer apartado, Crece el verano en la luz, supone una radiografía de nuestra naturaleza y de nuestros temores, de la supervivencia diaria contra los elementos y contra nosotros mismos. La noche en fuego contiene como primer poema dos elementos contrarios: oscuridad y luz. El primero lo representa lo nocturno a través de la “pena”, un sentido anímico negativo que rápidamente es combatido por el segundo elemento en forma de “incendio” iluminador. Un arma contra la tristeza esgrimida en la cotidianidad: “una lumbre mayor / en la llama de los días”. De Sueño en junio surge un elemento hermano de aquel victorioso o luminoso: “lo cálido”. Éste “apacigua los temores” en la “noche” —de nuevo el elemento amenazante—, que se observa así minimizada como “corta”. La lucha contra lo oscuro parece ganar en una pugna simbólica a “los agoreros”, que “ansían la niebla”. Pero no todas las luchas concluyen en victorias. Umbrío es muestra de ello: “Se deshace en la boca / el fuego / como fruta en el desamor / de las cumbres”. Un acertado juego visual asocia el alimento con el Eros —tal vez la manzana del Paraíso—, la cual se derrite como la nieve —de temperatura contraria a esa calidez buscada en el amor—: “Ya no ríen los amantes / cuando se cruzan”. Para entender el paisaje se define a través de imágenes la dicotomía entre luz y oscuridad a lo largo de la existencia, en la que una y otra se alternan e incluso se buscan (“también como un perro en su sombra / lejos del fuego de la luz”). Brindis trae la Naturaleza como refugio o salvación al que volver en los días amables: “Los bosques vivos. / La lluvia y su pulmón / de aire, y para los pájaros / canto y verdad”. De igual modo, la luz y el fuego pueden ser nocivos, como en Caudal de ceniza, donde “arden islas metales y plásticos” e incluso “el mal fuego”. Puede ser representativo de “un sol insano como nosotros”, pues también representamos lo maligno. Sin embargo, como el “mar”, el “amor” también vuelve en forma de esperanza para nosotros.
El segundo apartado, Playa de los estoicos, parece hacer un juego con el nombre de la playa cántabra —Playa de los locos—. A diferencia del primero, lo componen poemas numerados. Su espíritu es el de quienes, por su forma de ser calma, firme y entera, extraen la mayor savia de la vida. El poema I. refiere a la espera de la claridad como oficio humano, cuando tantos días surge ese “sol cansado de oscuridad sin nieve” y “la madrugada / en su vigilia esperanza” se esfuerza por brotar. II. parece aludir a la sociedad actual en la que el poeta se representa, viviendo un periodo oscuro. III. representa lo erróneo en la prioridad de elecciones, desterrando los beneficios que la Naturaleza puede ofrecer para poner por delante la comodidad: “El campo se desplazaba / en su extensión y la luz se hacía visible. / Olvidamos aquella bendición / por una celda confortable”. En IV. se descubre la armonía como clave (o “llave”) para una existencia ideal. En V. la lírica se convierte en bálsamo (“basta un poema / para encontrar el camino”). VI. olvida cualquier fin práctico o crematístico en la vida (“no son los números ni los premios”) para alcanzar la “altura total” a través del “fervor de la belleza”. Quienes la obtengan por este medio serán los elegidos o “los sin nombre”: “Nuestra clase es sagrada: nuestra ceremonia carece de doctrina”. Habitarán —como en el poema VII.— un “templo […] valiente y altruista”.
El tercer apartado, El artilugio del reloj —nombrando las posibilidades de desafiar a la realidad y, con ello, la influencia de cronos—, retorna a los poemas titulados por conjuntos de palabras. Precisamente el primer poema, Una promesa, las ensalza: “Vivir en el lenguaje y habitar en él” para construir un “cálido vientre” u “hogar” en el que “la palabra cobije y reconforte”. Se trata de un idioma pensado más que oído, pues el “ruido” precisamente sobra hoy más que nunca y el “silencio” es “fuego acertado”. La poética por tanto se hace más que necesaria para quien la lee, piensa y crea. Metaverso nos trae un tiempo actual irreal o “ficticio / donde nada parece lo que es / y lo que es no aparece”. Es en la “luz” donde el autor vive y ésta pertenecía al pasado: “Un sol valiente y decisivo / como el de aquel tiempo”. Como en cualquier distopía, es el futuro de naturaleza apocalíptica y el tiempo anterior aquel donde todavía era posible la esperanza. Playa de raso interpela a otro ser —el amado— que también puede ser luz y en él puede caber un “mar limpio”. A través de los ojos y de la voz de esa persona, el poeta siente un paisaje benéfico. Sigue esa relación como “estambre de dos cuerpos” en Anotación floral. Juntos, ambos individuos sienten como “este ahora” está “sucediendo”: “nace y respira una nueva bendición”. La primera piedra representa el mundo presente y las experiencias vividas y pasadas como un escenario de “lluvia”, “loco cabaré de danas circulares” o “corrientes / cercanas al fin del mundo”. El poeta lanza la “primera piedra” para generar una nueva realidad —ondas circulares en el presente— distinta y mejor que la anterior. En ello se siente protegido por su “ángel de la guarda” que “acuerda con la muerte un nuevo tiempo”. Con El buen lugar vuelve el ser amado, preparando un terreno sanador para el narrador: “Ella me labra un sueño, / un mundo campesino con pozo y moral. / Allí la sed es una sombra / y la verdad es el silencio de los que aman”. Compás de espera nos recuerda que la realidad siempre se interpone “entre el mundo ideal y el onírico”, perturbando la felicidad para recordarnos el existir. Frente a ello se recomienda el antídoto de los libros en Club de lectura donde todo puede ser, hasta la anulación del tiempo. El camino inverso retoma el lenguaje para equipararse en este caso como “una travesía, una odisea que no admite regresos”. Y, con el lenguaje, la escritura y la “reescritura” en Palimpsesto en la tumba del futuro. Tal vez nuestra vida sea esa única superficie, papel o “roca” donde dejar testimonio de lo que nos sucede: “Guardo una hoguera para los daños / y cincel de lápiz como herramienta. / Ya florecen las médulas y los hisopos”.
Llegamos al cuarto apartado: Lírica y liturgia. En él se vuelve a la idea de reunión ritual para unir a identidades afines que celebran la alegría de vivir. Para entender el paisaje menciona la música como parte de la celebración: “En el primer movimiento / la orquesta era un verano / bajo los efectos de la ternura”. Hay “silencio en la homilía” y “para la Gloria, hombres cantando / mientras se dan la paz”. La música como equivalente de belleza también la producen los animales, como el colibrí que canta en Equilibrio. Meteorológica recupera la Naturaleza como símbolo de un cambio de tiempo y de ánimo. De algún modo unidos, el individuo y su medio se influyen mutuamente. El misterio lo envuelve: “Luna menguante / que anunciaban los videntes. / En la yugular del mar / el sol se hace arena. / Quedaron para el recuerdo los altos trigos”. La nieve de amori busca en el sentir propio el del prójimo, compartiendo la vida doliente: “Al otro lado del mundo / camina un hombre. / Su ruina parece mi zancada / y en sus ojos / veo clavada mi astilla”. Medicina natural enuncia la constante herida y cura en el cuerpo, los ocasos y amaneceres en el camino: “la herida sabe de nosotros / como un tragaluz sabe de la niebla. / Renace la sanación: / la cura es el centro / en los paisajes de la piel”. Aquella materia que forja el recuerdo describe de forma originalísima la presencia en la memoria en los momentos que perviven por su importancia y marcan, tan visibles que son casi físicos, como bellas cicatrices: “Simple en su fortaleza. / Relámpago de mil lluvias y noche cerrada en los espejos”. Puede que en ocasiones se precise tomar “un rodeo / para no pasar cerca de un tiempo / que ya no es”, como en Fluxus. En Qué tristeza hay algo de nostalgia hacia el pasado —y, en concreto, la infancia— al recrear “las aulas en verano”, lo que sucede en ellas cuando los alumnos y los profesores no las pueblan: “En la pizarra una fecha. / Una tristeza / enjaulada hasta septiembre”. De la ausencia del infante allá donde debió estar también nos habla Ajuar de la infancia: “En la caja de latón / huele a pegamento. / Hay doce canicas, / una codera de ante / y cien soldados de sobre / que perdieron con los buenos. / Mereció la pena esta espiga”. Conviene no enturbiar el recuerdo, se nos dice desde El sol en las primeras aguas. Con filosofía oriental se recomienda dejar “que fluyan las corrientes / sin mezclarse, para que lo visible / sea la piedra sumergida”. De una luz definitiva aboga por desprenderse de lo que es accesorio en nuestra esencia, aproximándonos “al destello / de una luz definitiva”. La música reaparece —si bien puede decirse que nunca se ha ido en el tono no sólo del apartado sino del libro en general— en el título de Adagio en sangre cuando el crepúsculo. Es ese momento en que “el sol cae por gravedad” representativo de “lo perfecto y lo pretérito”. Un momento de transición éste (“la vida en víspera”) entre el momento presente y el futuro. Ritual de los deseos es el de las noches de hogueras en el verano, donde también hay algo de tránsito entre un tiempo y otro (“quemar los pesos del pasado / como quien quema un bosque en el ocaso”). La ceniza tras ese fuego purificador será “el final de la escritura”. En Anuario surgen los días de incertidumbre que nos habitan. Ante la desazón de lo que puede sernos nocivo provocado por otros, urge olvidar “el germen de maldad / para que muera de desmemoria”. Esa maldad humana está presente igualmente en Materia gris, donde se precisa “cultivar un nuevo hombre” que sustituya a “los labradores del grito”. Pensar en su creación conllevará el escribir, como el que lleva a cabo el poeta. Así lo vemos con Dulce temblor en los frutales, que recupera la escritura lírica como “nobleza nueva para construir / otro mar en forma y fondo”. Monumental de fe nos aclara que “no es la palabra” sino “sus deslumbramientos / la luz que guía”.
El trayecto toca a su fin con el último tramo, El cuerpo y el viaje. Adónde nos traslada de nuevo a ese mar sobre cuya arpa navega “la ola y el destino”. La “luz de estrella / enjaulada en el espacio” contribuye a la desorientación, careciendo de brújula nuestro viaje. El poeta prolonga su confusión como viajero en Zona franca. Así, siente “que todo llega sin darnos tiempo”. El corazón marca lo que es verdad respecto de la apariencia y lo relativo. Si anteriormente habíamos contemplado el estío como reconfortante, se nos muestra ahora su rostro desasosegante o ambivalente en Días de verano: “A plomo el mediodía, / sin rastro de humedad ni de aire. […] / El templo es un sol enorme. / La llama, premio y castigo”. A estas horas amplía la idea calor-luz / frío-oscuridad para asociar la ceniza con la lumbre del pasado ya extinguida (“la vida que fue ya nos pasó”). La esperanza surge en el último verso, asociando la compañía de la persona amada con la luz y el calor: “Aquí contigo”. De nuevo ocurre el juego de contrarios con Días tristes, utilizándose en este caso el oxímoron para denunciar el momento de desubicación actual que vive nuestra especie, ausente de la calidez anterior, deshumanizada: “¿Quiénes somos ahora? / Tal vez la llama helada / o el fuego frío de angostos alimentos / donde los niños lloran”. Náutica final promueve un naufragio como coda entre sábanas que son océanos, un refugio en el fondo del mar hogareño en compañía del ser amado: “Sumergido: / encajado a tu boca / por los labios”.
El mar que nos salva supone una reconciliación con nuestra propia naturaleza y, por ende, con la Naturaleza exterior —nuestra influencia en lo que nos rodea y viceversa—. Representa un estar en el mundo, un manual de instrucciones poético para proceder éticamente y un salvavidas para el sentir, tantas veces amenazado. De ahí su importancia en el panorama lírico actual.