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TRIBUNA

Las personas colectivas de Max Scheler

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
viernes 16 de mayo de 2025, 20:02h

Empecemos por destacar que el libro clave de Scheler “Formalismus und materiale Wertethik” fue escrito en la época de su conversión a la Iglesia Católica, nada menos que desde el judaísmo. Se comprende que lo mejor y más valioso de Scheler esté ahí. En efecto, utiliza sin rebozo la palabra que ningún filósofo de su tiempo se atrevería a escribir: salvación (“das Heil”). (Ed. Francke Bern 1966, Sachregister Pag. 622). Formuló sin complejos una Axiología teísta. Dios es la fuente última de todo valor, y los más altos son los valores de lo santo (“der Heilige”). Habló incluso del cuidado por la salvación de la propia alma (Trad. esp. Ed. Caparrós 2001, Pág. 657).

Scheler deja bien claro en este libro que el hombre tiene un destino eterno, y la salvación consiste en llegar a ser feliz en el cielo junto a Dios. Justo todo lo contrario del pensamiento débil de nuestros días. La lamentable crisis interior que sufrió Scheler en sus dos últimos años, antes de morir prematuramente en 1928, para nada empaña el indudable mérito de su época anterior.

Scheler acusa a Kant de creer que algo es bueno, sólo porque es generalizable según el criterio del famoso imperativo categórico. Sin entrar a fondo en este tema, yo propongo la Regla de Oro -no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti- como un mero principio heurístico, como unas gafas con las que podemos corregir un posible error en la intuición axiológica.

Y doy por supuesto que los valores son en último análisis las mismas perfecciones de la Divinidad, en la medida en que las percibimos en nuestra conciencia moral como voz de Dios. No es el imperativo categórico como tal lo que hace valiosa una conducta, sino el hecho de que coincida con lo que Dios es. Y a su vez, lo que Dios es por fuerza será valioso para todos los humanos. Ser bueno es hacerse divino, porque sólo Dios es bueno, como genialmente dijo Unamuno. (“Diario íntimo”, Alianza Editorial, 1996, Pág. 93).

En lo que Scheler se equivocó radical y absolutamente fue en su concepción de las personas colectivas.

Empezó hablando de la solidaridad moral de todas las personas (“sittlichen Sölidarität aller Personen”). (Ed. Francke, Pág. 488). Se trata de una inaceptable extrapolación de la responsabilidad in solidum del Derecho Romano. Si cinco personas contraen conjuntamente una deuda y no la pagan, la deuda es exigible a cada uno de los cinco en particular. Pero eso no es más que una fictio iuris, para que la convivencia de los humanos en sociedad sea posible, como ya vieron los sensatos juristas romanos. Lo mismo que la noción más amplia de persona jurídica. De ninguna manera es admisible ir más allá e imaginar que un colectivo humano pueda ser de hecho o en realidad una persona. No existen las personas colectivas. Bien al contrario, cada persona humana es única en toda la Historia Universal. No hay otro yo en el mundo, dice D. Quijote.

Es a todas luces injusto acusar a Scheler de ser uno de los instigadores del trágico y horrible nacional-socialismo, que surgió en 1933 con el funesto Adolf Hitler. Scheler era judío y sólo por eso hubiera podido ser exterminado por los nazis. Incluso encontramos en su libro la afirmación terminante de que el Estado puede pedir su vida al ciudadano en caso de guerra, pero nunca pedirle el sacrificio de la persona en general, su conciencia moral y su salvación, y menos aún una entrega absoluta al Estado” (Ed. Caparrós, 2001, Pág. 663)

Sin embargo, no es sorprendente que los nazis citaran luego a Scheler para defender sus aberrantes e inhumanas doctrinas con la autoridad académica y social de que nuestro autor gozaba en aquella época, En su obra aparecen con frecuencia asertos ambiguos, que mezclan la verdad con la falsedad, y fueron aprovechados para la propaganda del nazismo.

He aquí un ejemplo. Cada individuo personal no es sólo responsable de sus propios actos individuales, sino es también originariamente “corresponsable” de todos los actos de los demás (O.c.. Pág 645).

Otro ejemplo. El principio de solidaridad es un elemento eterno y por así decir un artículo fundamental del cosmos de personas morales finitas... ...se convierte en un todo grandioso que se eleva y decae como tal “todo”... ...hay una culpa y un mérito totales...” (O.c., Pág. 688). En el original alemán esta frase tiene 12 líneas.

Por supuesto, son atinadas y ajustadas a la realidad muchas de las observaciones que hace Scheler -y han hecho tantos otros- sobre la enorme influencia de las tradiciones, las costumbres, usos y creencias de los grupos humanos, más o menos extensos o duraderos, en la conducta de la persona singular. En especial las que provienen de la historia de las llamadas naciones. Piénsese en la enorme carga emotiva y afectiva que encierran los adjetivos inglés, francés, alemán o español aplicados a una persona concreta. No hay que detenerse en ello, pues es algo de sobra conocido, y hasta experimentado por cada uno de nosotros en sus propias carnes.

Pero una vez admitido todo lo que significa esa impresionante y convergente presión externa, hay que atenerse a lo que estableció Kant de una vez por todas en la Tercera Antinomia de su “Crítica de la Razón Pura”. Por encima de todos esos impulsos externos, por múltiples, convergentes y poderosos que fuesen, se eleva un poder de determinación superior, que dicta la última palabra: la libertad humana en sentido positivo. La capacidad de crear ex nihilo el bien o el mal, como decía Nicolai Hartmann. Y en consecuencia surgen para la persona individual las decisivas nociones morales y jurídicas de responsabilidad, imputabilidad, culpa y mérito.

Repitamos. Por mucho que fuerzas externas empujen para salir por la derecha, la persona libre en sentido positivo siempre es capaz de decidir lo contrario: salgo por la izquierda. Y por mucho que se multipliquen los casos patológicos en contra, la libertad humana en sentido positivo, siempre será lo último y determinante. Encauzará todo el flujo de presiones externas hacia la derecha o la izquierda, según ella decida.

Scheler habla constantemente del valor de la persona. Y el hombre de la calle está convencido de que la libertad sin más es un valor. Sin embargo, en la terminología que prefiero, ni la persona, ni la libertad -tanto positiva como negativa- son valores. Más bien la persona libre tiene delante de sí un arco de valores a realizar.

La persona no es un valor, sino el protagonista de los valores, tanto si los vive como si los viola. Aunque obviamente cabe decir que la persona se hace valiosa en la medida en que los cumple. Pero ni la persona ni la libertad responden a la definición de valor como lo que debe ser, sea o no sea. Tanto la persona como la libertad positiva ya son. Nunca están en la situación de deber ser y no ser aún.

Pero sobre todo, no cabe hacer compatibles las personas colectivas con la idea de salvación defendida por el propio Scheler. No se salvan o condenan los colectivos humanos. No van en grupo, da igual si al cielo o al infierno, ni los albañiles, ni los fontaneros, ni los noruegos, ni los suecos, ni los socios del Real Madrid. Son las personas singulares, una a una, las que se salvan o se condenan, las que tienen un destino eterno, las que están a prueba en este mundo, para llegar a ver a Dios o para la frustración suprema de no verlo nunca.

Muy al contrario, los colectivos humanos de todo tipo se quedan en este mundo. Resulta asombroso que Scheler no cayera en este decisivo y capital detalle. La contradicción salta a la vista, cuando se ha admitido previamente el concepto de salvación en el más allá, como mencionado más arriba.

Otra cosa es el enigma insondable del pueblo judío, tal como se desprende de la lectura del Antiguo Testamento, de su reacción ante el prometido Mesías Jesucristo, o de su su atormentada trayectoria histórica después. Con todas sus innumerables desgracias y persecuciones, los judíos han conservado íntegra su identidad colectiva, lo que vulgarmente entendemos por pueblo. Se sabe perfectamente quien es judío y quien no lo es. Los hijos de padre judío y madre no judía siguen sin ser admitidos hoy día como verdaderos judíos. Sólo es judío el que viene de un vientre judío.

Hay algo de misterioso, desconcertante o incomprensible en este tema, que está por encima de cualquier reflexión lógica. En todo caso, sólo para el pueblo judío, tanto en el pasado como en la actualidad, pudiera tener algún sentido real y ontológico -aunque sea de lejos- la responsabilidad in solidum del Derecho Romano. Me parece ser la única excepción pensable a la regla no hay personas colectivas. Se trata del misterio del pueblo escogido. Hasta puede que ésta sea la explicación última de por qué el judío Max Scheler cayó en el absurdo de las personas colectivas.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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