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TRIBUNA

Insensatez

Juan José Vijuesca
miércoles 21 de mayo de 2025, 18:14h

“¡Ah de la casa!” ¿Hay alguien? Antiguamente, se utilizaba esta expresión como medio de acceso. Hoy nadie responde porque las puertas están cerradas, más bien selladas. Incluso hace años, se mostraba el rótulo de “Pase sin llamar”. En la actualidad no se pasa ni llamando.

Pero no es esta la cuestión que me trae, si bien ya me gustaría recuperar la cordura de aquellos tiempos cuando colgaban cortinas sobre los quicios de las puertas. Dentro, el olor a guiso y siempre un plato para uno más. De comer, de primero, la honradez. La hospitalidad, de segundo. Otros tiempos. Otros tientos. Poca o ninguna insensatez. ¿De quién es la culpa? Todos colaboramos en recordar, pero pocos son los elegidos para redimir la majadería existencial. Hemos confundido los términos amparándonos en la letra pequeña, esa valija que guarda nuestras almas entregadas al diablo del bienestar, cada vez más costoso e insensato. Se firma lo que no se entiende, ni tan siquiera se lee, pero la cláusula nos subordina de por vida.

Me repele pensar en tantos mecanismos existenciales haciéndonos propensos a la manipulación cerebral hasta convertirlo en deporte nacional. Me repele la falaz progresía con el desvarío de los mendaces cuando abren en canal lo indefendible. Vamos a quitarnos de una vez la idea de que estos tipos nos representan. Soy receloso ante la conciencia clemente de los que niegan lo evidente y me repugna de ellos, por muy de clase política que sean, el careto de su bajeza. Es la parte más hiriente y cruel de lo que representan, de lo que cobran y malgastan. Por eso, tirar de la manta no es por destemple corporal, es por despertar a los silentes conciliadores frente a los neutralizadores de delitos públicos. Se amparan en la desvergüenza aprovechando la cultura del silencio. Pues oigan: no. La impunidad, aliada con la insensatez, forma el vínculo de lo indeseable.

La reacción ante la situación política que tenemos en este país concita en la peña idéntico interés que el asistir a una cátedra sobre el apareamiento de la mosca tsé tsé; y eso nos vuelve cómplices de pleno derecho. Pero esta caterva lo quiere todo y de ahí hacia adelante hasta que consigan un mundo más pequeño, solo para ellos. Los demás sobramos desde hace tiempo y nuestra docilidad es el combustible perfecto para aguantar el chapapote de la corrupción. Las tramas por capítulos se convierten en clemencia hacia el perverso en perjuicio del honesto; es cuando el lagrimal escuece y rompe la rabia de la insensatez, pero ya es tarde, siempre lo es, cuando la clase gobernante ha sometido tu conciencia a garrote vil. Es la autocracia en todo su esplendor.

En toda esta insensatez triunfa la parte más flácida de nuestro cerebro. Pasamos por ese trágala sin hacer esfuerzos por comprender. Se instala la pereza como un personaje de ficción que colinda con el surrealismo. Vivimos con lo puesto, que no es otra cosa que la tarjeta de crédito, el fútbol, los toros y las fiestas de guardar. No ha cambiado tanto nuestro metabolismo si echamos la vista atrás. Se mire por donde se mire, nuestro barrio sigue siendo nuestro universo. Quizás todo sea más grande, más escogido que entonces, con menos tiendas de proximidad, pero seguimos soñando con ir al Benidorm de los 70 aunque ahora la playa más próxima esté en la República Dominicana.

No somos insensatos, pero “estamos muy a gustito”, al decir de Ortega Cano, dando a entender que los españoles estamos hechos para el ocio y el folklore. Virtud nada desdeñable, por cierto, si no fuera porque el destino tiene fecha de caducidad y se nos pasa el arroz sin mirar a quién. Da igual que el vecino de al lado no llegue a final de mes, ni siquiera que tú puedas ser el siguiente, porque los avatares de la fortuna que a veces es favorable y otras no, igual subes como bajas, te nominan para engrosar la lista de la pobreza. Camino de ello vamos en sociedad comandita.

“¡Ah de España!....” ¿Hay alguien? Me pregunto a mí mismo, buscando el clamor de los otrora fieles de la razón y la justicia; y sin embargo, la democracia se calla. En estos momentos puede parecer impropia la palabra resignación, pero la prolongada costumbre de no pensar que algo está mal nos da el convencimiento superficial de que está bien.

Les lanzo una pregunta y ya me voy: ¿creen ustedes que tenemos lo que nos merecemos? Pues eso.

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