Agua alta en Venecia
martes 02 de diciembre de 2008, 21:41h
A mediodía del lunes parecía que Venecia iba a quedar anegada definitivamente. Turistas sonrientes o compungidos chapoteaban por las calles con el mar a la cintura. La plaza de San Marcos era una piscina y las pasarelas destinadas a salvarla flotaban como restos de un naufragio. Poco después se supo que el siroco cambiaba de dirección y la cosa quedó en susto y grandes pérdidas.
Lejos de los que creen algunos informadores, el fenómeno del acqua alta no está directamente vinculado con el problema del calentamiento global, sino que es producto de una compleja combinación de factores: el viento del sur que empuja las aguas del Adriático hacia Venecia, el cambio inopinado de la presión atmosférica que da lugar a oscilaciones en el nivel del mar, la coincidencia de ambos sucesos con el perigeo y el perihelio, es decir, los momentos de mayor proximidad de la Tierra a la Luna y el Sol, etc.
No se trata de un fenómeno nuevo, sino de algo tan viejo como la propia ciudad. Ya en las primeras décadas del siglo XIII, el dogo Pietro Ziani, temeroso de que alguna inundación sumergiera Venecia, propuso el traslado de la población a Constantinopla, recién conquistada por su antecesor, Enrico Dándolo. El miedo no era infundado. Varias villas próximas, Malamocco por ejemplo, habían desaparecido tragadas por el mar. En 1505, la Serenísima creó una magistratura dedicada expresamente al problema de las aguas y las leyes prohibieron hablar del asunto en público. Trescientos cuarenta y seis años después, la esposa de Ruskin dice en una carta que ha llegado en góndola hasta las puertas de la Basílica de San Marcos. Y poco antes del fin de la República, el estado se ve obligado a construir un formidable complejo defensivo a fin de proteger la ciudad de los embates del Adriático, los célebres murazzi.
El fenómeno del acqua alta se ha agravado, sin embargo, en el último siglo. La causa de ello es el hombre, el ávido hombre actual, que ha modificado peligrosamente la morfología de la laguna. La excavación de profundos canales para permitir el tránsito de trasatlánticos y petroleros ha sido una verdadera locura. Se explica, por ello, que, frente a los partidarios de emprender obras descomunales de protección, haya no pocos que reclaman simplemente una vuelta a la situación existente cien años antes.
El problema es muy grave, gravísimo, pero doctores tiene la Iglesia. Por mi lado, y como venetólogo, prefiero comentarles un asunto ligado a él: el surgimiento del mito de Venecia como víctima del desastre ecológico que se avecina, una Atlántida de piedra y hueso, ejemplo de lo que podemos perder si no ponemos medios para evitarlo. Igual que otros mitos, nadie sabe cómo ha nacido éste. Se trata de un runrún, una especie de ola alimentada por la moda, la realidad física y los temores humanos. De hecho, y nada más encharcarse los soportales del Palacio Ducal, los medios de comunicación de todo el mundo han empezado a perorar sobre el hundimiento de la ciudad y los esfuerzos por salvarla, el Plan Moisés (sistema de diques que se construye en las bocas del Lido para mejorar la circulación de las aguas y frenar su paso) o del nuevo proyecto de levantar la ciudad varios centímetros inyectando descomunales cantidades de agua en el subsuelo. Predicciones apocalípticas y esperanzas científicas, dos ingredientes básicos en nuestro siglo para elaborar un mito.
Aunque el fabuloso patrimonio veneciano, testimonio de sus más de mil años de historia ininterrumpida como estado independiente (el más estable y longevo de todos los tiempos junto a la Iglesia Católica y el Imperio Romano), constituye un prodigio, desde la caída de la Serenísima, en 1797, apenas ha sido otra cosa que un decorado. Eso sí, un decorado capaz de alimentar toda clase de mitos. Primero fue el mito de la ciudad libertina: Verónica Franco, Casanova, el carnaval, la aristocracia decadente. Luego vino el de ciudad muerta, necrópolis a lo Atlántida, espacio ideal para almas melancólicas y corazones tuberculosos. Por último, el mito, cultivado por la literatura y el cine, de la ruina poblada de fantasmas y demonios, de presencias obsesivas, de criaturas que no se sabe nunca si pertenecen al más acá o al más allá.
Todos estos mitos, degradados por el turismo, han acabado convirtiendo Venecia en un parque temático. Los efectos de este proceso son comparables a los de las viejas pestilencias. En el plazo de cincuenta años la ciudad ha perdido casi dos tercios de su antigua población. Muchos se quejan, pero no hay que engañarse, Venecia depende de ese turismo que al mismo tiempo la estrangula y envilece. Y lo sabe, lo sabe como sabe también que necesita seguir siendo un mito para mantenerse en el centro de la atención mundial. Es un prodigio de habilidad e inteligencia que la modalidad escogida para el siglo XXI haya sido el de víctima del desastre ecológico y desafío científico.