No solo en España, también en Francia, en Alemania, en Inglaterra, los partidos políticos financian la actividad...
No solo en España, también en Francia, en Alemania, en Inglaterra, los partidos políticos financian la actividad de mujeres y hombres que espían a las agrupaciones rivales para averiguar anticipadamente sus proyectos y propósitos. Nada nuevo bajo el sol. El juego político es implacable y los que a él se dedican saben o deben saber que en cualquier momento pueden ser espiados, sin otro propósito en muchas ocasiones que arruinar prestigios, desdibujar imágenes o enterrar cadáveres políticos.
El problema no es solo el espionaje, aunque se bordee la legalidad. El problema se crea cuando el espía es tan torpe o tan presuntuoso que descubre el pastel y provoca el tsunami de las críticas indignadas. Piadosamente, Francisco Marhuenda ha llamado cutre a la espía socialista Leire Díez, la fontanera que se encuentra a debate. Parece mentira que un partido de tanta envergadura como el PSOE haya contado con una mujer menor que unas veces por torpeza, otras veces por presunción, ha puesto al descubierto las costuras propias y con ellas las del centenario partido que engrandeció Felipe González.
Nadie sabe qué saldrá de la investigación que el PSOE ha puesto en marcha. Pero son muchos los dirigentes socialistas que desean el cierre inmediato de esa investigación pues, manteniéndola en el candelero, la torpeza de Leire Díez y también su vanidad pueden derivar en un largo rosario de incongruencias que produzcan en el cuerpo del socialismo sanchista profundas heridas difíciles de cicatrizar.
Da miedo advertir la fragilidad de la política española actual cuando un partido serio ha avalado durante años a una espía de tan escuálido nivel como Leire Díez. Y no, no es ella la principal culpable de lo que está ocurriendo. El responsable es quien eligió y confió en una persona incapaz de mantener los niveles y las cautelas que deben rodear cualquier actividad de espionaje.