La religión de los españoles en tiempos de desorden
miércoles 03 de diciembre de 2008, 22:27h
España sigue siendo una sociedad religiosa, y, por más señas, católica; y ello es así, guste o deje de gustar a unas elites secularistas que, un poco apresuradas, creen que han hecho (ya) el país a su imagen y semejanza. Según los datos del Monitoreo Religioso 2008 de la Fundación Bertelsmann, por ejemplo, pertenecen a la Iglesia Católica las cuatro quintas partes de la población, lo que incluye un tercio de la misma que se considera intensamente religioso y otro tercio de católicos tibios, a lo que se añade un cuarto de individuos sin identidad religiosa específica, que a su vez contiene una proporción de gentes no religiosas. Pero lo que las estadísticas apenas dicen es lo concerniente a las formas de la vida religiosa y los imaginarios religiosos de esta población. Creo que, para comprenderlos mejor, el concepto de secularización nos es de escasa ayuda; y, por eso, sugiero un enfoque diferente que, atendiendo a las prácticas y a las creencias, se fija en el grado de coherencia de las primeras y en el grado de claridad de las segundas.
Aunque un tercio de la población practica su religión en público, y una proporción mayor reza y se siente en contacto con lo divino, para la mayoría de la gente la vida está impregnada de consideraciones religiosas sólo hasta cierto punto. Los españoles creen que su vida familiar es muy importante y está muy influida por la religión; pero los datos muestran tensiones profundas en su vida familiar: tasas crecientes de divorcios, cohabitación sin matrimonio, hijos nacidos fuera del matrimonio y abortos. Asimismo, la política parece estar, para muchos, fuera del paisaje religioso. Es posible que por “política” se entienda aquí, implícitamente, la “política real”, esto es, la “política de poder” (la visión moderna de la política), y no la política entendida como una búsqueda del bien común (la visión clásica de la política). Quizá la trayectoria política reciente de la iglesia, un tanto barroca, haya influido en esta percepción de una distancia entre política y religión. La iglesia se identificó, primero, con el franquismo, para luego exhibir una especie de disociación de la personalidad entre una iglesia próxima y otra más alejada del franquismo, y finalmente desempeñar un papel crucial a favor de la transición democrática.
Pero, por otra parte, debemos considerar estas dudas de la iglesia en su contexto. Cambios análogos a los de la iglesia tuvieron lugar en otros muchos grupos e instituciones del país durante ese mismo tiempo. Los antiguos franquistas se convirtieron en los protagonistas principales de la transición, y, como tales, responsables de su éxito. Con el tiempo, los socialistas atravesaron una fase de verbalismo radical, sólo para desembocar en una posición de moderación que trajo consigo su pleno apoyo, aparentemente tan poco probable como genuino, al capitalismo y a la entrada de España en la NATO. Los comunistas, o se tornaron socialistas o les secundaron. Para todos ellos, el “nombre del juego” fue un manejo juicioso y cauto de sus ambigüedades. Las de la iglesia fueron parte de la ambigüedad general, tanto de las elites como del conjunto de la población. De hecho, durante la mayor parte del tiempo a partir de la década de los cincuenta, la resistencia popular al franquismo fue modesta, en contra de lo que dicen algunos de los mitos emergentes del nuevo régimen democrático, que dan a entender que existió una especie de “resistencia tácita” generalizada de la población a la dictadura franquista.
En realidad, hoy, cabe observar signos de fragmentación de la experiencia personal de los españoles en todos los rincones de su vida, como si hubiera en ellos una mezcla de racionalidad instrumental, que se aplica a los detalles, y de creencias borrosas, que se aplican al conjunto del paisaje. Los datos muestran, por ejemplo, que si bien los españoles consideran remotas las ideas acerca de los ángeles y de una vida ultramundana, han desarrollado, en cambio, un interés notable por la astrología, lo que sugiere en ellos una suerte de pensamiento mágico robusto, que quizá ha cambiado de dirección. Lo cierto es que, en estos tiempos modernos y supuestamente secularizados, el recurso a la magia, es decir, al intento de conseguir el favor de personajes sobrenaturales o preternaturales mediante invocaciones y encantamientos, goza de bastante vitalidad, aunque suela orientarse en una dirección distinta a la de otras épocas. Sigue ahí, empeñado no tanto en un desencantamiento del mundo cuanto en un intento de encantarlo de nuevo, pero esta vez desplazándose del campo de los religioso tradicional hacia otros campos, incluidos los campos (no sólo de la astrología, sino también) de la política, de la propia ciencia o de la economía.
Hay una especie de “aliento mágico” vinculado a muchos slogans políticos modernos; pensemos por ejemplo en el impulso reciente dado a una expresión como la del “arco del progresismo”, que no está tan lejos de ser una alusión a la expresión del “arco iris”, que está a su vez ligada a la del “arco de la alianza” con los poderes del otro mundo. En realidad, cada nuevo día trae consigo el uso de una nueva alegoría de parecida intención. “Izquierdas” y “derechas” pueden operar de una forma semejante, según cuál sea el contexto, y según cómo sean los símbolos y las emociones vinculados al uso de esas expresiones. Es obvio que muchos movimientos políticos y sociales se comprenden mejor si se les considera como movimientos religiosos de un carácter singular, o, si se quiere, como simulacros de una verdadera religión (movimientos gnósticos, como sugería Eric Voegelin). La creencia en el progreso tiene, por supuesto, un componente de ilusión milenarista, que subyace en esa creencia.
Debemos recordar también que, tal como funcionan en sus aplicaciones concretas, las prácticas y las instituciones científicas modernas operan, en cierta medida, con un claro componente mágico. En su estudio sobre la Inglaterra de los siglos XVI y XVII, ya señaló Keith Thomas cómo la medicina moderna ha operado y opera, en la práctica, más o menos como siempre operó la medicina pre-científica, dado que el público en general apenas comprende una y otra, y de aquí la importancia terapéutica del placebo. Por su parte, la economía de mercado y los intentos (o las pretensiones) de los gobiernos de controlarla y de manejarla comparten con frecuencia algunos rasgos de la magia de los brujos y los magos. Las turbulencias financieras del momento, por poner un ejemplo próximo, nos recuerdan esto, quizá con cierta ironía. Muestran cómo los mercados han ido tendiendo a proporcionar cada vez menos información (y no cada vez más, como se esperaba) acerca de los contenidos de las transacciones económicas (al menos en un sector crucial de la actividad económica). Como resultado de ello, tanto los agentes económicos sofisticados como el público en general se encuentran hoy en una situación de opacidad que les induce al miedo, y que les parece difícil de manejar por medios racionales. Se necesita “confianza” (palabra mágica...). Confianza que, por supuesto, debe ser invocada de la manera apropiada, y siguiendo el ritual apropiado, protagonizado por los oficiantes designados para ello por la comunidad. (A veces, ni siquiera es preciso que estos oficiantes de la cosa pública comprendan las palabras que pronuncian; basta con que repitan el canon del momento con la entonación adecuada.)
Lo que quiero decir con todo esto es que los españoles, aunque se consideren muy modernos y casi razonables, viven hoy, en general, en un mundo de creencias y de prácticas un tanto desordenado; y esto afecta, lógicamente, también, al modo como viven su experiencia religiosa.
La situación actual de la religiosidad católica (en particular) de los españoles admite varias interpretaciones, y, vista desde la perspectiva de la Iglesia Católica, la persistencia de los sentimientos de pertenencia a la misma por parte de una amplia mayoría de la población, junto con el compromiso religioso profundo de un tercio de la misma, parecen datos claramente positivos. Por otra parte, la iglesia se encuentra en una situación complicada, porque debe encarar el hecho del crecimiento de otros grupos religiosos (sobre todo, a través del aumento de la inmigración), aparte de los manejos de un adversario secularista que parece bastante beligerante, aunque quizá su beligerancia sea relativamente ocasional. La iglesia se enfrenta con esos retos no habiéndose entrenado lo suficiente (al menos en el pasado local y reciente) en el manejo de ese nivel de complejidad, y estando inclinada a retornar una y otra vez a las prácticas de la acomodación institucional con los poderes del momento.
Pero la cuestión crucial no está ahí. Conforme miramos con más detenimiento las formas de vida y los imaginarios correspondientes a la experiencia religiosa de la población, la escena se torna más inquietante. Mientras que la iglesia y el estado se disputan, y los inmigrantes van llegando, la población en su conjunto parece a la deriva. Los rasgos de su conducta -- tales como la disparidad entre sus sentimientos religiosos y sus prácticas relativas a la vida familiar, el sexo y la política -- sugieren un grado muy modesto de coherencia personal. Esto a su vez encaja con una pauta de creencias borrosas, incluyendo una inclinación hacia el pensamiento mágico y sus manifestaciones cotidianas, las razones de lo cual están arraigadas en una mezcla de tradiciones anteriores y de estímulos contemporáneos.
Para algunos observadores, esto puede parecer un paso adelante de la sociedad española en un proceso de modernización y de secularización. Para mí, lo que tenemos ante nosotros tiene más bien el aire de un nuevo avatar en lo que ha sido, y es, una deriva recurrente, familiar, de las sociedades europeas: un fenómeno observado en varios momentos críticos de su historia, bajo formas diversas. Por un lado, un retorno. Por el otro, un demorarse en torno a un desorden parcial pero profundo, de carácter tanto cognitivo y emocional como moral, de diversa intensidad en las varias esferas de la vida, y tanto más interesante (y perturbador) cuanto más se reviste de formas racionales, o incluso se combina con ellas.
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Sociólogo
VÍCTOR PÉREZ-DÍAZ es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Director-fundador de Analistas Socio-Políticos (ASP), Gabinete de Estudios, miembro de la American Academy of Arts and Sciences y doctor en Sociología por la Universidad de Harvard.
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