No es la primera vez que Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) nos ofrece una novela inspirada en un personaje real. Quien es una de las voces imprescindibles de la literatura actual en español, así lo hizo en Historia secreta de Costaguana, con Josep Conrad en su trasfondo -a quien Vásquez había dedicado anteriormente una biografía: Joseph Conrad: el hombre de ninguna parte (2004)-, y más aún en Volver la vista atrás (2021), protagonizada por su compatriota el cineasta colombiano Sergio Cabrera (Medellín, 1950), creador de filmes como La estrategia del caracol o Perder es cuestión de método, basada en la novela de título homónimo de Santiaga Gamboa.
Ahora, vuelve a demostrar con creces su maestría en esta fórmula con Los nombres de Feliza, centrada en la escultora colombiana de ascendencia judío-polaca Feliza Bursztyn (Bogotá, 1933-París, 1982), una mujer singular, apasionada e irónica en su vida y en su arte, que no se plegó a los convencionalismos: “Los choques con el mundo eran cosa de todos los días”, apunta Vásquez. Entre sus relaciones sentimentales, tras divorciarse de su primer marido, el norteamericano Lawrence Fleischer afincado en la capital de Colombia, quien no veía precisamente con buenos ojos su vocación artística. mantuvo una con un hombre casado, el poeta Jorge Gaitán Durán. Esto le supuso el repudio de su familia hasta el punto de que su padre orquestó un funeral simbólico en el salón de su casa del elegante barrio de Teusaquillo, instalando un ataúd y convocando a diez judíos para recitar el kaddish por la hija muerta.
Sus esculturas, elaboradas sobre todo con chatarra y desperdicios, no dejaban de verse con recelo. En una entrevista al preguntarle qué opinaba de lo que se decía de que su trabajo era poco femenino, se pierde un momento y regresa con un collar de perlas, diciéndole al periodista, «con una sonrisa dulce y un sarcasmo de derretir metales: “¿Así estoy más mujer?”».
De una forma u otra, Juan Gabriel Vásquez, trasmutado en narrador de la historia, ha estado inmerso y embarcado en este proyecto de recuperación de Feliza durante más de dos décadas, en las cuales ha ido atesorando material. Casi una obsesión que tiene su germen en el artículo de Gabriel García Márquez, escrito a raíz de la muerte de Feliza Bursztyn, con quien, entre otros amigos, estaba en ese fatal momento en un restaurante parisino. El autor de Cien años de soledad lo escribió en 1982, nada más producirse el fallecimiento, aunque Vásquez lo leyó años después en Notas de prensa, recopilación de las columnas de opinión de Gabo. García Márquez daba la noticia y certificaba un misterioso diagnóstico: “La escultora colombiana Feliza Bursztyn, exiliada en Francia, se murió de tristeza a las 10.15 de la noche del pasado viernes 8 de enero, en un restaurante de París” Vásquez era un joven ventiañero, que no sabía nada de la escultora. Y nos confiesa que no se preguntó en ese instante por qué estaba exiliada en París, por qué Gabo la conocía tan bien, sino que le golpeó por qué murió de tristeza -versión poética que da Gabo al fulminante infarto que sufrió en el restaurante-, y cómo se puede morir de ese sentimiento. Y más resulta sorprendente en alguien que hizo gala de una gran carcajada, a veces incluso en situaciones complicadas. Vásquez recrea su entierro, el real, no el simbólico que le montó su padre como castigo a su rebeldía: “Y la imagino a ella -porque nada me impide hacerlo-soltando una tremenda carcajada”.
El libro se estructura en cinco partes, una de las citas que lo encabeza pertenece al poema “Quiero” de Jorge Gaitán Durán: “Quiero vivir los nombres / Que el incendio del mundo ha dado / Al cuerpo que los mortales se disputan”, y está dedicado a Pablo Leyva, el último marido de Feliza, encargado de velar por su legado artístico, con quien Vásquez se reúne. En una estructura no lineal, sino con saltos en el tiempo, somos privilegiados testigos de la vida de Feliza, de los múltiples episodios que la surcan, y se explora su carácter, sueños, decisiones…, a la vez que desfilan por las páginas de la novela personajes como, entre otros, Santiago García, el dramaturgo y director escénico del mítico Teatro de La Candelaria, con el que colabora como escenógrafa en algunas puestas en escena, y se nos sumerge en una Colombia machista, autodestructiva y crispada.
Uno de los numerosos aciertos de Los nombres de Feliza, es que el impacto que le produjo el comentario de Gabo nos lo trasmite Juan Gabriel Vásquez -que se alzó en 2011 con el Premio Alfaguara con El ruido de las cosas al caer- a lo largo de toda la novela. Homenaje a Feliza Bursztyn, pero no simplista hagiografía, pues busca sobre todo comprender: “No fue sencillo ninguno de los hechos de su vida: ni los errores ni los aciertos fueron sencillos, ni tampoco los amores ni los desamores; no fueron sencillos los fracaso, ni lo fue el malentendido de sus éxitos”.