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RESEÑA

Juan Gabriel Vásquez: El ruido de las cosas al caer

domingo 30 de octubre de 2011, 17:15h
J. G. Vásquez: El ruido de las cosas al caer. Alfaguara. Madrid, 2011. 259 páginas. 18 €
El Premio Alfaguara de Novela de este año lo ha ganado el bogotano Juan Gabriel Vásquez con su último trabajo El ruido de las cosas al caer. Autor del libro de relatos Los amantes de Todos los Santos y de las novelas Los informantes –que le valieron elogios de Vargas Llosa y Banville- e Historia secreta de Costaguana, se posiciona como uno de los autores colombianos, latinoamericanos, más interesantes y con mayor proyección en la actualidad.

“Una ciudad donde nadie pregunta por qué matan ni a quién” o “El cielo nublado de Bogotá, era una sábana sucia que parecía haber cubierto la ciudad desde su fundación…”, son dos sentencias, citas de esta novela, que representan certeramente el escenario narrativo. Un humo que no deja de extenderse desde que se instalaron los cárteles de la droga, desde la aparición del zoológico, de los hipopótamos perdidos en la ciudad con los que Pablo Escobar exhibió su poder y su decadencia.

Antonio Yammara, protagonista y narrador, abogado y profesor de Introducción al Derecho, conoce a Ricardo Laverde en un billar de la capital cafetera. Su relación, basada prácticamente en el silencio y ruido de las carambolas del billar, se va acrecentando ínfimamente -esa es la palabra, ínfima-, apenas en el diálogo de dos parroquianos que se van conociendo. Aquel tiempo coincide con la noticia del embarazo de Aura, la pareja de Yammara, con esa línea de sombra que separa la juventud de la adultez. Todos saben –la gente del billar, del barrio, del café- que Ricardo Laverde acaba de salir de la cárcel y Yammara comprende o intuye que su compañero de juegos esconde varios secretos. Un par de encuentros supera lo que podría llamarse una amistad ocasional. Laverde se hace una foto en la Plaza Bolívar, cerca del Capitolio, vestido de manera especial para el evento y una vez que llega al billar se la muestra a Yammara, diciéndole que es para su esposa, una gringa bautizada por los colombianos como Elena Fritts, llamada realmente Elaine, quien iría a Bogotá por las fiestas de fin de año.

Una tarde en el billar se pasan de copas y terminan rozando las confidencias propias de la condición etílica. Llegan a la puerta de la casa de Laverde y Yammara se niega a entrar. Días después se vuelven a ver. Laverde pregunta con urgencia dónde podía oír una cinta y Yammara lo lleva al único lugar público que conoce para escuchar cinta: La Casa de la Poesía, donde solía escuchar a Borges, García Márquez y a León de Greiff. Esta vez a quien escucha es a José Asunción Silva, el poema “Nocturno” (precisamente uno de los versos de ese poema le da título al primer capítulo de la novela de Vásquez: “Una sola sombra larga”). En medio del vaivén lírico ve a Laverde descomponerse, llorar, desaparecer. Yammara sale a buscarlo y, una vez que lo alcanza, ambos son abatidos por las balas de unos desconocidos. Laverde de muerte y el protagonista gravemente herido.

A partir de esto, la narración se transforma en la búsqueda de la reconstitución del pasado, de una generación, la de los ochenta, que no solo en Colombia, sino en toda Sudamérica, tuvo que transformar el miedo en una forma de vida. Escrita con precisión, con una prosa poética cuyas figuras y metáforas no tienen nada que envidiarle a un gran poeta, y, además, con una inusual agilidad y concordancia rítmica de acuerdo a lo que se está contando, hacen de El ruido de las cosas al caer y de Juan Gabriel Vásquez justos merecedores del Premio Alfaguara de Novela 2011, y de lo que es mucho más importante, de la atención de los lectores y de la crítica.


Por Gabriel Zanetti



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