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TRIBUNA

Escenas que adornan el verano (II)

domingo 06 de julio de 2025, 18:22h

Las tormentas que irrumpen en las tardes. Los intentos de galernas que se ciernen sobre las ciudades. En parte, un respiro y una compensación a la galbana que te devora impunemente por culpa de las temperaturas. En parte también, un recordatorio del temor que no deberíamos ignorar, pues nos dejan el aviso de que cada siguiente puede ser más feroz. Siendo romántico, parecen más coléricas sobre el campo, donde ganan en tonalidades azules, ferruginosas; donde el rayo cae sobre la meseta como un cuchillo sobre una hogaza.

La sobreexposición en los medios informativos del director de cine Óliver Laxe y su última película, Sirat. Trance en el desierto, que, desde su estreno, no ha dejado de polarizar las opiniones de los espectadores. O absorbente y perturbadora o insuficiente y demasiado cruel. Uno se queda a mitad de camino a la hora de otorgar adjetivos tan extremados. Si tiene que ser comparada con su anterior, O que arde, el resultado es notablemente menor. Si tiene que ser pensada de manera autónoma, sí, es una película sobrevalorada desde el minuto uno en que comenzó a ser alabada tan ardorosamente por la prensa. Ni la historia ni el poderío visual supuesto garantizan expectativas. Su argumento es mínimo y se contrapone con la pretendida trascendencia que quiere hacerte llegar. Sí que puede señalarse la gratuidad de tres momentos clave, pero el resto del largometraje está igualado por su irregularidad, cuando no por la planicie de su intencionalidad emocional.

Regresando al fragor del primer párrafo, la violencia apasionada y contagiosa en los dos primeros títulos de la trilogía de Mohamed Chukri, El pan a secas y Tiempo de errores, y en este último, al inicio de uno de sus capítulos finales, estas líneas acerca de la estación: ‘Donde esté el verano, yo no debo estar. Me asfixia y mis alegrías se desvanecen. En ese estado de sopor, las ideas se escapan y se evaporan como el rocío que llena la brisa de la noche. Ni siquiera de joven gocé de sus placeres y alegrías. Por fortuna, tengo la arena húmeda del mar, no la del desierto, seca, cortante y cegadora. Sólo me aferro a los sueños cuando me vence mi ambición. Y sólo me acuerdo de mis desgracias cuando me pongo a escribir’.

El concierto de The Corrs y la satisfacción que te desbarata, cantando y desafinando entre tanta gente con la misma sensación de plenitud. Otras canciones repetidas estos días: Nada personal, de Soda Stereo. Domingo especialmente triste, de Biznaga. Si No Me Muevo, de La Paloma.

Las chicharras subidas a los olmos de la terraza del Pandora, de nuevo, charlando con unos recién conocidos de las impresiones que deja o puede dejar Sirat, y un amigo diciéndome que, con que haya unos cuantos árboles cerca, lo tengo todo hecho.

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