Ya llevan tiempo visitándonos, cada viaje es una nueva aventura, suman a sus parientes cercanos y conocidos, desmienten tópicos acendrados y descubren cosas que les fascinan de México. Son los influencers españoles –buscaran serlo o no, pero terminan siéndolo– quienes recorren México y difunden sus bellezas y oportunidades.
Algún detractor dice que inscritos a canales de difusión, así financian sus estancias. No lo veo mal. No es ilegal su actuar. Si pagan sus impuestos, enhorabuena y proseguir cómo van. Sí, alguno ha confesado de últimas que no tenía trabajo en España y se lanzó a esta actividad y tan le ha resultado, que ha efectuado unos cuantos viajes por México o prolongado notablemente su permanencia allí. ¿Hizo las Américas? juzgue usted.
Su tarea es acertada y ha continuado por una muy sencilla y elocuente razón: el centro del tema es lo importante y consiste en que muestran México y se acercan a él respetando lo que miran y conocen, interesándose en ello, involucrándose y apreciando lo que encuentran. Se convierten en difusores propositivos de lo mexicano y eso nunca es reprochable. Y pongo el acento en algo muy destacado: conducirse con respeto es un valor que lo apreciamos mucho en México y es correcto comportarse de esa manera y su interés por la cultura mexicana es genuino, similar al de tantos extranjeros que están haciendo exactamente lo mismo: viajar por México y difundirlo. De verdad, que no pongo reparo en ello. Y repiten, regresan y se adentran porque se ganan a la gente y este país sabe abrir los brazos a quien lo aprecia. Así como emite su más absoluto desdén e indiferencia resultante a quien lo agreda. Ojo, no a quien no lo quiera, porque estoy convencido de que nadie tiene qué quererlo. Son cosas distintas. Valga como ejemplo: cuando alguna artista española cometió alguna torpeza en su trato con los mexicanos –Gloria Lasso, Mónica Naranjo– se acabaron sus carreras en México y no volvieron a levantar ni con viagra. Una lástima por tratarse de voces tan potentes. Perderse semejante mercado, qué torpeza.
Solo cabe apuntar y pongo en valor, que si la cosa fuera solo fingir y no ser respetuosos fuera de cámara, se sabría ipso facto porque ya se sabe, la información en la era de la Internet, vuela y sería el fin del periplo. Así que tales fantasmones no caben como contraargumento.
No obstante llamarme la atención que se repita el tópico de que alguien en España afirme que México no vale la pena por ser un desierto –no me explico de dónde provenga semejante disparate– estos influencers –influentes, en perfecto español, nos sugiere escribirlo la Fundéu– muestran otra cosa. Y sin obviar nuestros desiertos, desde luego, que a veces incluyen en sus rutas. Empero, se aproximan a muchas otras realidades. No pasa inadvertido que pueden obviar temas polémicos en la relación México-España –calificada acertadamente por el historiador mexicano Lorenzo Mayer como una relación tantas veces difícil, pero nunca indiferente y yo añadiría que en ello va su valía– y tampoco es indiferente que estos influencers pasan de largo de múltiples expresiones culturales, así como se adentran en otras, más populares, digamos. Priman el ocio. Está bien, es otra variable.
Y se dan un subidón al constatar que su presencia siempre es grata, la gente los reconoce, los mima, cuida y abraza, los reciben y los guían. Todos coinciden en algo: se sienten como en casa, pero es porque amén de la cercanía, la afinidad cultural y tal, son de mente abierta y parten de ser conscientes de estar en otro país. No juzgan, conocen. Se abren a lo nuevo y hasta son valientes con el picante al probar la auténtica comida mexicana que, desde luego, no es burritos o Tex-Mex. Yo siempre digo que al viajar ha de probarse un dulce, un pan y una bebida típica en cada sitio. Al no quedarse en la Ciudad de México, se dan la oportunidad de ver que esto es más que ella o la Riviera Maya, que son poco, ¿sí?
A mí me agradan sus estancias, son aleccionadoras, porque siempre me alecciona la mirada extranjera, cuyo mérito es apreciar de manera espontánea lo que nos resulta cotidiano. La mirada de fuera, aporta, es valiosa. Su presencia es bienvenida, lo saben de sobra. Nos entusiasma que se compenetran en nuestra cultura sin remilgos ni titubeos. Descubren esa España allende los mares de la que han oído hablar o conjeturaban. Son el rostro de una España moderna y renovada que se mira en este espejo de ultramar sin atavismos. Enhorabuena.