Un equipo internacional de científicos, con participación española, ha identificado en el cráter Jezero de Marte unas estructuras químicas que podrían constituir indicios de vida microbiana de hace 3.800 millones de años. El hallazgo, fruto del análisis de muestras recogidas por el rover Perseverance de la NASA, ha sido publicado este miércoles en la revista Nature y será presentado en detalle en una rueda de prensa de la agencia espacial estadounidense.
Las rocas proceden de una zona conocida como Bright Angel, en el canal Neretva Vallis, donde en el pasado fluía un río que desembocaba en un lago dentro del actual cráter Jezero. Allí, el robot identificó finos sedimentos arcillosos con hierro oxidado, fósforo, azufre y, lo más relevante, carbono orgánico. Esta combinación de elementos constituye, según los autores, una “pila energética” capaz de alimentar procesos microbianos.
Entre los hallazgos más llamativos destacan diminutos nódulos y estructuras irregulares, apodados “semillas de amapola” y “manchas de leopardo”, enriquecidos en fosfato ferroso y sulfuro de hierro. Estos minerales suelen formarse en ambientes acuosos de baja temperatura y, en la Tierra, aparecen ligados a la actividad de microorganismos que respiran óxidos de hierro o sulfatos.
“Cuando empezamos a estudiar estas rocas nos sorprendió lo diferentes que eran de lo visto antes. Presentan señales de ciclos químicos que en nuestro planeta aprovechan los microbios para obtener energía”, explica Michael Tice, geobiólogo de la Universidad Texas A&M y coautor del estudio.
Los instrumentos SHERLOC y PIXL del Perseverance detectaron además una señal espectroscópica asociada a materia orgánica en un área llamada Apollo Temple. La coincidencia espacial de carbono orgánico con minerales sensibles a procesos de oxidación-reducción refuerza la hipótesis de un posible origen biológico. Sin embargo, los científicos subrayan la cautela: “Orgánico no significa necesariamente biológico. Puede formarse también en procesos geológicos o por la llegada de meteoritos”, aclara Tice.
El equipo considera dos escenarios: uno abiótico, en el que las reacciones se habrían dado sin necesidad de vida, y otro en el que bacterias primitivas habrían intervenido. No obstante, algunos rasgos observados, sobre todo los vinculados al azufre, solo se conocen en la Tierra en contextos biológicos de baja temperatura, lo que inclina la balanza hacia la hipótesis microbiana.
Las muestras recogidas, entre ellas un testigo bautizado “Sapphire Canyon”, se encuentran selladas en tubos dentro del rover. Su análisis en laboratorios terrestres, con instrumentos mucho más precisos, será decisivo para confirmar si estas estructuras son huellas químicas de vida. La misión de retorno de muestras está aún en fase de definición, con opciones que van desde un aterrizador de la NASA y la ESA hasta una futura misión tripulada de SpaceX.
“Si conseguimos traerlas, podremos estudiar la composición isotópica del carbono, la mineralogía a microescala e incluso buscar microfósiles. Solo entonces sabremos si estos nódulos son resultado de la geología o de antiguos microbios marcianos”, resume José Antonio Manrique, investigador de la Universidad de Valladolid y miembro del equipo de la misión.
Hace 3.800 millones de años, Marte y la Tierra compartían condiciones semejantes y ambos tenían agua líquida en superficie. En nuestro planeta la vida prosperó; en el planeta rojo, el progresivo adelgazamiento de su atmósfera lo convirtió en un desierto. Los restos hallados por Perseverance ofrecen ahora la oportunidad de responder a una de las grandes preguntas de la ciencia: ¿estuvo alguna vez vivo Marte?