Yo creo que, a estas alturas de su paso por la Tierra, el ser humano no ha merecido que este calificativo sea positivo. Ni siquiera ha conseguido que el número o la crueldad de sus enfrentamientos haya disminuido.
Por su triste actualidad releo mi artículo Las mil y una guerras, que escribí en Enero de 2009, en el que hacía mención a las infinitas guerras, por el dominio de la misma tierra, entre judíos y palestinos. Israelitas y Filisteos si os lo deja más claro.
Estamos en una de ellas y saber de qué parte está la razón y si cada acto de guerra se puede interpretar como acción o reacción, causa o efecto, agresión o respuesta es, después de miles de años de enfrentamiento, trabajo inútil.
Si nos ceñimos, exclusivamente, a los años transcurridos desde la segunda guerra mundial, contemplamos como, al final de esta, la ONU concedió el derecho y el permiso, al pueblo judío, a ocupar parte de la tierra ocupada por los palestinos, Derecho que ha sido reconocido, siempre, por Occidente. Y como, de ahí, nace el propósito del pueblo palestino, de recuperar, a toda costa, las que considera sus tierras.
¿Es legítima esta pretensión? ¿Es suficiente la decisión de la ONU, de reconocer los derechos del pueblo judío, para sancionar esta situación? ¿Puede ignorar las pretensiones del pueblo palestino?. La cuestión es, históricamente, tan intrincada, que yo no me atrevo a opinar.
Si me atrevo a hacerlo sobre el comportamiento de ambos contendientes, aceptando, como lo hace el mundo occidental, con todas las salvedades expuestas, que se trata de dos países vecinos que debieran dirimir sus diferencias, como a veces han intentado, mediante el diálogo.
En sus continuos enfrentamientos, la opinión pública se ha decantado, masivamente, a favor de los palestinos, quizá por la romántica tendencia a simpatizar con el que es o parece más débil.
Pasa, siempre, por alto que, en ellos, la primera agresión es, siempre, del aparato militar, terrorista lo llama el contrario, palestino y carga las tintas, como en anteriores enfrentamientos, sobre la “desproporción” de la respuesta israelí. Pero no he oído, a nadie, explicar, en qué consistiría una respuesta proporcionada, al hecho, confesado, de que cada uno pretende exterminar al otro.
En el anterior enfrentamiento, Hamás empezó lanzando misiles, indiscriminadamente, sobre la población civil judía, sin el menor propósito de cesar la agresión. Y en el de ahora la provocación consistió en entrar en territorio judío, matar a más de mil ciudadanos y tomar prisioneros a más de doscientos.
Parece provocar una respuesta de Israel que, por lo brutal, decante a la opinión pública a su favor. Y hasta utiliza a su población y a los prisioneros como “escudo humano” y a sus edificios civiles como almacén de armas. Y exige a Israel que sea más selectivo y cuidadoso con la población civil, que el propio Hamas, que la pone en riesgo, deliberadamente, como táctica disuasoria y de atracción de la opinión pública.
Yo soy de los que creen que las guerras entre palestinos y judíos no son entre buenos y malos, sino entre malos y peores, Me queda por dilucidar quienes son unos y otros.
Los formadores o deformadores de opinión se despachan a fondo, manipulándola, tergiversando, ocultándola o mintiendo descaradamente y arrastran a la opinión pública, que se posiciona con verdadera pasión.
Cuando hablo de mi primer libro, Miento, luego existo y me piden que les cuente alguna mentira, siempre les cuento la anécdota del enfrentamiento de David y Goliat, como ejemplo de mentira célebre, flagrante y que persiste por los siglos.
El Filisteo-palestino Goliat era el terror de los judío-Israelitas, de cuyas filas solo sale David, dispuesto a hacerle frente. Pero cuando, el gigantesco Goliat, se dispone a descuartizar a David, con su enorme espadón, este, hábil hondero, le lanza una piedra, entre ceja y ceja, que da con el gigantón en el suelo.
Pues amigos, todavía se dice que David era el débil.