La agenda informativa viene jaloneada esta semana. Me decanto por dos temas, únicamente. Pasen y lean.
Se cumplen 80 años de la signatura de la trascendental Carta de San Francisco (24 de octubre de 1945) que, declarado como el Día de las Naciones Unidas, marcan el inicio de operaciones de la autodenominada Organización de las Naciones Unidas. Las denostadas y puestas en duda y hacerlo merece detenernos un momento, porque reflexionarlas es imperativo y es ineludible hacerlo con gran comedimiento y con mucho más miramientos que solo dejarnos arrastrar por los artificios "argumentativos" de gente apocada o miserable.
¿Alguien se beneficia de menospreciarlas? Bueno, quienes como siempre, dudan de un orden mundial al que consideran agotado –si no es que desde el primer día, al cesar las hostilidades de la IIGM – para obtener más beneficios en su insaciable búsqueda de tales a costa del mundo entero. Lo normal, lo que ha sido la Historia misma.
No es cosa menor las Naciones Unidas, cuya agenda fue trazada como necesariamente amplia, diversa, incluyente hasta donde fue posible y le dejaron margen las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial. Así, ha procurado mantener el equilibrio de la Posguerra y procurar tal el mantener a raya el fantasmón de una tercera Guerra Mundial.
Tiene sus cosas y sus puntos a favor. Un Consejo de Seguridad sin precedentes para un diálogo permanente no exento de rispidez y vetos, pero con reglas puntuales y colocadas sobre la mesa. Tratándose de las potencias, no es cosa menor. En efecto, no ha frenado los conflictos, las hambrunas, las pandemias per se, aunque no las provoca. Y sí, no fomenta guerras ni marrullerías impulsadas por fuera o de tapadillo; empero, tal Consejo ha conseguido reglas claras de actuación, las más de las veces, tratándose de las potencias vencedoras de la 2ª Guerra Mundial.
El orden creado de la Posguerra siendo garante la ONU, con su cauda de agendas diversas –no limitativas y utópicas por la paz, como fue la de su predecesora denominada Sociedad de las Naciones– acarrea un amplio memorándum que abarca lo mismo sondeos de proliferación de armas nucleares, la descolonización, la medición económica, climática o la sanitaria, compromisos con el desarrollo y la educación o reconocer que el planeta solo admita alianzas militares abiertas y sabidas, no secretas, buscando que no se rompa el equilibrio nuclear y que prime una diplomacia práctica que tiene foros de expresión múltiples como lo es la diversificada temática de Naciones Unidas, puesto que no todo es Gaza o Ucrania, seamos sensatos y lo menciono para que no nos descentremos.
Naciones Unidas cumple 80 años, México es uno de sus países fundadores siguiendo el simple criterio de los países firmantes de aquella carta. México impulsó que el idioma español desde 1948 sea lengua oficial del organismo, ante la ausencia de España –admitida no sin remilgos, solo hasta 1955 por un enroque de la diplomacia de Posguerra– y es un beneficio real para el mundo hispánico.
La Posguerra Mundial es su herencia y permanecemos en esa etapa que no debe ser un simple impás y pese a las tantas guerras de menos magnitud verificadas en estas 8 décadas, pero guerras al final de cuentas. Contar y no acabar, desafortunadamente. Hoy se cuestiona abiertamente si ante las fatuas y soberbias actitudes de los yanquis, ya es hora de remover a Naciones Unidas de Nueva York. No puede estar condicionando el acudir a ellas menguando visas y, por ende, violando los compromisos de libre tránsito que significaron que Nueva York fuera su sede. Para caprichos idiotas no está el mundo, como sí quisieran ser alcahueteados los yanquis cada vez que sus ocurrencias afloran y no falta el bobo que los secunde y aplauda sus mentecateces, cual fócido.
La ONU, tal y como sucede con la democracia y parafraseando a Churchill, no es un sistema perfecto, pero convendremos en que no hemos inventado uno mejor. Antes de soslayarlas y atacarlas como el majadero de Trump o ese criminal de guerra que es Netanyahu, reflexionemos y ponderemos sus alcances y aportes. La escabrosa historia diplomática de la Humanidad no ha creado foro más sensible y a la vista de todos, como ellas. O nos inventamos otro modelo o perfeccionamos este. Quizá será preferible lo segundo.
La ONU no son las gracejadas descerebradas de Trump y Netanyahu. Es ante todo y por sobre ese par va la UNIFEM y la OMS, la UNESCO o la UNICEF, la ACNUR y la Corte Internacional de Justicia; y es la OIT, la OMT y la OMC; sume la FAO y la UIT o sus Cascos Azules y tantas más instituciones que monitorean y pulsan el sentir del siempre complejo género humano, tratando de dar respuestas a impulsos colectivos. Quienes no padecimos la Segunda Guerra Mundial, pero hemos crecido oyendo de la importancia de semejante palestra de la Humanidad, solo podemos anotar que apostamos a su continuidad y apelamos a la paz mundial.
El otro asunto que atrapa mi atención es el robo al Museo de Louvre. Cabe de todo. Que si es un simple tema de seguridad museística, que si es un cuatro puesto a Macron en algo que terminó siendo muy sensible –qué sí, los franceses son considerados los republicanos más monárquicos– o que si aquellas maravillas será imposible colocarlas, siquiera, en el mercado negro y, como peor destino, serán desmontadas por sus componentes engarzados y rematadas. Un crimen de lesa cultura, si me permite usted la licencia de así llamar a esta fechoría. Una felonía. 7 minutos, 4 gandules y en horario abierto nos dejan epatados y patitiesos.
Lo del Louvre abre un debate que más nos vale que sea serio y profundo, acerca de la seguridad en estos recintos que albergan la memoria del mundo. Al traumático saqueo del Museo de Bagdad, añadimos que atestiguamos el incendio del Palacio Imperial de Río de Janeiro, las agresiones a pinturas a manos de activistas desquiciados e irresponsables, que revuelven churras con merinas y no hacen algo más inteligente que dañar obras de arte que, indefensas, sí, no pueden responderles cual se merecerían y ahora esto.
Si los estados se han ahorrado recursos para la cultura y entre ellos se encontrase el rubro sensible, toral de la seguridad museal en todas su formas –de vigilancia a sistemas antiincendios y demás– sí estaremos en presencia de un descuido mayúsculo y a ver si el resto de museos, aprendiera.
Desde luego, que tamaño hurto es un mazazo al orgullo francés y una cuantiosa perdida, de momento, para su patrimonio y para la memoria del mundo. Por lo que nos atañe, tesoros entre otros, que fueron plasmados en sendos cuadros ilustrando ya fuera a la emperatriz Eugenia de Montijo o a la reina María Amelia, última reina francesa y abuela de la emperatriz de México, Carlota; o aquel de la tía de su marido, el emperador Maximiliano de México, quien fuera la segunda esposa de Napoleón I, la austríaca María Luisa. Qué pena. Las pérdidas en los acervos de los museos siempre son una pésima noticia. Sirva lo sucedido como una advertencia a todos de la necesaria e impostergable revisión de sus sistemas de seguridad y que procedan en consecuencia.
Ahora que el premio Princesa de Asturias se entrega al Museo Nacional de Antropología de México –con su propio debate en torno a costo de entradas y cuerpos de seguridad– deseamos que sea la ocasión propicia para poner el tema sobre la mesa y se responda a una pregunta sencilla, ineludible y, acaso, incómoda: ¿estamos haciendo lo correcto, lo suficiente para proteger el patrimonio resguardado en su perímetro?