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JOSÉ MANUEL CIRIA
EL MENSAJE INACABABLE DE LOS COLORES DEL ALMA

sábado 01 de noviembre de 2025, 17:58h
Es hielo abrasador, es fuego helado. Es el alma entre láminas de luz carbonizadas. Es el...

Este artículo de Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, apareció en El Cultural, revista de referencia de la vida intelectual española, fue reproducido íntegramente por Google y comentado en las redes sociales. Lo publicamos a continuación.

Es hielo abrasador, es fuego helado. Es el alma entre láminas de luz carbonizadas. Es el espectro luminoso del rojo, las uñas de la noche que se clavan en Nosferatu con tembladera virginal. Es un sollozo en la nevada. Es la espada escarlata que rasga el aire trémulo, la luz desvencijada. Es el laberinto de la soledad de Octavio Paz, el mar que arde de Pere Gimferrer. Es la alacena bermeja donde se esconden todas las vanidades. Es el dibujo despiadado, el pensamiento profundo del negro sobre el blanco. Es el poeta que desgarra los labios de la noche, la voz que se entristece ante los pájaros rubros, la agonía entre los dedos azules del amor, el guadamecí de nubes peregrinas. Es la luz que se derrumba desgastada sobre los arrecifes de la espuma. Es el verso trémulo del carro de Tespis y las clámides de seda. Es el grito de las espadas muertas y la oscuridad restallada. Es la quemazón que se hizo brasa, el esplendor del incendio.

Todo esto es la pintura de José Manuel Ciria. Quien la ha visto, lo sabe. Pasé unas horas en el estudio del pintor, rodeado por los lienzos de la abstracción, piel amada en las cavernas profundas del sentido. Entre los nombres grandes de la pintura abstracta española —Barceló al fondo— destaca este Ciria que anonada. Tras el fuego de los colores carmesíes, junto a la calma de los azules entristecidos, cabe los amarillos inquietos y los agresivos blancos se descubren los pinceles del alma porque ahí está la vida entera del hombre artista que sólo sabe vivir entre los lienzos y la imaginación creadora.

Son muchos los pintores españoles sumergidos con mayor o menor intensidad en la abstracción. Recuerdo que viajé a Ginebra para contemplar ese ónfalo triunfal que es el techo de la Sala de los Derechos Humanos en el palacio de las Naciones. Allí jadea la palabra deshabitada, el estupor de la mirada, la oquedad de la espátula, el lecho candente de la noche, la savia amarga de la yedra. Solo le falta a ese techo asombroso que llegue un día Tunga, el discípulo de Oiticica, y que arroje cabezas de mujer al agua para plantar sirenas. Lo tengo todavía en la retina. ¡Qué maravilla! Pero no olvido a Millares ni a Tàpies. Tampoco a Mercedes Gómez-Pablos, qué gran pintora. Ni a Soledad Sevilla. Escribí en 1958 sobre El Paso, Canogar, Feito y Ribera están presentes en mi catálogo de pintores imprescindibles. Y sería injusto no recordar a Palazuelo, a Uslé, a Sempere y a tantos otros… con mención especial para Fernando Zóbel. Tiene en casa de Antonio Garrigues un lienzo en el que expresó de forma certera el pensamiento profundo de la libertad, negro sobre blanco.

Brilla en cada cuadro de Ciria la sedería de los ojos alerta, la expresión turbadora de la palabra ofidia, los áspides del día en el paisaje mortal de los recuerdos. Tras el tsunami de su pintura inacabable, Ciria escucha las lágrimas de la mujer amada que es su principio y su fin, murmullo de nieve penetrada, la piel en llamas como espigas pálidas en el avispero de la vida cotidiana.

Como el poeta Antonio Colinas, el pintor Ciria podría preguntarse: “Me habré equivocado buscando el silencio? ¿No será el pincel sobre el lienzo el grito que nos salva de la muerte?”. Rabindranath Tagore escribió: “Cuando mi voz calla con la muerte, mi corazón se para hablando”. Dentro de dos siglos el pincel de José Manuel Ciria seguirá hablando al espectador atónito. En el astillado espejo de la noche, el pintor ha dejado para siempre el mensaje del fuego, el de su alma sedienta de colores.