Mark Lilla es un historiador de las ideas, buen conocedor del pensamiento de la derecha: por eso presté atención a su artículo del ultimo número de la NYRB, que examina dos libros recientes de John Ganz y Laura K.Field sobre, diríamos, el suelo ideológico del trumpismo : el libro de Ganz en realidad se ocupa de los precedentes, o sea, los orígenes de la derecha paleoconservadora y el de Field lo hace sobre la nueva intelectualidad MAGA. Los enfoques tradicionales, se trate del conservadurismo o el liberalismo, no sirven para entender una hibridación ideológica de impulsos libertarios, religiosos, tecnofuturistas y reaccionarios: en suma una tormenta política y cultural con capacidad para arrasar con las instituciones democráticas consolidadas.
Si se piensa que es conveniente partir de una sólida base para entender el trumpismo ideológico quizás conviene hacer tres observaciones. Primero, que el trumpismo ante la crisis social o espiritual de América no se propone corregir los defectos del sistema sino que los subraya: es muy difícil saber por qué no renueva el igualitarismo sino que intensifica el antiigualitarismo, abraza la corrupción y la criminalidad antes que rechazarla; y convierte el descontento con la distribución de la riqueza en la identificación popular con ciertos tipos de capitalismo y capitalistas. Siguiendo a Arendt la cuestión, en segundo lugar, no sería explicar las causas de la ideología trumpista, sino mostrar sus elementos o sus rostros, advirtiendo que el objetivo de la historia, en este caso de las ideas, no es predecir, luego de haber encontrado las causas, sino explicar lo que sucede. Por último, el estudio del trumpismo no necesita concluir afirmando la naturaleza fascista o no del mismo. El término reabre viejas discusiones sobre sí fascismo y comunismo son extremos de derecha o izquierda o tormentas coetáneas contra el orden liberal. Sin duda alguna, como señala Lilla, independientemente del nombre, la energía cultural y política acumulada puede desencadenar una nueva tempestad que arrase logros democráticos de siglos.
El repaso del libro de Ganz When the clock broke permite a Lilla resaltar la importancia de algunos nombres que darán un giro al conservadurismo americano en los años noventa del siglo pasado. Así David Luke, antiguo miembro del KKK, que manifestaba la rabia de la clase obrera blanca contra los dos principales partidos en un contexto económico de aumento de la deuda y financialización de la economía. Christopher Lash estaba en la misma onda. Sam Francis era un periodista sureño expulsado por supremacismo de The Washington Times que se apropió de las tesis de James Burhham, antiguo troskista ,y que influyó mucho con su managerial revolution inspirando la idea de George Orwell sobre el totalitarismo. Hablemos de cualquier sistema político moderno (New Deal, Comunismo soviético o Nazismo), la realidad era que el desarrollo de las elites gerenciales era inevitable, dada la economía industrial moderna y las complejas burocracias estatales, aunque su poder necesitaba ser limitado. Se uniría a la National Review al fundarse en 1955. Pero la importancia de Francis es que ideó una elite revolucionaria: la nueva derecha no es conservadora sino radical o revolucionaria, que no lucha para conservar sino para derrocar, liderada por un Cesar populista atravesando el establishment oligárquico y parasitario. Francis murió en 2005 una década antes de que pudiera haber visto lo profético que había sido.
Las campañas de los años noventa de la derecha (Buchanan) adoptaron un tono apocalíptico y antidemocrático(“repeal the twentieth century” y la democracia como “becerro de oro”). Se cierra así un tramo histórico: con Clinton acaba el ciclo Reagan: la izquierda baja la guardia, mientras se incuban pasiones populistas activadas por la televisión del cable y las redes.
Las Furius Minds: The making of the MAGA New Right, de Field ofrece buena información sobre los diversos componentes de MAGA, así los católicos posliberales o los cristianos nacionalistas, pero especialmente sobre los Conservadores nacionales que rechazan el internacionalismo y admiran a Victor Orban de Hungría y el Likud Party de Israel. Los capítulos más interesantes del libro están dedicados al Instituto Claremont de California “la fuerza más radical y disciplinada de MAGA”. Se trata de seguidores de Harry Haffa un secuaz de Strauss que había declarado que no es vicio el extremismo en defensa de la libertad y que no hay virtud en la moderación para encontrar la justicia. Según su pensamiento, América es una nación de credo con una misión promulgada en la declaración de independencia, pero no una República constitucional pragmática como las que suelen hallarse en diferentes momentos en la historia de Occidente. El periódico del que era contribuidor es la National Review. Y su órgano de expresión se llama, sin ironías, Journal of American Greatness. Los strausianos cada vez aparecen más apocalípticos. Entendiendo por apocalipsismo, dice Lilla, la capacidad de reconfigurar los cerebros incluso de los individuos más reflexivos y distorsionar su visión hasta tal punto que incluso un plutócrata intimidante con un bronceado falso profundo puede aparecer como el mesías, o sea, claro, Donald Trump .
Sin duda la combinación de discurso apocalíptico, formación ideológica y articulación con fuerzas del orden locales indica preparación para escenarios de ruptura y desafío a la legalidad constitucional. “Storm Warnings” , el artículo de Mark Lilla en el último número de The New York Review of Books que vamos analizando, propone una interpretación incisiva sobre el trumpismo, sugiriendo que su naturaleza va más allá de ser una simple prolongación del conservadurismo tradicional. Más bien, se trata de un fenómeno complejo que amalgama diversas corrientes intelectuales y tensiones sociales. Este ensamblaje, como se ha visto aquí, no es un proceso homogéneo, sino que incluye influencias que van desde los paleoconservadores de los noventa hasta ciertos straussianos de Claremont, evolucionando hacia una dinámica contrarrevolucionaria. El caso es que, como se ha podido escribir, con estética apocalíptica, culto al líder excepcional y preparación ideológica para el conflicto, esta nueva derecha redefine el tablero político estadounidense.
Podría añadir finalmente a lo dicho dos observaciones. En primer lugar, que la información sobre el libro de la profesora Field, no ha podido basarse en la consulta directa del libro, pues el volumen aparecerá en este mes de noviembre: he debido servirme exclusivamente de la información de Mark Lilla sobre el mismo.
Pero es más interesante la segunda observación. El libro de Ganz y la reseña de Lilla abonan una idea, a mi juicio, demasiado pesimista de la situación actual americana y el peligro que representa el trumpismo. Me gustaría señalar que no es la primera vez en la historia americana en que aparecen nubarrones preocupantes o prácticas políticas aberrantes. La verdad es que la historia política americana no solo puede leerse en clave esperanza como, después de todo, hizo Arendt. Otros, como reconoce Ganz, piensan que la democracia en América nunca existió en plenitud: pensemos en la discriminación racial, el macartismo o la política imperialista (por ejemplo en Sudamérica), que practicó; y su respaldo frecuente a sistemas antidemocráticos en todo el mundo por razones geoestratégicas.