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Los insultos no pueden ser gratuitos

jueves 11 de diciembre de 2008, 22:14h
La escasez de argumentos es el origen del insulto. Cuando se resecan las ideas se acude simplemente al ataque vil. Cuando falta inteligencia o capacidad de repentización o de ironía aparecen las vísceras, lo que de verdad se encuentra dentro.

Es tristísimo, pero, sobre todo, descorazonador. Al reavivar trincheras, al mentar ancestros largo tiempo fenecidos, al escupir sobre el adversario, se hace muy poca pedagogía democrática, muy poca educación para la ciudadanía. Al político (pues de políticos hablamos) insultador le aplauden con las orejas los suyos, ensimismados con el aplastamiento de los de la acera de enfrente. Una sonrisa satisfecha le asoma a los labios cuarteados.

Pero el político insultador no tiene sitio en la política. Los valores de libertad y pluralismo que nos hemos dado son incompatibles con el exabrupto barriobajero. No cabe abrazarse a la bandera de la democracia y, al mismo tiempo, ensuciarla a base de ofensas gratuitas. Decía un viejísimo aforismo medieval que “el que no tenga inteligencia que tenga instinto”. Y el instinto es sentimiento que muchas veces precede a la razón. Pero cuando falta inteligencia, instinto y razón, lo mejor es el retiro.

El Alcalde de Getafe y el Presidente de la Federación Española de Municipios y Provincias, Pedro Castro, sacó la casquería a relucir en un acto público convocado en un barrio de su municipio. Cuando se oye la grabación se percibe que la frase sale del alma encerrada; se repite en alto algo que ya se ha dicho y redicho en otros foros privados: “¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que vota a la derecha?”. Sí, lo que leen. Los listos, preparados, capaces, inteligentes votan a la izquierda y los imbéciles, retrasados, lelos o bobos lo hacen a la derecha. Todo un tratado de Sociología Política; una lección democrática inolvidable; un pensamiento que encabezará los frontispicios de los edificios públicos. ¡Qué madurez, qué sosiego, qué equilibrio y ponderación, qué respeto y tolerancia!.

El político insultador cree que basta con pedir disculpas, lo que ha hecho reiteradamente quizás asustado de sí mismo y del peligro para sus sillas. No tengo nada contra el Sr. Castro, quien seguro que es un buen Alcalde, pero no es suficiente. No puede ser gratuita tamaña afirmación (“¿Por qué hay tanto tonto de los cojones que vota a la derecha?”). ¡Es muy fuerte!. Es lanzar a los infiernos no a los que votan otra cosa sino a los que no piensan como él; es desacreditados, ningunearlos, paso previo para marginarlos o mandarlos a la arena a luchar con leones y gladiadores bien alimentados. El gravísimo insulto no puede cerrarse con un “perdonen ustedes, se me fue la lengua”. La pasión por el totalitarismo que le injuria inferida expresa (los buenos frente a los tontos de los cojones) no es de recibo en una sociedad democrática, por más que, como escribiera Diógenes, “la injuria deshonra a quien la infiere, no a quien la recibe”. Los errores deben perdonarse pero las injurias no pueden olvidarse. Ninguna ley sagrada, aseguró Goethe, nos obliga a soportar la injuria.

P.D.: De todas maneras, la negación del adversario se está imponiendo en el léxico de la política española. Mi buen amigo Juan Fernando López Aguilar, ahora candidato al Parlamento Europeo, acaba de calificar a la derecha conservadora “con miedo a los cambios, demagoga, xenófoba, reaccionaria y proteccionista”. Otra vez la descalificación de los que no piensan como el interlocutor, lo que constituye –y no es propio de él- un insulto a la inteligencia.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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