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TRIBUNA

Papeles del Zorropiteco: yo ramoneo, tú ramoneas, Ramón ramonea...

jueves 13 de noviembre de 2025, 17:24h
Una visita insólita al despacho de Ramón Gómez de la Serna en el Museo Municipal ‒hoy Museo de Historia de Madrid‒, años antes de su reforma. El despacho se encuentra actualmente en el Museo Municipal de Arte Contemporáneo.

Hice como que había dormido una siesta, me incorporé y recompuse el atuendo: chaqueta, chaleco, corbata, camisa, pantalones, zapatos a juego pardo y calcetines azul fosforito (hay tonos que no se olvidan); la etiqueta adecuada para hacer la visita que ya había demorado demasiado tiempo: la de la reconstrucción del despacho de Ramón Gómez de la Serna, maestro de humoristas y vanguardistas donde los haya, en el Museo Municipal de Madrid.

Había tenido mala suerte la semana anterior. Me había acercado en una ociosa mañana de jueves a honrar esos restos, pero en el antiguo hospicio de San Fernando, donde no había ningún otro curioso (el día gratuito había sido el miércoles), todas las salas estaban abiertas, excepto la del siglo XX. Me dieron explicaciones enrevesadas y poco satisfactorias; en fin, que no quedó más remedio que tragar la purga de la resignación y recorrer el resto de las estancias. Me detuve ante la monumental maqueta del Madrid decimonónico de León Gil; los mosaicos de la villa romana de Carabanchel (Carabanchel, más vetusto que Madrid...); el despacho de Mesonero Romanos, sólo separado del espectador por un cordel de fieltro; las estatuitas de majos y majas, los restos fósiles... A la salida, me recomendaron que de volver, regresara un miércoles (por supuesto), y que sobre todo avisara antes, para saber si el despacho de Gómez de la Serna estaba otra vez preparado para el público.

Así hice: ayer llamé por la mañana, y un caballero afable me explicó, con tono paciente, que esa sala no estaba siempre abierta (¿?), pero que si me acercaba por la tarde, dejaría mensaje de que me acompañaran a verla. Con la sensación de concertar una visita privada a las joyas de la Corona de Inglaterra, asentí. Cuando arribé al plácido caserón, se produjo un pequeño revuelo, pero a los pocos minutos ya se había presentado un bedel cano y diligente. La recepcionista se excusó por haber retenido mi entrada sin darse cuenta y haberla arrugado, aunque más me desconcertó el que en lugar de dirigirnos al interior del museo, saliéramos de nuevo al pórtico.

Mi acomodador abrió una gran puerta de madera, a medio camino entre el museo y las oficinas, y entramos en una estrecha galería en donde animaban la grisura dos blanquísimos sepulcros del siglo XVI, los de don Francisco Ramírez y doña Beatriz Galindo, la Latina, que hizo lo suyo por el suelo conventual de Madrid, aparte de lo propio por la Reina Católica. Flanqueada por tan honrosa compañía, nos esperaba otra puerta antañona; el conserje forcejeó con la llave y nos introdujimos en una iglesia amplia, de una sola nave (capilla por formar parte del primitivo hospicio). El eco marcaba nuestras pisadas mientras estremecía atravesar un templo vaciado, sin bancos ni asientos. Aparte de la gran concha, la marea del tiempo había salvado elementos autónomos, como la decoración del altar, la mesa y un púlpito. Pronto, en una de las dos entradas a lo que antiguamente debieron ser dependencias de sacristía, mi compañero jugó con otro de los llavines y dejó ver, gracias a la luz del presbiterio, lo que parecía una sala larga y rectangular, en donde ya se adivinaba algún cuadro del XX. Sonreí: qué español era aquello; había que atravesar una iglesia para llegar a la vanguardia. Me encontraba de nuevo en la tierra de los contrastes bravos e inesperados, despertados sin aparente propósito.

Con nervios amables, el bedel empezó a tocar una caja de llaves de la luz, y la sala se iluminó. Sí, había cuadros de la modernidad; incluso al fondo se distinguía un lienzo dedicado a ese emblema postmoderno que son las torres inclinadas de Plaza de Castilla (La Puerta de Europa, ¡si ella supiera!), pero ni rastro de Ramón. Enseguida me di cuenta de que había a mi izquierda otra estancia, completamente a oscuras. El buen hombre andaba haciendo parpadear teclas y más teclas, «pues sí que tenemos suerte; precisamente no se encienden las luces de la sala que busca». Ante mi expresión cada vez más obtusa, se excusó diciendo que no creyera que eso ocurría siempre: que, por lo general, esa estancia estaba abierta al público todas las tardes (no en horario matutino, por falta de personal), pero que el día anterior se había celebrado un acto oficial en la capilla, y se había cerrado el recinto hasta dejar todo recompuesto (uno de los efectos secundarios de la ceremonia había sido la anarquía de la electricidad). Con paso apretado, se dirigió hacia el fondo de la sala a probar suerte con otra caja de llaves; «¿puede usted ayudarme?, entre y dígame si se enciende algo». Así que me metí en la boca del lobo. «¿Ahora?» -¡tic!-, «¡no!»; «¿ahora?» -¡tic!»-, «¡no!»; tic, «¡no!»; tic, «¡no!». El buen hombre parecía desesperado, «verá, es que no me atrevo a dar la llave maestra, por si afecta a la luz de las oficinas». «Mire ‒le dije‒, lo mejor es que vuelva otro día; le estoy causando muchas molestias». «¡De eso, nada!, usted no se va sin que vea lo que quiere», espetó con hidalguía; «espere aquí, que ahora vuelvo»; y me dejó suspendido entre esas dos salas barrocas, la tiniebla y la luz.

Me adentré sin miramientos en la estancia oscura; antes, ya había cotilleado un poco y vislumbrado un par de cosas: una figura colosal, sombra lechosa en actitud de levantar los brazos y avanzar hacia delante, y algo detrás de mí, al lado derecho de la anterior puerta, un gran vano de vidrio que cortaba unos cinco metros de pared, sugiriendo haber allí una habitación ficticia: Sí, el «despacho». La luz que rezumaba la otra sala apenas permitía dibujar más la estatua sobrehumana o los recuerdos del escritor, así que saqué mi mechero y comencé a bailarlo lentamente delante de aquel cristal. Parecía que estaba haciendo señales a alguien del otro lado, y probablemente así fuera, aunque no surgió Ramón de la niebla con traje de esmoquin. Y, para ser justos, tampoco lograba divisar mucho: una mesa con libros, una silla enana, las bolitas de cristal a modo de estrellas falsas en el techo... De repente, recordé a una amiga que siente terror por las iglesias vacías; me sonreí; pero se me hubiera helado el bonito arco si hubiera dejado desarrollar al magín ese miedo secreto a quedarnos encerrados en un museo, por lo que suscitan los cuadros de espejos de los espíritus, o la sensación de que un lienzo pueda aumentar extraordinariamente su tamaño hasta absorber al espectador (¿dormiría alguien serenamente en la sala de las Pinturas negras de El Prado?). Pero no hubo tiempo para «perder el sentío», porque pronto volvieron a escucharse los serviciales pasos desde la capilla de piedra. Entraron como en tromba el solícito bedel y una conserje con aire de honesta Maritornes. Pasaron un disparatado momento excusándose, y yo otro tal haciendo lo mismo, hasta llegar a idéntico punto de partida: la prudencia de no tocar una llave general por si se cortaba un circuito externo. Cuando creí que se marchaban otra vez a consultar, dejándome con mis queridos fantasmas, mi resuelto Virgilio hizo sonar un TAC potente («bueno, lo hecho, hecho está»). Mientras la mujer empezó a comprobar que la tecla que había pulsado su compañero correspondía con el paulatino encendido de las restantes bombillas, yo no podía dar crédito a su formidable celo y gentileza, capaces de desafiar el furor de la técnica por complacer los derechos de un visitante y su veneración literaria. También a Dios gracias, no tenía que ver una cosa con la otra. La conserje desapareció enseguida, y él se desplazó a la otra estancia, invitándome a demorarme el tiempo que quisiera.

Lo primero que hice fue reconocer al gigante, que resultó ser un simulacro de obrero en yeso a la memoria de Pablo Iglesias Posse, que me produjo cierta impresión de iceberg expresionista; luego recorrí la distancia entre él y el muro transparente, deteniéndome antes en un pequeño cuadro de la España negra de Solana, Trajinantes de Segovia, justo al ras del espacio dedicado a Ramón y su mundo secreto, como símbolo de afinidades estéticas más allá de la tumba.

Tumba era la expresión, o para evitar la rotunda materialidad de esa palabra, cámara mortuoria. Esa asociación despertaba aquel cuarto brillantemente iluminado, con falsa cuarta pared. A mí, que andaba estudiando su libro de Los muertos y las muertas y que, metido en la piel de esos motivos, regresaba de sumergirme en la necrófila cultura egipcia, no hacía falta persuadirme demasiado de lo mucho que tenía ese rectángulo, no ya de cámara de las maravillas al gusto de los teutones de los siglos XVI y XVII, sino de cámara funeraria. Contaba con todo lo previsible: amuletos, figuras de dobles, envases, muebles, recuerdos del muerto, alimentos del muerto... Quiero decir que aquello era un vivero abigarrado de objetos (la lámpara de bombillas sobre imitaciones de velas, cientos de fotografías pegadas sobre paneles, perteneciente a sujetos célebres o extraños [sin olvidar los padrinos clásicos: Quevedo, Gracián, Calderón...]; golondrinas colgantes de papel, etc.); reproducciones del autor en las portadas de sus libros (Nuevas páginas de mi vida, Libro nuevo...); muebles acomodados a su rara y redonda personalidad (butacas modernistas, pero también mesas macizas castellanas, una silla extrañamente baja para escribir...); recipientes que, en lugar de vísceras o esencias, decían contener ideas; letreros disuasorios para profanadores (peligro de muerte); el retrato trifronte de su mujer; la estatua de un enano fumador, centinela de ese trasmundo; y alimentos del alma (una extensa biblioteca, sobre todo de clásicos castellanos) y del cuerpo (en este caso, el veneno para la sangre del fragoso tabaco de pipa). Por afición, me fijé en su colección de cachimbas, todas iguales; en la fibrosa picadura que llenaba hasta los topes un pipón falso, grande como una cacerola, y en el prieto haz de escobillas limpiadoras, venciendo un bote de porcelana; incluso el enano parecía pipar a gusto.

Sobre tonos verdes y cremas dominantes, la orfebrería de Rastro fatigaba la atención; enseñaba tanto que apenas se retenía nada; así, mi vista tenía que descansar de vez en vez en el tablero, asediado de imágenes, que presidía la mesa de escritor, pues todo cobraba un aspecto de camerino de Circo o Varietés. Reparé en un par de espejos de caprichosa factura que se camuflaban entre las fotos, y pensé que era una imaginativa idea esa de retratarse fugazmente el propio escritor entre la multitud de láminas. Una idea o una trampa, porque en la pared opuesta yo ya había caído en el remolino de un espejo convexo, que succionaba la imagen del conjunto, incluida la del espectador, cuya función había sido eliminada en el acto para transformarse en otra cosa difusa de aquel puzle. El medio de escapar fue virar bruscamente noventa grados a mi derecha.

Abotargado, pero con ganas de haber querido entrar en serio, me acerqué al conserje que se paseaba con las manos en la espalda en la galería vecina, para decirle que nos fuéramos. Al principio no me creyó, considerándolo una amabilidad, pero como insistí, se dirigió a la caja de llaves y empezó a apagar. Todo fue bien hasta que nos tuvimos que ver con dos secciones rebeldes que no había forma de armonizar; cuando se apagaba una, se encendía la otra y viceversa, en la ejecución de un vals o una combinatoria juguetona entre sus diversas bombillas. Yo empecé a entender un poco la cosa, y a introducirme en el juego moviendo uno de los pies; era Ramón el que estaba dirigiendo esos hilos traviesos; los personajes (perfectamente tipos: el curioso porfiado, el bedel hidalgo, la agitada conserje) habíamos actuado conforme a los ejes de su literatura, bajo sus familiares efectos fantasmagóricos y circenses; así que no había más remedio, ya que se jugaba con desventaja, que saltar también a la comba de un lado a otro de la realidad y confiar en que se despejasen pronto los efectos de la maldición humorística.

(Hago constar mi agradecimiento al museólogo y estudioso de la obra de Ramón, Eduardo Alaminos, notablemente implicado en la instalación del despacho de nuestro escritor, tanto en aquel emplazamiento del Museo Municipal, como en el actual del Museo Municipal de Arte Contemporáneo, en el Cuartel de Conde-Duque; autor de libros imprescindibles como Los despachos de Ramón Gómez de la Serna: un museo portátil «monstruoso» [Ayuntamiento de Madrid, 2014] y Ramón dibujante. El lápiz atrevido [Ediciones Ulises, 2025]).

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