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TRIBUNA

Del cuaderno sin pistas

domingo 16 de noviembre de 2025, 17:49h
Actualizado el: 17/11/2025 11:43h

Es sabido que aquellos que escriben no pueden resistirse a pararse, como hacemos mecánicamente cuando nos asalta un posible y crucial olvido, y meditar qué están haciendo, qué es lo que promueve que lo sigan haciendo y qué importancia tendría si cejasen o no en su empeño, que no ha sido pedido más que por ellos, por algún eco que saliera a la superficie de entre sus angostas galerías. Bien es cierto que toda esa serie de reflexiones y matices pulidos que puedan sacarse en conclusión, no interesan tanto al lector medio y sí bastante, o nada tampoco, al que tiene querencias literarias. Cada uno se decidirá por un bando u otro.

Repartidas como piedras de un jardín oriental, esas frases, que no querrían en absoluto ser tomadas por su lado sentencioso, irán conformando un cuaderno, uno donde, quien escribe, irá apostando más y más por una desnudez estilística, liberándose de las cargas de otras lecturas y otros afeites, sacando la esencialidad al cuidado de una luz que rebaje sus originales desasosiegos, intentándolo, al menos. Para el suyo, que viene siendo la nueva entrega de una serie, Jordi Doce ha tenido en cuenta una frase del poeta y escritor Ramón Andrés que habla del ‘cuaderno negro’ que cada uno lleva consigo. La insistencia, en dialogante y blanca contradicción cuando se tiene un ejemplar en las manos, es el resultado de varios años de recabo y selección entre lo mucho que produce el pensamiento, pero también el encuentro con los trabajos ajenos que, en un segundo, dicen más que todo lo intentado con el propio.

‘Estamos rodeados de cosas que no nos entienden. Hablamos demasiado rápido para ellas, como un viento vociferante que lamiera sus flancos’, dice al principio del libro, y bien sirve para demostrar la naturaleza rara de esta clase de libros, de los cuadernos de notas frente a toda la vorágine de publicaciones. Dentro de la bibliografía de Doce, dentro de la labor que ejerce como traductor, reseñista y editor de poesía, son de gran relevancia tanto por su índole rara —que en realidad, ninguna—, como por su empeño en insuflar calidad a los géneros que no son novelísticos, y por hacer las veces de brújulas con las que uno va averiguando y recordando sus direcciones, pues nadie se libra del extravío.

En este caso, sobreentendiendo la negrura de este cuaderno por coincidir con los últimos años de vida de su esposa, la poeta Marta Agudo, pero sin intención alguna de convertirlo en un obituario ni una pecera por la que nadasen en círculos las quejas hacia la siempre ingrata existencia. Las puede haber, pero ni una sola de las entradas que lo componen escapa a la elaboración y a la mesura que caracterizan a la prosa de Doce. Se cuela en ella un aire inglés, uno que relativiza y añade un poco de ironía, a veces hasta de humor negro, pero rápidamente volviendo a la mirada que quiere comenzar otra vez ese camino, siguiendo y fiándose de su impulso, de su pulcritud a la hora de expresar lo que sea, a pesar de todo lo acumulado.

La insistencia va por libre y blande con orgullo su carácter de intermedio, de claro de bosque en el que crecen notas más extensas y otras más breves y delicadas pero como fuertes filigranas que perfeccionan al resto. No debiera tener el lector el prejuicio de considerar este libro como el bocetaje de una obra mayor, sino la seguridad de poder encontrarse con la invitación a la emoción y la inteligencia, con sus altos vuelos y los puñados de tierra, escrito con una soledad tolerable, sin pistas de lo que vaya a quedar de él.

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