www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Novela

Tanizaki Junichiro: Hay quien prefiere las ortigas

domingo 23 de noviembre de 2025, 22:19h
Tanizaki Junichiro: Hay quien prefiere las ortigas

Traducción de Rumi Sato. Prólogo de Caerlos Rubio. Satori. Gijón, 2025. 260 páginas. 23 €.

Por José Pazó Espinosa

En un breve artículo sobre Edgar Allan Poe, el siempre lúcido Jorge Luis Borges, afirmó que todo escritor es el producto de una neurosis. En ese sentido, hay escritores que son producto de una neurosis pequeñita, que muchas veces tiene que ver con el reconocimiento ajeno; otros, sin embargo, son titanes que cargan con una neurosis digna de un atlante. O de un Godzilla…

Junichiro Tanizaki pertenece a una generación de escritores japoneses definidos por el enorme tamaño de las neurosis con las que cargaban, de forma similar a las que definieron la generación de F. Scott Fitzgerald, William Faulkner o Ernest Hemingway. Nos referimos en el caso nipón a Kawabata, al algo más viejo Soseki, al más joven Mishima… En Kawabata y en Mishima, la naturaleza sexual de sus conflictos era patente, pero intermitente. En Tanizaki, casi ubicua. El sadismo, el sadomasoquismo, el fetichismo, el sexo extraconyugal, la prostitución, la relación conyugal sin sexo, la fidelidad y la infelicidad, el abandono…

A esa preocupación, se unía el enorme conflicto de los escritores que se educaron todavía con los mimbres de la época Meiji, el tiempo de la llegada de lo occidental tras siglos de cierre de fronteras: la adopción del modo de vida occidental y el abandono del Japón tradicional. Conflicto que seguía vivo en el Japón de la posguerra tras la contienda mundial, y que se podría decir que, en el mundo literario, culmina y, en cierta medida, acaba con el suicidio de Yukio Mishima.

Hay quien prefiere las ortigas, la novela que nos ocupa, es un epítome de lo arriba señalado. Tanizaki la escribió en 1929, seis tras abandonar Tokio, después del gran terremoto de 1923, para trasladarse a la región de Kansai, centro del Japón tradicional, con las ciudades tradicionales de Kioto, Nara y Kobe, y la capital de la vida mundana del periodo Edo, Osaka.

Un Japón muy diferente al de Tokio y Yokohama, que se haría aún más diferente tras el terremoto, la reconstrucción posterior, y la sustitución ya de muchos edificios de madera de la capital por otros de hormigón, proceso que culminaría en esa posguerra aludida. Sin embargo, en Kansai, Tanizaki pudo entrar en contacto con el Japón tradicional que aún subsistía en la vida cotidiana de aquellas ciudades, en las representaciones de teatro tradicional, bunraku o noh, en las comidas y los restaurantes, en la forma de vestir, e incluso en la forma de hablar.

Tanizaki, hijo de una familia rica empobrecida, esnob occidentalizado y ambicioso literato en su primera juventud, entró en contacto tras la mudanza a Osaka con el mundo de las casas tradicionales, oscuras y frías en invierno, elegantes en su uso del espacio, de la madera, de la piedra, del agua y del musgo, de la artesanía constructiva y decorativa que en la capital estaban desapareciendo. Y, también, con toda una idiosincrasia que subyace a esa estética y ética de vida. En 1933 publicó la famosa El elogio de la sombra, que es un canto de amor y de nostalgia a ese Japón del que Tanizaki pudo disfrutar gracias a su huida de los terremotos de la región de Kanto. Se trata de un libro fino, sutil, pero profundamente especular de lo que estaba viviendo Tanizaki en ese momento, y que luego tomará peso y forma en sus novelas posteriores.

En 1929 publicó Hay quien prefiere las ortigas, el libro que nos ocupa. La editorial Satori lo acaba de incluir en su colección de “Maestros de la Literatura Japonesa”, bellamente editado, con traducción de Rumi Sato e introducción de Carlos Rubio. Una edición muy atractiva para un autor también muy atractivo literariamente. Porque, a Tanizaki, como a algunos autores, el lector se acerca como se acerca uno a un poco: juzgando el brocal, el material, la forma, pero curioso siempre del fondo, esa medalla de agua en la que verse reflejado. Y en Hay quien prefiere las ortigas hay muchos reflejos subyugantes.

El título en japonés, Tade kuu mushi es parte de un refrán japonés que viene a significar “para gustos, colores”. Es decir, como diría un gaditano, “que hay gente pa tó”. La trama, es simple: Kamame, el protagonista, es un hombre aún joven, hedonista y discretamente libertino. Está casado con Misako, de la que está despreocupadamente desenamorado. Misako, por otro lado, le corresponde plenamente en ese desamor mundano y cercano ya al divorcio. Kamame alienta a Misako a tener un amante, quizá para poder así favorecer la ruptura. Sin embargo, ni Misako ni Kamame parecen dispuestos a llegar a una ruptura total. En esa tesitura, Kamame es invitado por su suegro, un japonés a la antigua, separado de su mujer y amante de una joven geisha, a un teatro de marionetas tradicionales.

A través de ese teatro antiguo y básico, de la silenciosa discreción de la amante de su suegro, Kamame empezará a encontrar en el mundo tradicional de las primitivas marionetas, en la antigua masculinidad de su suegro, en la amante de este, perteneciente al mundo de la geisha y del Japón que estaba disolviéndose, la atracción y el gusto por la vida que no encuentra en su mujer, un ser empeñado en ser lo que no era, en abrazar una occidentalidad y modernidad por lo demás profundamente insatisfactorias.

Esta novela, como pozo, refleja el alma de Tanizaki: ¿es mejor el Japón tradicional o la modernidad? ¿Deben la mujer y el hombre adaptarse a formas foráneas o deben aceptar lo que son, e indagar en un pasado que no deja de estar presente, por más que se quiera tapar? El lector se acerca a ese pozo, y en el fondo ve reflejada una cara, que al principio es la de Tanizaki y luego la suya propia. Una cara que es lo que se oculta, y lo que se desea a la vez.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios