Ernesto Pérez Zúñiga (Madrid, 1971), doctor en Filología, poeta, editor y responsable del Departamento de Actividades Culturales del Instituto Cervantes entre 2004 y 2021, tiene una desafiante forma de escribir. Creo que arriesga demasiado en sus juegos con la voz narrativa. Me extraña que no se lo haya dicho nadie.
En Veníamos de la noche, su más reciente novela, un hombre reconoce: “Sigo empeñado en escribir esta historia, en reescribirla, mejor dicho, por séptima u octava vez. Quizá porque todavía soy incapaz de comprender a la verdadera Lucía, de verla como fue, incluso de describir sus rasgos con acierto...”. Lucía fue una artista becada en la Academia de España en Roma, disfrutaba de esa estancia de seis meses gracias a las becas del Instituto Cervantes, “ni yo ni nadie de la Comisión sabía nada de Lucía Dávila, aparte del proyecto que había presentado para ser becaria de la Academia. No hubo enchufe”.
Pérez Zúñiga arranca utilizando una voz narrativa en primera persona masculina. Ese “debe ser” el yo de toda la narración. Es la voz en primera persona de Gustavo, director de la Academia de España en Roma. La elección de la voz es crucial en literatura. El narrador determina al lector, sitúa al lector para que perciba la obra desde cierta perspectiva, ajusta la distancia con los personajes. Coloca a cada uno en su sitio. Cuando Pérez Zúñiga ha definido un yo y un ella, se decide a introducir algunos de ellos, que como están en Roma se llaman Gianfranco Zicarelli, Enrico Tomasi o Giovanni, y Sebastián Osuna, el ex de Lucía, que se ha quedado en Madrid. Ha elegido también el tiempo de la narración. Como se trata de “recapitular” la experiencia de Lucía en Roma, el tiempo preferente es el pasado.
La voz narrativa influye en la credibilidad del narrador. Desde un yo, por mucho y muy bien que te lo haya contado un tercer personaje, es complicado meterse en la piel de un él. Eso es lo difícil en literatura, lograr eso sin que el lector se sienta perdido o note que el escritor ha recurrido a fórmulas demasiado bruscas. En Veníamos de la noche hay un claro embrollo de voces narrativas.
Muchas veces, el lío se resuelve con métodos muy básicos, como forzar el cambio de la voz narrativa introduciendo extensos diálogos y citas literales entre comillas angulares (« ») de un nuevo yo, que supuestamente el narrador transcribe directamente de una grabadora, o como incluir páginas del diario personal de otro de los personajes. Así pueden suplirse las limitaciones de cada voz y llegar adonde la voz elegida no llega, aunque el encaje de estas partes resulte muy artificioso y quede un remiendo fatal en la tela de la narración.
Es peligroso transcribir literalmente supuestos diálogos muy extensos, porque nadie habla como se escribe y porque así, utilizando una oralidad retocada, el lector se distancia irremediablemente de la trama, aunque el escritor haya pretendido con esto acercarle. También recurre Pérez Zúñiga con frecuencia a intentar resituar su yo narrador en escena, haciéndole aparecer cuando no debe, con lo que aleja definitivamente al lector y rebaja la credibilidad de todo lo que se está contando; “Al día siguiente, Enrico la llevó a uno de sus lugares favoritos: el Sacro Bosco de Bomarzo, del que Lucía sólo había oído hablar por la novela famosa de Mujica Láinez, de quien yo prefiero Los ídolos”.
Mantener la voz narrativa es crucial para crear una historia coherente y creíble. Sin embargo, otras veces, lo que en la obra parece forzado es el intento de mantener la voz original: “Veo al hombre que se llama Enrico, veo que la estaba observando a la protagonista de este libro que se va convirtiendo en la protagonista del suyo, según piensa”.
Esas constantes fórmulas, como “me contó Lucía”, “lo apunto todo en mi cuaderno” o “en una de nuestras sesiones de grabación, Lucía me describe una anécdota de la etapa final de su matrimonio y que resumo a continuación para tratar de descifrar mejor la personalidad de Sebastián” atentan también contra el ritmo narrativo.
No he llegado en ningún momento a conectar con los personajes ni con la trama de esta historia. Es una pena, con lo bonita e inspiradora que es Roma y con todo lo que puede dar de sí la vida bien contada de una artista.