(Crónica de un zorropiteco invitado al acto de presentación de un libro en el Hotel Wellington de Madrid, con alarmantes síntomas de ramonismo, cuando se podía fumar en interiores. Los corchetes indican las datas de ese tiempo)
En el sobre apaisado que me asombró desde el buzón, el encabezamiento rezaba «Alfredo J. Arias», un tratamiento que empleé ocasionalmente hace bastantes años, pero que coincidió con la época en que se me ocurrió imprimir mis primeras tarjetas personales (¿petimetre distinción en mis últimas ascuas de veinteañero ese incluir la inicial del segundo nombre, o coartada gráfica para que sonarán mis iniciales como A.J.A.; quiero decir: ¡ajá!?). En fin, más sorpresas y pistas en el interior.
Se trataba de la puesta de largo de un nuevo libro sobre Ramón Gómez de la Serna, Ramón en su torreón, editado por la Fundación del Hotel Wellington y escrito por J.M.B., una de las cabezas más llenas y mejor amuebladas de nuestro estanque (estancamiento) creativo y cultural, director por entonces del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía [entre 2000 y 2004]. Con este señor B tuve ocasión de coincidir cinco años atrás en un Curso de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial, compartiendo mesa y conferencias sobre héroes y antihéroes de la bande dessinée, dicho en fino (En el centenario del cómic: un mundo en viñetas, dirigido a la sazón por Luis Alberto de Cuenca); él principió con la geografía tintiniana de Hergé y un servidor cerró con un ensayo acerca de los últimos mitos y héroes del tebeo español. El País nos hizo una entrevista conjunta y fue cuando descubrimos que ambos coincidíamos en el plan de edición de las Obras Completas de Ramón Gómez de la Serna, gobernada por la hispanista Ioana Zlotescu para Galaxia Gutenberg.
Aun con su apariencia seria, B es un caballero realmente cordial, y disfruté con él de una breve conjunción amistosa en aquella jornada. Esto fue lo que pesó para que cuando el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte lo recogiera de su salida del Instituto Valenciano de Arte Moderno para ponerlo al frente de la pinacoteca nacional de arte contemporáneo, le enviara yo mi carta de enhorabuena, recordando aquella aventura comiquera y nuestras simpatías por el padre de los hispanohumoristas del siglo pasado ‒anexa, a su vez, una de mis antiguas tarjetas A.J.Á.‒. A cambio, tuvo la deferencia de invitarme al acto de su toma de posesión. Apostado en el acceso a la tercera planta del museo y sin Seguridad uniformada visible, fue recibiendo, mano a mano, a todo el mundo. Me dio la impresión de que, cuando llegó mi turno, no me reconocía en absoluto o, en todo caso, me adivinaba, pero me pareció de mal tono explicarme, entorpeciendo la marea humana de intelectuales apiñados con altos, bajos, gordos y flacos cargos, así que asistí a la ceremonia y no demoré mi regreso.
Sólo unos meses antes [junio de 2002] de la gala hotelera, B había cumplido muy satisfactoriamente con Ramón, organizando una muestra en el mismo Museo Reina Sofía, ligada a sus principios teóricos y estéticos, y a su peso en la promoción de las vanguardias europeas en España con el título de uno de sus libros, Ismos, haciendo realidad un antiguo proyecto-homenaje del pintor Antonio Saura, otro ramoniano de pro (no era la primera vez que B dedicaba al escritor un tributo semejante, tal fue la exposición Ramón en cuatro entregas, que comisarió en el Museo municipal en el ya lejano, y a la vez joven, 1980). Sin duda, un libro eminentemente gráfico como Ramón en su torreón, con una descripción de lo que queda de su trashumante y abigarrado despacho, ahíto de recortes de periódicos, fotografías y objetos de todo pelaje, guardaba correspondencia con lo exhibido en el CARS, toda vez que la recreación de dicho despacho habitó la parte central de la exposición.
Es de suponer, por ende, que mi tarjeta AJÁ acabara incluida en alguna parte del mailing de la Dirección del museo, con el probable ribete de ramoniano, y ésa fuera la razón por la que fui convocado a un lugar de postín con presentación de boato, más la presencia de la entonces Presidenta del Senado, que aparecería junto al propio B y un escritor famoso en calidad de ramonista, al margen de los directivos de la Fundación y resto de invitados.
El hecho de que el Hotel Wellington publicara y presentara con todos los honores un libro sobre el torreón ramonesco se apoyaba en una antigua deuda histórica. Y es que, sobre el mismo reborde de la calle de Velázquez con Villanueva, se alzó en tiempos el edificio en cuyo estrecho ático vivió el amigo Ramón encelado en su concha de cangrejo, rodeado y enamorado de múltiples cosas, muchas rescatadas de su deriva en el Rastro; altillo con ínfulas noveleras de Torreón, tal como él lo bautizaba, y que, tanto en baúles como en idea, se trasladó con él al exilio bonaerense de la calle Hipólito Irigoyen, a poco de iniciarse nuestra contienda civil.
Mi relación lectora y admirativa con Ramón Gómez de la Serna es ya veterana, y se inició gracias a diversos azares y enigmáticos magnetismos, como distingue a toda amistad de relieve. Por si fuera poco, Ramón falleció el 12 de enero de 1963, el día de mi santo y el año de mi nacimiento; y si uno siente la tentación de tomar los sueños como algo más que funciones químicas, puede decirse que me invitó a visitar su torreón por el tiempo en que yo andaba preparando el prólogo de uno de los volúmenes de sus Obras Completas. Me vi deambulando por un pasillo y pequeñas habitaciones iluminadas, aunque sorprendentemente diáfanas. Y allí estaba él, correctamente vestido de oscuro y treintañero (la edad en la Eternidad, como él mismo suponía en uno de los capítulos de Los muertos y las muertas), sereno y circunspecto anfitrión; no en vano y con acierto, él relacionaba el humorismo con la gravedad.
Por esta y otras razones emprendí rumbo desde la rumbera zona sur a la rumbosa zona norte, ante la posibilidad también de encontrarme en el sarao con algún amigo ramonesco. Con atuendo oscuro, salvo por la camisa Burdeos y una corbata crema que me daba un aire mafioso a lo Scorsese, atravesé con el valor que se le supone a todo urbanita una de esas puertas giratorias de hotel señorial que parecen romper a tiras el tiempo y el espacio inservibles. La llamada Sala de Exposiciones, tal cual se leía en la invitación, era realmente un gran salón de eventos contiguo a uno de esos exclusivos cafés donde clientes y algunos vagamundos urbanos de saneada cuenta se toman algo, aunque sea una copa, pagan una suma astronómica por la exquisita languidez de luz tenue y notas de piano, y gastan todo el tiempo que puedan amortizar. Desde la entrada del hotel a la puerta de la sala evolucionaban directivos y encargados de la Fundación, altos funcionarios y personal de Seguridad. Ninguno llevaba una placa identificativa pero se les distinguía igualmente, sobre todo a los últimos, que suelen coincidir con el tipo de dos metros por dos, o bien exhiben un pulcro aspecto de samuráis afeitados.
A pocos minutos del inicio del acto, salvo ese personal expectante y algunos inquilinos en la zona de libre tránsito del Wellington, en lo que concernía a la Sala apenas había nadie, cuatro gatos (y yo era el cuarto). Su estructura era espaciosa, no recuerdo si hexagonal u octogonal; a unos metros de la puerta de entrada se había dispuesto un sobresuelo con una tarima y un micrófono, con el brillo de madera y fieltro rojo obligados para la ocasión. En la pared de enfrente, a una generosa distancia, un proyector emitía constantemente dos películas cortas, Esencia de Verbena, de 1930, dirigida por Ernesto Giménez Caballero, en donde aparece Ramón en encantadoras charlotadas (genial como muñeco de pim-pam-pum, pipa en ristre), y ese legendario fragmento de El Orador ‒de poco antes ¡y ya sonoro!‒ donde el escritor nos somete a una de sus desternillantes conferencias a las que era aficionado, bien imitando el cloqueo de las gallinas o luciendo un guante descomunal. Sí, ahí estaba el gordito Ramón con su traje de fiesta, su corbata brillosa, su cabello negro y encasquetado como un sombrero, delante del estanque del Retiro mientras volvía a hacernos, indistintamente, pensar y reír. Realmente, pocos disfrutábamos del espectáculo: el técnico de Imagen; dos o tres personas mayores que se acercaban un poco, apretaban los ojos, sonreían, se alejaban...
En una esquina de la pared izquierda lateral a la que hacía las veces de pantalla, se distinguía una puerta discreta, de la que uno esperaría que sorprendiera abriéndola Ramón, preguntando por la antigua escalera. En cuanto al resto de los vanos, mostraban dorados tapices del siglo XVII, cuando no fríos carpetones con alguna fotografía y textos explicativos, desnudos de cualquier otro adorno y dilatándose como bostezos amarillos, dicho «a lo Ramón». Mientras, aquí y allá, en sus ubicaciones estratégicas dando forma a una elipse, columnas de mármol rojizo sujetaban con sus ramas el alto y estucado techo. Resumiendo, que empezaba a agobiarme un poco aquel raro condominio entre tapices y columnas de otro tiempo y unas placas modernas que parecían haber entrado por despiste. Con cuentagotas, ya a las ocho pasadas, iban introduciéndose más invitados en la suntuosa pecera y empezaba a darme cuenta de que no podía saludar a nadie conocido, aparte de que todos habían tenido la prevención de hacerse acompañar por sus parejas o grupos. Bien mirado, si descontamos a los agentes de seguridad, era el único elemento con piernas que se desplazaba por libre. Así que salí de la sala a curiosear si entraba desde la calle algún parroquiano que conociera.
Quisiese o no, con la pipa humeante y las manos cruzadas en la espalda sosteniendo un librito muy cuco encuadernado en rojo (los Retratos literarios del ilustre cotilla Saint-Beuve), paseándome lentamente entre los encargados de recepción y deteniéndome de vez en cuando entre ellos, ¡no a propósito!, cobré conciencia de que a ojos de éstos y de los vigilantes, empezaba a ejercer de sospechoso. Debía parecer un cruce entre Peter Sellers y Jacques Tati (un zorropiteco es siempre un zorropiteco, así se maquee y engalane). Ya superadas las ocho con un cuarto de hora de cortesía, o descortesía, hizo su entrada la Presidenta del Senado con su séquito, y me sumergí de nuevo en la sala, por fin en considerable número (cerca de cien), a la caza de un lugar estratégico. Pronto me percaté de un hecho singular: en la presentación de un libro no se veía uno solo de sus ejemplares. Bien pensado, parecía que asistiéramos a una situación mágica o circense, caracterizada por la desaparición. Se hablaría de un torreón fantasma, pues su lugar lo había ocupado el hotel; el libro que se presentaba no se había presentado, y, para colmo, los invitados no teníamos sillas.
Tomó la palabra el presidente de la Fundación; habló lo justo y fue justamente aplaudido; yo, entre el libro y la pipa, hice el gesto simbólico de chocar los dedos de una mano con los nudillos de la otra, con el efecto nevada de algunas de las cenizas sobre el suelo deslumbrante. Con disimulo, desplacé con el zapato las pruebas del delito hacia un lado, lo que fue un éxito, ya que descubrí que el espectador de mi izquierda era el único de la congregación que, allí mismo, apretaba otra pipa entre los dientes. Hay que repartirse los vicios. Mi compañero de atrás no me caía tan simpático, ni yo debía caerle a él, pues era el agente de seguridad «dos x dos» que había seguido antes mis devaneos de observador.
El resto de las presentaciones estuvo a la altura de lo esperado: el escritor famoso, con soltura intensa, sin extenderse; B, documentado a la vez que emotivo, y la dama de la política, lectora correcta de uno de esos discursos que prepara algún asesor y que menciona a Ramón como «don Ramón» (que es como se llama a Valle) y no es lo mismo, aunque lo parezca. Concluido el acto y sin libro alguno a la vista, se nos invitó al cóctel que iba a servirse en el mismo recinto, así que ninguno de los acicalados asistentes hicimos el mínimo esfuerzo de desalojarlo, a excepción de la prócer. De repente, se abrió aquella puerta misteriosa, próxima a la pantalla donde Ramón continuaba moviendo la boca, pero ya sin sonido, y se inició el desfile de bandejas, las de bebidas portadas por caballeros de esmoquin, y las de viandas por damas de vestido negro y mandil. Me acerqué a una copa de cuerpo fino con un vino blanco que parecía de oro húmedo, agarré una servilleta de papel para sujetarla y, ante el dilema de coger una tira de queso con la mano o con un palillo, preferí abstenerme con el consiguiente gesto atónito de la joven, que debió verme aspecto de glotón camuflado, como así era, y no se explicaba la renuncia. Aquello colmó el vaso, que no la copa, que había ido en proporción inversa; la dejé con su bufanda de papel sobre una de las mesas dispuestas al fondo, y me dije que algo zorropiteco había que hacer si no quería correr el peligro de comportarme como una estatua dudosa.
Recordé que, justo antes de salir de casa, había abierto al azar el libro Caprichos de Gómez de la Serna, y había respondido al conjuro el relato de «El mixtificador», ese inventor de artilugios y conceptos tan imposibles como necesarios, tal «la inyección a lo rígido». Es lo que pensé que hacía falta practicar allí; así que con determinación me abrí paso entre la gente y tendí la mano a B, que, con ese afecto cortés que parte de la confusión, la recibió. «¡Enhorabuena! Una presentación muy ramoniana la de un libro que no se ve», fue mi saludo. «Tienes razón», reconoció mientras volvía la cabeza para mirar al escritor famoso (que sobre la tarima había echado ojos y ojitos a sus amigos y amigas, pero ahora se ahorró el menor gesto); «y ¿dónde se puede conseguir?», continué con cortés impertinencia; «pues no lo sé», admitió el notable, notablemente perplejo, «ya me lo han preguntado antes. Espera, que me voy a informar», y sin más se desplazó hasta el extremo opuesto en busca de territorios más familiares. Es cierto, yo podría haberme presentado, «soy esto, soy lo otro, hicimos tal cosa juntos», pero lo hubiera hecho cualquiera menos zorropiteco para darse bombo, o bombillo, y yo lo que quería, a partir de entonces, era homenajear a Ramón jugando con el elemento sorpresa y la naturalidad desarmante. Estoy seguro de que si B es un auténtico ramoniano, y nada me lo desmiente, habrá valorado en su justa medida el asalto humorista.
Al volverme, me saludó una cerveza de espuma alegre, así que no pude negarme. No muy lejos del centro de la pista donde besaba la copa, me observaba por encima de sus cortejantes una rubia con un escote incomprensible para ser invierno. Sus ojos me parecieron tan duros como debía ser el corazón de sus rondadores, y me preguntaba de qué novela de hoteles de Ramón habrían saltado, aunque en honor a la verdad, al menos ella se había tomado la molestia, antes del asedio, de acercarse a leer las difusas informaciones del escritor en las paredes; tal vez la única. Pero no era mi punto de interés femenino; no era esta vampiresa urbana y explosiva. Ella le sacaba fácilmente una cabeza al motivo de mi atención, una criatura de tez clara, cabello castaño con leche y mirada lánguida, la cual no gustaba de regalar demasiado, y que repartía ahora entre los concurrentes su encanto silencioso sobre taquitos de bacalao, uno de los cuales llegué a pescar. Para el momento en que me había hecho una foto interior de ella, acababa de arrancar de una de las bandejas una ingeniosa copita de oporto, con una corola que parecía tallada de rubí, tan hasta el tope que el néctar se iba derramando conforme avanzaba por una de las esquinas. A todo esto, me causaba desazón ver al homenajeado extender sus brazos de conferenciante jocoso desde su más allá en blanco y negro, cuando ya ninguno de los presentes le hacía el mínimo caso; así que me detuve delante y alcé discretamente la copa en señal de brindis.
Comprendí que tenía que comer algo más si quería salir del hotel como homo erectus, de modo que me aposté al lado de la puerta del baile de camareros y fui al abordaje casual pero directo tantas veces como salían. Los desalmados buitres gastronómicos éramos un grupo muy reducido, siendo los únicos que habíamos decidido suspender las contenciones y convenciones, al menos yo con más humor que apetito. La mejor de la banda era una simpática señora, de ojos sobresalientes y un aspecto coronario que hubiera alarmado a un cardiólogo, aunque no era la última en probar el marisco rebozado o el paté recubierto a modo de pastel; ni yo tampoco, he de decir. Era ella una verdadera ramoniana; una ramoniana en estado puro. Lástima que las delicadas viandas tuvieran ese dejo imborrable de su paso por una freidora eléctrica; pero lo camuflaban enseguida las casi transparentes lonchas de lomo y jamón ibérico que habían sido depositadas sobre las mesas como centros de flores. Mientras reflexionaba en estos detalles dejando a la mitad una copa de flauta (de cava, debía ser), me di cuenta de que B había escapado ceremoniosamente del barullo y recargaba pilas con ayuda de algunas de las croquetas.
Pero mi dulce muchacha no me ofrecía ninguna bandeja tras el obsequio de aquel bacalao primerizo. Yo respetaba su sentido de la justicia, pues en su lugar también habría rehuido al gorrón apoyado en la pared dispuesto a interceptar el viaje. No fue hasta que la sala empezó a despejarse y los trabajadores del cáterin regresaban con sus platillos casi intactos, que me ofreció otro taquito con espinas. Se me ocurrió señalarle al personaje que aún seguía perorando e imitando a gallinas en silencio, y comentarle algo como «¡Y el gran Ramón sin comerlo ni beberlo!». Reaccionó, claro, haciendo lo previsible: bajando los ojos, sonriendo y marchándose. Cuando me preguntaba si había sido imprudente romper esa poderosa e inescrutable muralla entre invitado y caterino con la confidencia (para la mayoría, el gremio del cáterin es apenas una sucesión de bandejas), noté que alguien estaba esperando que le hiciera caso. Era otra vez ella y me ofrecía, por fin, su mirada de hada con un pastelito; «lo dulce llevando lo dulce», pensé para mí, pero no quise importunarla; había logrado abrir un respirable agujero en el muro, y ella lo agradecía. Desapareció por la puerta enigmática y no volvió a salir.
Al abandonar la sala, casi tropiezo con B, que entraba de nuevo (seguro que lo preparó Ramón desde las alturas), así que nos despedimos como una suerte de ya conocidos desconocidos, lo que debió de ser un alivio. La egregia cabezota de Ramón imitaba con su movimiento el viraje de un carrusel de feria; yo también la moví como si tuviera tortícolis, le sonreí y emigré del hotel tras pasar por el guardarropa.
En la noche invernal no sentía el menor frío y apenas recordaba a la linda Caterina, aunque, ¿para qué engañarme?, seguía dentro de mis ojos; dolía como un punzada, tenue pero insistente... A fin de despejarla, empecé a canturrear en medio tono un improvisado estribillo entre marcial y pirata. Sólo cuando percibí que lo aumentaba, me propuse serenarme y afirmar el paso. No quedaba muy bien con mi disfraz de señor con abrigo, así que aceleré la marcha para que la ducha de aire se hiciera más efectiva y alcanzar en Cibeles el último autobús de línea, de regreso al sur.