De ellas, como diría el refrán, no es que se aprovechen hasta los andares, es que son quienes las andan los responsables de que resulten tan fascinantes. Cuando un barrio se manifiesta como tal, sus calles y su gente son la respuesta, la suficiente evidencia, para comprender que todo tipo de arte necesita de vez en cuando esa bajada a la realidad, a lo que bulle en lo pedestre y está felizmente alejado de las maravillas ideadas por terceros, quedando en duda cuánto las frecuentan, y así recordar y recordarse de dónde viene todo lo susceptible de ser considerado inspiración. Lo que sale de las calles, los que las habitan, por suerte, encarnan su latido y su rabia, su locura y su diversión. Nada del otro mundo. Basta con una visita a un mercado, un día de desfile o celebración futbolística, un bar un viernes por la noche. Ejemplos sobrados en los que puede mostrarse en estado de gracia esa españolidad tan compleja y de matices multiplicados, tantos como se disponga de miradas que los intenten definir.
El fotógrafo Luis Baylón, junto con Alberto García-Alix, es otro de los grandes fotógrafos callejeros, o como él diría, ‘de luz natural’, que mejor han sabido plasmar el hormigueo de las ciudades, de Madrid primordialmente. En el caso de Baylón, abundando el retrato también como en los ejemplos de García-Alix, pero notándose una mayor conciencia general. Véase la primera fotografía del libro Los Españoles: el público de la plaza de toros de Las Ventas, y en la siguiente página, una señora dentro de esa misma experiencia de la faena —tomada cinco años antes pero en el mismo lugar—, tapándose con un abanico y sacando la lengua ante el disgusto del espectáculo mal realizado, notándose incluso un finísimo hilo de baba entre la lengua y su labio superior al contacto de la luz. Baylón parece decirnos, aquí tenemos este total, pero si nos vamos al detalle, el valor seguirá siendo el mismo. Tiene su aquel poético, pero no se va por cerros ubetenses. Te muestra lo evidente, lo pintoresco del asco sin que ello sea motivo de excepción.
En lo bueno y lo malo, como firma su prólogo el fotógrafo Bernard Plossu, encontraba Baylón su motivo de estar pendiente tras la cámara. La ternura hacia lo animal en nosotros y los animales. Nada de subrayados de la bajeza ni voluntad de desmitificar. Como dice el escritor Andrés Barba en el segundo prólogo, en lo que fotografiaba destilaba su esencia. A través de su objetivo, evitó cualquier discurso que fijara unos principios identitarios sobre los españoles. Baylón se adaptó a todos los clichés hechos imágenes, pero estos no nos devuelven un significado oculto, simplemente reparamos en su particularidad porque nos sabemos reconocidos. La vanidad de su blanco y negro se torna naturalidad. Su enorme liviandad, como apunta Barba, nos gana por su atrevimiento.
Los Españoles es un álbum póstumo, sí, que parece frenar y culminar el arrollo transmitido por la inquietud y el azogue que le impedían dejar de patear el callejero madrileño. Afortunadamente nos llega, hay que añadir, pues las fotografías que ahora podemos observar con toda su socarronería y belleza no podrían imitarse. Su presente, con su intransigencia, energía, heridas y apasionamiento, ponen a cada uno en su marcha.