Corea es un galimatías difícil de comprender. Dividida en dos tras la Segunda Guerra Mundial: en la Corea del Norte, comunista, opaca y tenaz en su ser diferente, y en la Corea del Sur, hipertecnificada, hipercapitalista, hermana pequeña de Japón, su eterno enemigo. Corea, como concepto unitario, es complejo y en cierta medida inasible. Japón la eclipsa en el ámbito de la mezcla de modernidad y tradición, y China la mira con condescendencia de hermana mucho mayor.
Y, para colmo, la Corea del Norte tiene un extraño hueco en el corazón, el discurso, y no se sabe si el bolsillo, de Donald Trump, ese ser antiliterario por sus aficiones, pero enormemente literario por su esencia dramática, cómica y exagerada, a lo John Irving, lo Bryce Echenique o lo García Márquez. Uno espera que en cualquier momento Donald comience a hincharse, a flotar, y desaparezca entre las nubes con una blanca sonrisa.
Pero volviendo a Corea, su lienzo es duro o enigmático, como decía. El cine coreano actual, muy interesante, es metálico y descarnado; su literatura, sobre todo femenina, afilada y cañera. Hay un punto de autodestrucción casi siempre, y la sospecha de que toda crítica va dirigida principalmente a uno mismo, sea ese uno mujer, hombre o país.
En este contexto, Las 8 vidas de una centenaria sin nombre es una novela diferente. El tema de fondo del relato autobiográfico de la centenaria de ocho nombres es el delito de las comfort women que los japoneses llevaron a cabo durante la Segunda Guerra Mundial. Entre 20.000 mujeres asiáticas (según historiadores nipones) y 410.000 (según autores chinos), fueron obligadas a servir de sirvientes sexuales de los soldados nipones. Ellos las denominaban慰安婦 ianfu, de i “entretener”, an “relajación”, y bu/fu, “mujer”, “mujeres de relax y entretenimiento”. Es cierto que la prostitución siempre ha proliferado en los alrededores de las bases militares y los campamentos de guerra, y que infame es también la prostitución que surgió alrededor de las bases norteamericanas en Asia, o de otros países europeos en África.
La diferencia estriba en que el ejército japonés organizó ese servicio sexual con método, como si fuera una secretaría oficial más, asemejándolo a la esclavitud. Para coreanos y chinos se trató de una afrenta a la condición humana que todavía reprochan y reivindican a Japón con acrimonia.
La novela relata la vida de una mujer coreana, Mook Miran, de origen pobre, que es captada para esos servicios sexuales. Antes de ello, ya tuvo una vida trágica, y se vio obligada a cometer muy joven un asesinato. Lo que sigue, más o menos duro, es siempre más suave que ese primer acto de violencia, con el que vivirá para siempre. Las ocho vidas de la protagonista, simbolizadas por sus ocho nombres, son amenas a veces, poéticas otras, y confusas también en ocasiones. Al ser una mujer que pasa por ocho identidades, el lector, incluso el bienintencionado o voluntarioso, a veces se hace un lío, y no sabe ya si la que habla es la misma mujer que tiene ocho nombres diferentes, u otra mujer que se ha cruzado en su vida.
La novela, escrita por una joven autora, Mirinae Lee, nacida en Seúl, formada en las universidades de los EE. UU. y residente en Hong Kong, es amplia y densa, a lo John Irving. Según confiesa la propia autora en los “Agradecimientos” finales, es producto de la unión de varios cuentos, algunos de ellos premiados por revistas literarias anglosajonas, lo que al final se nota demasiado en su estructura, a la que falta un aliento general que dé coherencia a todas sus partes.
Es el relato de una espía que se esconde tras sus personalidades, y lo hace tan bien que el lector acaba por no saber dónde se encuentra ni quién realmente es. El libro está escrito originalmente en inglés, no en coreano, en esa tendencia asiática a usar otras lenguas que las suyas, sobre todo por parte de algunas autoras actuales. Quizá en parte por ello, acaba dejando un gusto en el paladar de obra ad hoc, hecha con inteligencia, efectismo y variado uso de recursos técnicos, pero con cierta ausencia de ese valor cada día más escaso y difícil de definir, alma.