Pedro Sánchez intenta desmarcarse del histórico trastazo socialista en las elecciones extremeñas cortando la cabeza a Miguel Ángel Gallardo. Como si el pobre candidato del PSOE fuera el responsable. Se limitó a cumplir dócilmente con las órdenes del presidente de enchufar al “hermanísimo” para dirigir sin batuta la orquesta de la Diputación de Badajoz y, luego, acompañar a su líder de mitin en mitin para insultar al PP por su dependencia de Vox. El resultado está ahí: el partido de Abascal ha crecido más que ningún otro gracias al generoso protagonismo otorgado por el presidente y, en buena parte, gracias al trasvase de los votantes socialistas que han cambiado de urna. Pero no ha impedido una clara victoria del PP, que ha logrado 11 escaños más que el PSOE. El error ha sido catastrófico, pero su autor ha sido el propio Pedro Sánchez más que el atolondrado candidato, que como recompensa a su docilidad, el gran jefe le permite mantener su acta de diputado en la Asamblea regional para que pueda blindarse en el juicio que se avecina. Como si el aforamiento sirviera para eludir los zarpazos de la Justicia. Que se lo pregunten a Cerdán y Ábalos, sin ir más lejos.
De nuevo, Pedro Sánchez ha encontrado un chivo expiatorio para salvarse del naufragio sufrido por el PSOE en unas elecciones. Y antes de reconocer su error, antes de asumir la autocrítica, aún tiene la desfachatez de asegurar que “su Gobierno está más fuerte que nunca”. Como lo va a estar cuando Pilar Alegría se estrelle en las elecciones de Aragón o María Jesús Montero en las de Andalucía. Porque la deriva socialista no ha hecho más que empezar. El carrusel de comicios autonómicos va a ser un auténtico vía crucis para el PSOE. Pero nunca Sánchez asumirá ser el máximo responsable de las catástrofes que se avecinan. Siempre habrá un palanganero que cargue con la responsabilidad y desaparezca del mapa después de ser vapuleado por las urnas; o en el caso de Gallardo, se esconda debajo del escaño. Más que un manual de resistencia, Sánchez protagoniza un manual de destrucción del PSOE como último recurso para blindarse en Moncloa antes de perder el poder y terminar en el mismo banquillo de los acusados que los otrora “inocentes” Ábalos o Cerdán.