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TRIBUNA

Carta sobre la creatividad del perdón

Javier Barraca Mairal
martes 23 de diciembre de 2025, 19:27h

Hace unos días, asistí a cierto encuentro en torno al perdón que se celebró en un entorno en el que no suele prodigarse esta clase de actividad. Me refiero al ámbito académico. En concreto, el acto tuvo lugar en la Universidad Francisco de Vitoria. En este caso, el encuentro mencionado se orientó hacia el perdón a uno mismo, un tipo de perdón que no puede ser más valioso y necesario ya que acompaña implícitamente a cualquier otro. Este evento es el que está en el origen de la reflexión que sigue a continuación.

Hablo aquí del perdón personal, el que sucede en o entre las personas (no el institucional o el perdón entre grupos). A este respecto, cabe advertir que existen expresiones artísticas muy elocuentes que nos ayudan a contemplar lo fecundo del perdón. El libro de Nouwen, a partir del cuadro El regreso del hijo pródigo de Rembrandt, ofrece un conocido ejemplo de ello. Tal vez, cada arte ilumina a su modo alguno de los aspectos del perdón en especial. Así, la música revela la armonía que el perdón restablece, la pintura los rostros que involucra, la literatura lo hondo de su raíz, el teatro su textura de drama, el cine su carácter procesual o narrativo, etc.

Junto a todo lo anterior, hay un motivo más profundo del íntimo vínculo que existe entre el arte y el perdón: la creatividad. Es acerca de esto de lo que va a tratarse ahora. Y es que ambos -perdón y arte- son, en efecto, formas relevantes de creatividad. El arte nos refiere a la creatividad estética. El perdón, a la creatividad en las relaciones o encuentros.

Así, el perdón no solo restaña la vieja herida, el daño que hemos sufrido. También repara nuestros nudos o convivir -nuestro yo y el nosotros-. Incluso recrea la belleza maltrecha, tal como ocurre con una obra de arte tras su restauración, cuando aparece renovada ante los ojos. De manera que perdonar y perdonarnos nos sana o cura interiormente, nos brinda salud y vigor. Crea una situación o unos lazos nuevos. Abre, por tanto, posibilidades inéditas. El perdón es emprendedor, dinámico, inicia.

Sin embargo, esta creatividad del perdón no reside solo en su poder de cara a conseguirnos un bien útil, como los de mejorar nuestro ánimo, autoestima, resiliencia o dicha. Su fondo o germen transciende la simple utilidad, utilidad que los datos científicos sobre él verazmente atestiguan al mostrar su efecto beneficioso en nuestro bienestar. La auténtica génesis del perdón se esconde en el desinterés o generosidad, en esa belleza o valor presentes en aquello que no se pretende para lograr cierto resultado. Es una palabra, una mirada, un gesto, una sonrisa, una caricia que no persigue algo, que simplemente surge del alma sin más intención que el regalo, el don. La naturaleza o esencia misma del perdón se halla en el desprendimiento.

No promovamos, según lo expuesto, un perdón instrumental y autocomplaciente, el perdón buscado solo por su eficacia como medio para alcanzar otra cosa. El perdón no necesita más marketing que el de su propia naturaleza. Sin perdón, pura y sencillamente, no hay vida, al menos una que merezca la pena vivir, la que corresponde a nuestra condición de personas.

El perdón verdadero parte de nuestra creatividad personal y su núcleo se aloja en el corazón. Por lo tanto, su manantial brota desde la libertad, no por el interés, surge de la gratuidad. Perdonar es un acto de liberalidad, acaso uno de los más significativos, una manifestación de creatividad. De esta forma, el perdón resulta liberador en sí mismo, rompe cadenas internas, nos saca de esa prisión atroz del resentimiento.

En cuanto acto creativo, todo perdonar sincero conecta con el arte. Por eso, al unir perdón y arte, su surtidor, la creatividad, se eleva a la máxima altura. Perdonando somos más nosotros mismos, no menos. Nuestro perdonar nos devuelve el rostro genuino que desfiguró el odio. Al perdonar, respondemos a esa llamada al amor para la que estamos hechos y que conforma la base de nuestra subjetividad, nuestra identidad.

Hay pues que perdonar para desplegar con plenitud nuestra creatividad, nuestra vocación personal a ser quienes somos hoy y quienes estamos llamados a ser mañana, al crecer por dentro. Y, también, en lo posible, hay que conjugar creatividad artística y perdón en nosotros, crear artísticamente con el perdón diversas realidades o expresiones que nos ayuden a asomarnos a nuestro fondo. Quien redacta estas líneas lo vivió en la propia piel al escribir un modesto librito: Perdón. Experimentando, entonces, lo creativo del poner en palabras y en primera persona los perdones que debemos pedir y recibir, puede descubrirse la grandeza creadora del perdón. Sí, pues, quien perdona “crea”, engendra y da a luz un horizonte vital inexplorado.

Perdonar comporta, en fin, traer a la existencia una vida nueva, la de unos mejores vínculos con uno mismo, con los demás y con lo que nos supera. El perdón innova, abre sendas, estrena la realidad que él mismo origina, barre los rencores acumulados cual un soplo de aire fresco dentro de ti y hace así espacio al futuro. Con cada perdón, se gesta, en suma, un principio diferente, un sentido para la esperanza.

Javier Barraca Mairal

Profesor de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos

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